A vueltas con los piropos

Jamás imaginé, desde que empecé a escribir en medios de comunicación, que iba a hacer un artículo sobre este tema, sobre los piropos. Esencialmente, porque considero que se trata de un asunto inferior. Ahora bien, se eleva a otro plano cuando se pretende hacer de ello una cuestión de discriminación o de menoscabo a la intimidad.

Jamás imaginé, desde que empecé a escribir en medios de comunicación, que iba a hacer un artículo sobre este tema, sobre los piropos. Esencialmente, porque considero que se trata de un asunto inferior. Ahora bien, se eleva a otro plano cuando se pretende hacer de ello una cuestión de discriminación o de menoscabo a la intimidad.

Esta reflexión viene a colación de unas declaraciones de la presidenta del Observatorio contra la Violencia de Género del Consejo General del Poder Judicial, Mª Ángeles Carmona, que literalmente afirma que “el piropo, aunque sea bonito, es una invasión en la intimidad de la mujer y debe erradicarse”.

Analizando un poco el contenido de esta frase, y de la persona que la dice, en su condición de presidenta de un órgano contra la violencia de género de la Justicia, me resulta especialmente cuestionable esta opinión y, como tal, discrepo respetuosamente de su parecer.

La cuestión de la violencia de género es un asunto extraordinariamente complejo, como todos sabemos, esencialmente por la gravedad de su naturaleza, por su afección a la sociedad y, además, por lo que entiendo resulta en nuestro país un tratamiento bastante poco acertado desde la óptica sustantiva y procesal de la cuestión.

Por una parte, se minimiza las consecuencias jurídicas de la violencia de la mujer contra el hombre –convirtiendo aquel en el victimario potencial siempre, y en una víctima de segunda categoría, afectando a mi entender, en la indeseable discriminación positiva, a la igualdad de los ciudadanos ante la Ley-, y además, ofreciendo unas medidas de corte punitivo que no han servido hasta la fecha, atendiendo a datos estrictamente estadísticos, y a la praxis propia de quienes hemos estado ejerciendo muchas veces ante órganos jurisdiccionales de violencia sobre la mujer.

Bajo este postulado, afirmar que el piropo es un elemento invasivo de la intimidad, dicho sea con todo respeto, resulta de una liviandad jurídica insoslayable. En primer lugar, porque la esfera de la intimidad no se lesiona cuando a una mujer (o a un hombre, que parece que sólo somos nosotros los “piropeadores”)  se le dice que está especialmente radiante, o que tiene muy buen aspecto. Entiendo que el contexto, la confianza e incluso la relación social entre los seres humanos se articula por mecanismos de seducción, de halago, de correspondencia afectiva que pueden conllevar lícita y perfectamente un piropo.

Nótese, por supuesto, puestos a hacer un análisis riguroso de tan lisonjera materia, que cualquier ordinariez o salvajismo de los que todos hemos oído no entra para mí en el concepto de lo que estamos reflexionando, sino que se torna en una vejación injusta o una injuria incluso. Nunca se debe aceptar ni el acoso callejero a una persona ni la coacción. Alusiones procaces directamente dirigidas al plano de la sexualidad de la mujer o del hombre no están amparadas en la libertad de expresión, puesto como derecho no es omnímodo ni puede serlo. Creo que me explico sin necesidad de excesivo ejemplo.

Ahora bien, tachar un cumplido de machista, en abstracto, que es lo que viene a señalar esta jurista de una manera indirecta, es un error de bulto, además de unas declaraciones profundamente discriminatorias para los hombres, que también son objeto de piropo –menores en cantidad, pero de alto voltaje en ocasiones-.

Siempre he creído que el machismo no se combate con feminismo, como la sequía tampoco con inundaciones torrenciales, algo que en este país han olvidado muchas mujeres y hombres, con alusiones siempre enfocadas a la cuestión del género que acentúan las diferencias frente a potenciar los espacios de diversidad y riqueza común.  Además, creo que la invasión al honor –que no a la intimidad, en sentido estricto- no es un hábito en España, como sí lo es en países sudamericanos que han dado la voz de alarma, como Argentina o Perú. En nuestro país, hace mucho tiempo que las salvajadas y bravuconadas callejeras han quedado reducidas a un plano circunstancial o anecdótico, a mi entender.

Un piropo, en general, no debiera ofender a nadie, siempre que se efectúe en el marco adecuado, máxime cuando la intención -que cualquier persona con “dos dedos de frente” sabe captar- sea proferir un halago bienintencionado, o incluso, un cierto flirteo, que en el plano espacial y temporal adecuado es necesario, y parte de la relación humana. Sin una ocurrencia, sin un halago bien empleado, para entablar una relación afectiva o intima, qué seria de las relaciones interpersonales.

Precisamente, la libertad de expresión debe encontrar un límite en el respeto a la otra persona, y elevar a categoría general de lesión a la intimidad un piropo (aun bonito, como ella misma aclara), supone no sólo matar “moscas a cañonazos”, sino alterar de una manera indeseable, a mi entender, una pauta de comportamiento social que, desde la mesura y la prudencia, no es subsumible en la violencia de baja intensidad, y desde luego, debe desvincularse de la violencia de género. Cualquier equiparación o búsqueda de relación de causalidad en este sentido es una frivolidad.