Opinión

“Mucho ruido y pocas nueces”: la peligrosa mansedumbre de una ciudadanía que solo protesta en el bar

¿En qué momento dejamos de ser un país puntero para convertirnos en una sociedad anestesiada? Mientras los servicios públicos se degradan y la incertidumbre vital se dispara, la indignación española parece haberse recluido en el desahogo efímero de las redes sociales y las barras de los bares.
rocañin tribuna
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¿En qué momento dejamos de ser un país puntero para convertirnos en una sociedad anestesiada? Mientras los servicios públicos se degradan y la incertidumbre vital se dispara, la indignación española parece haberse recluido en el desahogo efímero de las redes sociales y las barras de los bares. Desde la óptica de casi cuarenta años de práctica psiquiátrica, el diagnóstico es claro: no estamos ante una crisis de salud mental común, sino ante una peligrosa sedación colectiva que nos encamina directamente al caos.

En muy poco tiempo, España ha pasado de ser un proyecto nacional prometedor, que creía en sí mismo y lo demostraba internacionalmente, a una situación de "cochambre" institucional y social. Sin embargo, la responsabilidad de este declive no recae únicamente en quienes nos gobiernan. A mi modesto entender, la culpa reside en aquellos ciudadanos que, con su pasividad y desidia, han permitido que la queja se convierta en un ritual inútil que se agota en las peluquerías o en los grupos de WhatsApp.

Como experto en el ámbito sanitario, observo lo que mis colegas anestesistas definen como un "estado de sedación". La ciudadanía muestra una mansedumbre total mientras la "empresa España" deja de funcionar: fallan los trenes, la sanidad, la educación y la justicia, a pesar de soportar una de las tasas tributarias más altas del mundo. Los gestores públicos actúan con total libertad porque saben que la reacción social es nula.

Los datos de mi consulta diaria podrían ser el termómetro de este desastre. Durante siete días a la semana, recibo a personas que sufren: El 30% presenta trastornos mentales clínicos tradicionales. El 70% restante no está "enfermo" en el sentido clásico, sino que padece una profunda desesperanza, cólera y frustración por el entorno que les rodea.

Vemos personas con insomnio y ansiedad reactiva ante una situación vital catastrófica, confundidas por mensajes ambivalentes que provocan distorsiones cognitivas. No es un incremento de patologías, es una respuesta humana a un "desmadre global" y a un futuro que se pronostica desolador para sus hijos.

Muchos buscan explicaciones en planes maestros o conspiraciones paranoides, pero la realidad es más simple: falta capacidad intelectual en la gestión. Estamos ante el fruto de la estulticia más que de la paranoia.

Incluso el turismo, nuestro motor histórico, corre peligro. Ya no basta con tener sol y buena gastronomía. Los turistas que aportan divisas y tranquilidad empiezan a temer venir, mientras otros destinos nos ganan la partida porque aquí el dinero se dilapida en menesteres que no son sociales ni productivos.

La sociedad actual es cada vez más dura, exigente y competitiva. O nos "ponemos las pilas" como ciudadanía activa y exigente, o el destino es el caos absoluto. La era de la queja en el bar debe terminar para dar paso a la responsabilidad. 

Ya saben aquello de ¡que “cada palo aguante su vela”!, pues tomemos buena nota, sino en lugar de navegar hacia un futuro próspero, nos va a tocar volver hacia atrás mirando con nostalgia los tiempos en los que AVE llegaba tan puntual que podías hacer planes sin error, un joven se podía comprar un piso y hasta un coche, estudiar en universidades donde el mérito y la capacidad era lo primordial e incluso hasta tener un piso cerrado sin que nadie lo okupara.

“Mi abuelo era un hombre muy valiente, solo le tenía miedo a los idiotas. Le pregunté por qué y me respondió: porque son muchos… y al ser mayoría eligen hasta el presidente" (Facundo Cabral).

Así están las cosas, de mal en peor (enlace a mi canal de Youtube): https://www.youtube.com/watch?v=Q3NrW-7aPTI