Hambre, ese "daño colateral" del negocio alimentario

Constantemente oímos hablar de la falta de suministro de alimento en países del Tercer Mundo unido a la insostenibilidad del planeta. Sin embargo, no nos la tienen ya que dar con queso… El hambre es, como muchos definen frívolamente, un "daño colateral" en las finanzas especulativas, no un problema de suministro. Y es que, cuando el mercado de la alimentación pasa al panorama bursátil, el tema huele a chamusquina…

Constantemente oímos hablar de la falta de suministro de alimento en países del Tercer Mundo unido a la insostenibilidad del planeta. Sin embargo, no nos la tienen ya que dar con queso… El hambre es, como muchos definen frívolamente, un “daño colateral” en las finanzas especulativas, no un problema de suministro. Y es que, cuando el mercado de la alimentación pasa al panorama bursátil, el tema huele a chamusquina…

Existen muchos factores naturales que interfieren en las causas del hambre: sequía, falta de fertilidad de las tierras, crecimiento poblacional desproporcionado, cambio climático… Sin embargo, ninguno de ellos acaba siendo un condicionante tal, como para ser causa principal de hambruna.

A día de hoy se produce en el planeta alimento para 12.000 millones de personas, mientras que la población mundial es de 7.000 millones. A pesar de ello, cerca de un 15% de la población sigue padeciendo hambre. Aun sin ser un hacha en matemáticas, claramente las cuentas no cuadran y el reparto no es equitativo.

Y es aquí donde la política, y más concretamente la política económica global, tiene mucho que ver. El mercado alimentario global ya hace décadas que ha pasado de entenderse como elemento para garantizar la supervivencia. Las tornas giraron hace tiempo drástica pero subliminalmente. Ahora la producción agraria no es alimento, sino inversión y dividendos con forma de trigo, maíz, soja o carne.

Cuando el cerdo cotiza en Bolsa

El error no se encuentra en marcar precios a través del juego de libre mercado de oferta-demanda, sino en inversiones y ventas especulativas que abarcan el 75% del mercado alimentario, según la FAO. Así, la entrada de las finanzas ha desequilibrado un mercado cuyos precios y tendencias eran predecibles, y en donde los contratos de futuros daban garantías a ambas partes: agricultor y comprador.

Ahora los futuros financieros negocian en Bolsa y quien compra y vende alimentos es un oligopolio formado principalmente por tres grandes multinacionales que dictan a su antojo los precios a nivel mundial. Ello implica unas fluctuaciones en donde los países tercermundistas tienen las de perder por su situación de partida (guerras civiles, gobiernos corruptos, falta de medidas sanitarias e higiene…).

Por ejemplo, en Somalia, según un artículo de El País, el precio del maíz aumentó un 106% en tan solo un año, algo equivalente a que el pan de hoy en España a 1,20 euros nos lo encontremos a 2,47 al año siguiente.

En definitiva, asistimos al crecimiento de una burbuja hipotecaria que tarde o temprano se repetirá en el plano alimentario, en donde quizá nosotros podamos pagar la factura, pero en donde muchos otros la pagarán a costa de estómagos vacíos.

El problema es que últimamente se comercia en exceso con bienes de primera necesidad, aspecto que sólo puede limitarse a través de medidas políticas de redistribución y justicia social que, dicho sea de paso, implicarían un sacrificio global que muchos de nosotros, habitantes de países desarrollados, no estaríamos tampoco dispuestos a asumir.

Ahora que se celebra Expo Milán, en torno a la alimentación sostenible de la población mundial, los expertos abogan por la investigación y las soluciones tecnológicas en la gestión del agua, semillas y productos tolerantes a sequías, agricultura de precisión, e investigación en la conservación de alimentos para evitar el desperdicio alimentario, entre otras.

Sin duda estas medidas ayudarían, pero el reto se encuentra en aplicar las mismas a los mercados emergentes y los pequeños agricultores. En definitiva, enseñarles a pescar, prestarles la red y, lo que es más importante, no quedarnos los peces para especular con ellos.