Opinión

Cannabis: ¿autorregulación?

Ningún profesional de la salud mental, medianamente actualizado e informado, negará que las evidencias científicas sobre los problemas de salud que el consumo cotidiano y habitual de marihuana produce son abrumadoras. Por otro lado, la marihuana, al igual que otras muchas sustancias, origina lo que se llama dependencia; es decir, necesidad imperiosa de consumir la droga y de incrementar gradualmente la dosis para conseguir efectos similares.

Ningún profesional de la salud mental, medianamente actualizado e informado, negará que las evidencias científicas sobre los problemas de salud que el consumo cotidiano y habitual de marihuana produce son abrumadoras. Por otro lado, la marihuana, al igual que otras muchas sustancias, origina lo que se llama dependencia; es decir, necesidad imperiosa de consumir la droga y de incrementar gradualmente la dosis para conseguir efectos similares.

Partiendo de estos supuestos que no son opinables, ya que son evidencias científicas, hablar de autorregulación del consumo de cannabis es una broma, pesada, pero broma. Es una muestra patente de ignorancia sanitaria propia de los profanos en la materia.

Los médicos sí sabemos y tenemos meridianamente claro qué el cannabis (marihuana, grifa, kif, hachís,... formas también de denominación, según la forma de tratamiento de la planta que se haga) es una sustancia nociva o dañina para la salud mental de aquel que la consume. 

Hablar, insisto, de que los consumidores controlen el punto hasta el que pueden llegar a consumir sin dañar de forma severa el cerebro es algo, quizá, teóricamente posible, pero en la práctica, difícilmente asumible y desde luego no demostrado, ya que la dependencia que se produce sin duda con el uso del cannabis es precisamente lo contrario a ese consumo autorregulado.

Sin entrar en disquisiciones políticas ni legales, nada más lejos de mi intención, sí debo decir, como médico psiquiatra, que el cannabis, tal y como se consume en los llamados coffee-shop, no tiene ninguna propiedad saludable ni terapéutica. Pasa igual que lo que ocurre con el alcohol o el tabaco. Por mucho que se usen y sean legales, no son buenos ni recomendables para nadie. ¡No volvamos a repetir los errores!

El cannabis está incluido en las clasificaciones de psicótropos dentro del grupo de sustancias alucinógenas, por lo tanto no son baladíes las repercusiones que puede tener sobre el comportamiento y la salud de las personas. Y los que hemos hecho muchas guardias en los servicios hospitalarios de urgencias y hemos visto cómo llegan en muchas ocasiones sujetos con psicosis tóxica y síndrome amotivacional derivados del consumo de la marihuana, tenemos muy claro que el cannabis no es una droga blanda.

Estamos hablando de la salud y además lo hacemos de la salud de los más jóvenes, que son los que con más frecuencia consumen esta sustancia; por lo tanto, hay que cuidar en extremo lo que se dice y, sobre todo, lo que se hace.  Antes de poner en marcha proyectos curiosos o novedosos que puedan ser irreparables hay que informarse bien, muy bien, y después decir con prudencia y fuera de la rentabilidad política.

El facilitar el consumo de cannabis no es equiparable a cambiar el nombre de un pabellón deportivo o retirar una estatua ecuestre. Por eso, los políticos deberían escuchar a los técnicos, a los expertos, aunque solo sea por una vez y sin que sirva de precedente, antes de poner en marcha un proceso irreversible y que puede dañar seriamente la salud.