Opinión

Alguien voló sobre el nido del cuco

Este martes ASAPME (Asociación Aragonesa Pro Salud Mental) ha tenido a bien invitarme a ver (de forma no personalizada) la película “Alguien voló sobre el nido del cuco” (1975), dirigida por Milos Forman y protagonizada por Jack Nicholson.

Este martes ASAPME (Asociación Aragonesa Pro Salud Mental) ha tenido a bien invitarme a ver (de forma no personalizada) la película “Alguien voló sobre el nido del cuco” (1975), dirigida por Milos Forman y protagonizada por Jack Nicholson. Tras la proyección, se celebrará, dice la invitación, un coloquio con Ana López Trenco, gerente de ASAPME Aragón, y Ros Cihuelo, doctora en Derechos Humanos y Libertades Fundamentales.

Esta es, sin lugar a dudas, una de las películas más tendenciosas y dañinas que se han hecho, no sobre la enfermedad mental y sobre la Psiquiatría, sino sobre un sujeto agresivo y profundamente antisocial que es ingresado en un hospital psiquiátrico. En dicha película se ve y se distorsiona lo que no existe en la realidad, al menos no desde que yo soy psiquiatra, hace 38 años.

El hilo conductor del filme es la conducta “supuestamente libertaria” del protagonista, y los tratamientos descarnados que se aplican sobre este sujeto violento y con rasgos psicopáticos, cuando no acepta las normas de la institución donde está involuntariamente ingresado y organiza una serie de situaciones kafkianas, con el fin de demostrar su autoridad “moral” y cuestionar la de los profesionales.

El final es tétrico. El rebelde acabará “lobotomizado”; es decir, intervenido quirúrgicamente para suprimir la relación de lóbulo frontal (con el que pensamos) del resto del cerebro y conseguir así un ser sin pensamientos, emociones ni sentimientos; esto es, un “muerto en vida”.

La historia de la Psiquiatría está marcada por muchos errores, sin duda. Por prácticas que, fuera de su contexto, hoy serían conductas incluso delictivas. La ignorancia siempre es atrevida, a veces osada, e incluso peligrosa y eso ha pasado con esta especialidad médica tan “especial”, según algunos. A falta de ciencia, se ha basado en creencias y en tratamientos a veces más que cuestionables.

No obstante, tomar como referente esa película es incurrir en un grave error. Sería lo mismo que comparar lo que hacía la cirugía vascular con la gangrena hace 100 años, donde la amputación del miembro era la norma. Hoy sería un dislate hablar de amputación, sin antes proceder a otros tratamientos.

El segundo problema que existe en esta película cuando se quiere usar para analizar la conducta humana, es que el protagonista no es un enfermo, sino un individuo rebelde, violento, un delincuente que acaba en un psiquiátrico en lugar de hacerlo en un centro penitenciario, al fingir una enfermedad que no tiene.

A la Psiquiatría le sobra demagogia y le falta investigación. Le sobran creencias y le faltan evidencias. Le sobran opinólogos y le faltan técnicos cualificados. Todos hablan de enfermedad mental, salud mental, tratamientos psiquiátricos sin tener la formación y la cualificación profesional, que es necesaria para hacerlo con rigor, esta película es una buena muestra de ello, donde el protagonista no padece una enfermedad mental, pero se “usan” técnicas terapéuticas psiquiátricas para “obligarle” a cambiar de actitud.

La película que se va a proyectar mañana martes, día 16 de enero, bajo los auspicios de ASAPME, está llena de caricaturas, exageraciones, excesos, sarcasmos, contra una Psiquiatría que nunca ha existido, máxime cuando lo que nos cuentan no es la historia de un enfermo, sino quizá más la de un psicópata.

Como psiquiatra y como presidente de una sociedad médica, me preocupa que los que vean esa película se queden con lo superficial y que no se den cuenta, primero de que es una película. Segundo que es tendenciosa, hecha en unos momentos donde se postulaba la “antipsiquiatría” protegida por poderosos lobys y con objetivos espurios de cerrar los hospitales psiquiátricos. Por último, que lo que allí se ve, nada tiene que ver con la realidad actual, ni tampoco con lo que han sido los hospitales psiquiátricos de larga estancia, al menos en los que yo he trabajado en España.

Quiero pensar que a los organizadores les guía un buen fin, pero, “el que juega con fuego…” y si ya hay dificultades para comprender la fina línea que a veces separa la salud de la enfermedad mental, este tipo de películas nos lo ponen todavía más difícil al añadir desconfianza, miedo y angustia a las personas que, desgraciadamente, sufren una dolencia psíquica grave e involuntaria, y que nada tienen que ver con lo que representa el señor Nicholson en la película.