Opinión

¡Teresa, qué agallas tienes!

Siempre he defendido que somos una sociedad extremadamente hipócrita, todos en mayor o menor medida. Con determinados temas, nuestra sensibilidad es netamente superficial, ficticia, con más "ruido que nueces". Uno de esos clichés es el tema de la discapacidad.

Siempre he defendido que somos una sociedad extremadamente hipócrita, todos en mayor o menor medida. Con determinados temas, nuestra sensibilidad es netamente superficial, ficticia, con más "ruido que nueces". Uno de esos clichés es el tema de la discapacidad.

Todos, en abstracto, no sólo nos mostramos afectuosos hacia la gente que sufre alguna disminución física o psíquica, sino que además procuramos adaptar nuestro lenguaje, nuestras formas y nuestro mensaje, con ese ánimo de ser políticamente correctos sin parecer misericordes.

En mi caso, tuve la oportunidad de poder, en Bachillerato, ejercer como voluntario dando clases a niños inmigrantes (varios de ellos discapacitados) en un centro religioso en Burgos. De todos ellos aprendí importantes lecciones, y me sirvió para espabilar bastante, para ver que la vida no era aquello exactamente que yo hasta entonces había conocido. Me parecía que la salud era un derecho y que no tenerla íntegramente era algo raro o excepcional, así como el dinero. Menos mal que espabilé algo. 

Esta crítica viene a colación de nuestra vecina Teresa Perales, 22 veces medallista paralímpica, con un palmarés incomparable, astronómico, sólo equiparable en la versión olímpica a lo que un monstruo deportivo como Michael Phelps ha conseguido.

En cualquier país normal, con este historial, al menos ya se le habría otorgado un Premio Príncipe de Asturias y, si me apuran, se le habría dado un marquesado como a Del Bosque. Sin embargo, el morfema “para” pesa aún más que el lexema olímpico, no nos engañemos.

Casi todos conocemos ya a Mireia Belmonte, a nuestras sirenas de natación sincronizada o a atletas como Gómez Noya, entre otros deportistas de esos que no salen en la tele salvo en este tipo de acontecimientos. No celebramos en España poco el oro de Marina Alabau o las platas de la ÑBA… Y sin embargo, cómo los telediarios no abren sus noticias con Teresa. Nadie en la historia de nuestro olimpismo nos ha dado tanto de una manera tan humilde y callada como Perales. Ni probablemente volvamos a tener a una nadadora así en muchísimos años.

Todos admiramos en abstracto el espíritu paralímpico, pero no seguimos estos juegos con la intensidad de las carreras de Bolt o los goles del fútbol. Eso sí, somos los primeros en felicitarnos por sus hazañas, sin atender a valorar realmente el sobresfuerzo que para la práctica de cualquiera de estas modalidades deportivas se requiere.

No son deportistas, son todos ellos ejemplos auténticos de superación, de esa de verdad, de la que no es demagogia barata.

Si España debe estar agradecida a estos brillantes representantes, Aragón debe a Teresa Perales algo más. Es un honor que sea nuestra paisana, y creo que merece, después de estos juegos, donde ya ha superado todo lo esperable y más, una distinción a la altura de lo que se merece y devolverle algo del prestigio que nos da con su labor. Su ejemplo no está en la medalla, sino en el trabajo paciente que le conduce a este nivel deportivo, superando más obstáculos que el mejor olímpico. No son paralímpicos, son supra-olímpicos, todos y cada uno de ellos. De la salud y de la integridad física ninguno somos acreedores, pero desde luego, me cuesta imaginarme siquiera la cantidad de esfuerzo psíquico para desarrollar las ganas de no conformarse ni, sobre todo, ser objeto de la lástima o la indulgencia asquerosa y ficticia. No me dan sino envidia sana. ¡Qué orgullo y qué agallas tienes, Teresa!