Bolonia: tercer proceso de integración

La Unión Europea, a través de la firma del Tratado de Maastricht, pone en marcha un gran proceso de integración. En primer lugar, política: creación de instituciones jurídico-políticas como el Parlamento Europeo, el Consejo y la Comisión. En segundo lugar, económica: cuyos resultados más representativos son la creación de un fondo monetario europeo y la creación de la moneda única (el euro). En tercer lugar, la integración cultural: a través de la creación de un sistema educativo universitario común (el Plan Bolonia).

La Unión Europea, a través de la firma del Tratado de Maastricht, pone en marcha un gran proceso de integración. En primer lugar, política: creación de instituciones jurídico-políticas como el Parlamento Europeo, el Consejo y la Comisión. En segundo lugar, económica: cuyos resultados más representativos son la creación de un fondo monetario europeo y la creación de la moneda única (el euro). En tercer lugar, la integración cultural: a través de la creación de un sistema educativo universitario común (el Plan Bolonia).

En 1999 se firmó la Declaración (que no Directiva) de Bolonia para poner en funcionamiento una universidad europea que permita la libre circulación de alumnos y profesores. Pero este proceso es complejo y, además, está sufriendo algunos contratiempos: manifestaciones de alumnos en la mayoría de universidades españolas, discrepancias entre los miembros de la CRUE y la agencia nacional de calidad universitaria ANECA y, por si fuera poco, una crisis económica internacional.

Entrar en todas las variables del proceso de implantación de Bolonia daría para una tesis doctoral y ésa no es mi intención. Quisiera aprovechar este espacio para reivindicar un factor que me parece de vital importancia y del que quizás pocas personas e instituciones han caído en la cuenta: se trata de la figura del profesor-docente dentro de la construcción e implantación del EEES (Espacio Europeo de Educación Superior).

Al profesor se le exige, según parece desprenderse del espíritu de la Declaración, un esfuerzo mayor: debe ser un estratega del aprendizaje, tutorías personalizadas con el alumno, corrección de un mayor número de prácticas, implantación de nuevas metodologías docentes y, por último, manejo y aplicación de nuevas tecnologías.

Sin embargo, el alumno, según la filosofía que se desprende de la Declaración de Bolonia, debe ser el eje sobre el que gravite el proceso de aprendizaje. De este modo, el crédito europeo se calcula teniendo en cuenta el trabajo y el esfuerzo del alumno dentro y fuera del aula (un crédito ECTS equivale a veinticinco horas de trabajo del alumno). Pero curiosamente nadie (qué casualidad), absolutamente nadie ha reparado en calcular el esfuerzo y las horas de dedicación que emplea un profesor en la planificación, preparación, desarrollo, seguimiento y evaluación de la materia asignada.

Paradójicamente, algunos alumnos de diferentes universidades disfrutan, desde este curso académico, de la posibilidad de estudiar grados (nueva forma de denominar las antiguas titulaciones), sin embargo al profesor se le reconoce y se le retribuye con los criterios y parámetros del convenio de las universidades bajo el amparo de la LOU.

Por lo tanto, si el sistema educativo se ha modificado para los alumnos, va siendo hora de establecer un modelo que calcule y valore las horas de trabajo del profesor (dentro y fuera del aula) en sus labores ordinarias de búsqueda de información, lectura y recopilación de material docente, preparación de clases, impartición de las mismas, tutorías, corrección de trabajos y labores de investigación.

Desde luego implantar Bolonia conlleva unos costes, en definitiva cualquier modificación en un sistema implica costes, desde mi punto de vista en tres ejes:

a) En cuanto a recursos materiales: adaptar los espacios físicos para que los docentes y discentes puedan interactuar con nuevas metodologías de enseñanza-aprendizaje.
b)  En cuanto a recursos humanos deben aumentar las retribuciones al profesorado e incrementar el número de docentes para alcanzar el ratio de calidad adecuada profesor-alumno.
c) Fomentar el número de becas para facilitar el estudio y la movilidad internacional de alumnos y profesores.

Ante tanta incertidumbre, esperemos que toda esta transformación que se está produciendo en el sistema educativo europeo no tenga que rectificar y dar marcha atrás como ocurrió en 2005 con el intento de aprobar e implantar una Constitución en la UE.