Corrupción made in Spain
Cada vez son más el número de noticias que leemos, vemos y oímos en los medios de comunicación que hacen referencia a los diferentes delitos que presuntamente han cometido dirigentes (alcaldes en su gran mayoría) en diferentes puntos del territorio nacional.
Así, con la detención de la alcaldesa de La Muela (Zaragoza), María Victoria Pinilla, son ya dieciséis los alcaldes detenidos por corrupción en los últimos tres años desde que se destapó en el 2006 la mediática y reality-show “Operación Malaya”. Los ciudadanos nos hemos familiarizado con una gran terminología jurídica: corrupción urbanística, cohecho, tráfico de influencias, blanqueo de capital, etc.
Estamos ante una crisis social, económica, política… pero sobre todo de valores. De este modo nos exponemos ante este tipo de noticias y nos acaban resultando un mal menor para el sistema en el que convivimos.
A mi este tipo de noticias no me sorprende. Vivimos inmersos en una mediocredemocracia donde cualquier sujeto, ente o individuo puede liderar los designios de un pueblo, ciudad, región o nación. Dice la Escritura: “una cosa horrible he visto en el mundo: un necio con mando”. La virtud que pone orden en las relaciones personales es la justicia, justicia distributiva, la que distribuye los lugares según los méritos.
Platón, en El Mito de la Caverna, señala con claridad que sólo quienes hayan conocido la Idea de Bien podrán ser capaces de dirigir correctamente tanto los asuntos privados como los públicos. En la propuesta política no democrática y clasista de Platón los dirigentes deben educarse desde muy jóvenes en las distintas ciencias, en el esfuerzo físico, y en la práctica de la virtud, y cuando hayan alcanzado la madurez ―que Platón situaba en los cincuenta años― deberán encargarse de las tareas de gobierno aquellos que más se hayan acreditado en sus capacidades morales e intelectuales.
Pues bien amigos, ¿no creen que cualquier dirigente con responsabilidad política debiera tener como mínimo una formación universitaria (la universidad como templo o fuente del conocimiento y la verdad)?, ¿no creen que aquellos que se hayan acercado a través de la formación a la idea del bien y hayan acreditado una capacidades morales e intelectuales son los que debieran postularse como representantes políticos?
Parece paradójico que para pertenecer al cuerpo de funcionarios de la administración pública (escala básica) hace falta superar y acreditar unos conocimientos mínimos y sin embrago para ejercer como alcalde, concejal, consejero, presidente de comunidad autónoma, ministro o presidente del gobierno no se exige un mínimo de formación y capacitación.
Ya nos advierte Castellani que la rotura del orden en las sociedades, cuando se dan los puestos a quien no los merece, las envenena, enferma y destruye.
Por lo tanto y por ir terminando como moraleja de esta sección de opinión: “La formación (intelectual y moral) es el antídoto de la corrupción”.