¿Adopciones a las carta?
Los titulares no han podido ser mas llamativos, y también mas injustos. "En Zaragoza unos padres devuelven a una niña india adoptada, porque la edad no era la que ellos habían pedido". Los que nos hemos interesado por el caso hemos visto que esa noticia, contada de esa manera, ha sido una mentira cruel y una forma torticera de relatar una realidad mucho más compleja y con muchas aristas.
Lo que ha pasado realmente, al menos es la información que tengo, es que unos padres, llenos de ilusión y cariño han adoptado a una niña. A estos padres se les ha engañado vilmente y la niña no tenía los 7 años previstos y para los que ellos fueron considerados idóneos, sino 13 años. Además, la criatura presentaba una serie de trastornos de conducta que los padres adoptantes intentaron paliar y reconducir. Al verse superados y desbordados por las circunstancias, buscaron ayuda en los servicios de atención a la infancia de la Comunidad. En vista de la evolución y de la incapacidad que tenían para ejercer adecuadamente la patria potestad, estos padres van a compartir la guardia y custodia de la menor con las entidades públicas habilitadas para ello, donde expertos en la materia tomarán, por ahora, las decisiones claves sobre la menor y ejercerán una tutela sobre ella. Es muy diferente verlo así, ¿verdad?
Adoptar un niño es un acto de generosidad y de filantropía. He conocido profesionalmente a suficientes parejas adoptantes como para saber que en su inmensa mayoría son personas estables, equilibradas, reflexivas, que saben el compromiso que adquieren. Son parejas ilusionadas y deseosas de tener su primer hijo e incluso a veces otro hijo más, y de ayudarle a que este llegue a la vida adulta y pueda disfrutar de autonomía plena.
No he visto nunca parejas adoptantes que renuncien a continuar la adopción por egoísmo, capricho o comodidad. Puede que las haya, yo no las conozco. Tampoco he visto parejas que rechacen una adopción porque no les "encaja" el niño o la niña que viene, a veces incluso, aun cuando este les llega en situación precaria física y emocionalmente. Al contrario, esas parejas, cuando el menor entra en el hogar, se desviven por darle lo mejor e intentan poner un bálsamo de amor y comprensión en sus heridas emocionales, y, a veces, también en las físicas.
Dicho esto, hay que reconocer una realidad por dura que sea. Existen menores extremadamente difíciles, a veces incluso menores que sufren una enfermedad psíquica producida por factores diversos que van desde la genética, hasta carencias afectivas, alimentarias, educacionales, contacto con tóxicos, y un largo y demoledor etcétera. Cuando eso ocurre, por mucha ilusión y amor que se tenga y se esté dispuesto a dar, hay que buscar una solución razonable, prudente y siempre en beneficio del menor, sobre todo cuando lo que llega al nuevo hogar es un adolescente, y no un infante, y cuando la experiencia que tenemos es muy limitada, cuando no inexistente.
Me criticaba, sin duda de forma constructiva, la presidenta de la Asociación Aragonesa de Padres Adoptantes, cuando en el programa de Antena 3 "Espejo Público", donde colaboro habitualmente, realice unas afirmaciones que, según ella, eran estigmatizantes para la menor en cuestión, al afirmar que los padres de este triste caso no "podían" con ella. Que con toda probabilidad estábamos ante una adolescente con trastornos del comportamiento, y que no era solo su edad, sino las alteraciones conductuales las que los llevaron, muy a su pesar, a pedir ayuda y a compartir, por el momento, su guardia y custodia.
La protección de un menor no es ocultar su situación anímica y emocional, sino a pesar de ella, ayudarle a mejorar y a madurar. El estigma viene de la desinformación y del rumor, nunca de la transparencia. El daño hay que evitárselo al menor, faltaría más, pero también a unos padres que lo único que han pretendido es eso: ser padres.
Cuando un ser humano sufre un defecto en su armonía biológica y en su desarrollo emocional importante, hace falta recurrir a especialistas, que, además de afecto, den ciencia; además de cordialidad, marquen pautas; además de tolerancia, pongan límites y le ayuden a conseguir una maduración adecuada de su personalidad.
Nos duela o no, nos guste o no, dar prioridad a la protección de un menor no debe ser, en mi opinión, caer en un buenismo tan innecesario como inútil y negar una realidad por dura y ácida que esta sea.
Proteger a los menores es poner los puntos sobre las íes, y en lugar de ocultar el problema, clarificar lo que está pasando con determinadas adopciones y la forma en la que estas se llevan a cabo. El informar prudentemente y salvaguardando siempre la identidad del menor no es dañino. Lo perjudicial es callar, ocultar, transigir y, pasado un tiempo, volver a tener otra situación similar.