Como señala ese viejo aforismo latino, atribuido a Plutarco, “la mujer del César no sólo debe ser honrada, sino parecerlo”. En este país en el que nos encontramos, lamentablemente, cuenta con poco o nulo predicamento esta célebre frase, quizá porque, faltando muchas veces los elementos sustanciales, como son la ética y la profesionalidad, elementos accidentales o complementarios, como la estética, se postergan hasta límites groseros.
No soy crítico televisivo, sino jurista, pero conozco el percal mediático, ya que siempre me he visto ligado a él, de diversas formas, desde niño, desde presentando programas hasta siendo contertulio de diversos espacios.
La televisión es irreflexiva por lo general, es pasional, es visceral, y más aún en programas de “prime time”, donde pensar una respuesta y ponderar los elementos que se dicen se convierte en casi una misión imposible. Los turnos de palabra no existen, sino que cualquier debate en España acaba a voz en grito, intentando los participantes sobreponerse a los demás a base de aumentar los decibelios y buscar el impacto de la frase, de esa coletilla demagógica o políticamente correcta, con la que arrancar el falso aplauso que ordena el regidor del programa, y que es la versión más dulcificada de los manidos “aplausos enlatados”, como se suele decir en el argot televisivo.
En ese panorama, se ventilan temas de muy diversa índole, si bien recientemente se tocó uno especialmente dramático y serio, como fue el secuestro y muerte en circunstancias aún no aclaradas del aragonés Publio Cordón, un hombre intelectualmente prodigioso por su trayectoria, y cuya desaparición constituyó uno de los crímenes más execrables que hayamos podido contemplar por el sadismo de sus secuestradores en la incertidumbre vital que sumieron a sus familiares y, con ellos, a toda la sociedad española.
Un tema de esta profundidad, y donde la herida no está cerrada, sino por el contrario, está reabriéndose para intentar cicatrizar de una vez, requiere una exquisitez singular en su tratamiento. Sería esperar mucho de ciertos programas tal muestra de sensibilidad. Lamentablemente, se superan a diario. No fue un exceso porque materialmente se hiciera un tratamiento inadecuado del caso, en ello voy a entrar. De hecho, y eso es algo positivo a mi juicio, estuvo la hija de D. Publio, que me merece mi mayor respeto y consideración.
Sin embargo, una presencia me resultó absolutamente inadecuada, a mí y a muchísima gente en redes sociales y demás medios de opinión, como pude leer. Se trataba de la mujer del juez que acababa, hacía dos horas, de dictar un auto de prisión eludible con fianza de 10.000 € para dos de los tres presuntos autores del crimen.
Y aquí es donde llega lo que, a mi juicio y al de mucha gente, nos resulta de un gusto pésimo, como es utilizar de una manera capciosa una relación de parentesco por afinidad como es el matrimonio para intervenir en un debate donde se está ventilando un procedimiento en el que el marido de la periodista es el que tiene que instruir e investigar. Ello es suculento para los productores del programa, un auténtico golazo televisivo. La imagen de la víctima con la mujer del juzgador es casi una visión romántica del tema, si no fuera porque cualquier persona con dos dedos de frente advierte de que lo que se vende por esta noble periodista no es otra cosa que información de “primera mano”, tan de primera mano, que no debería nunca salir por su boca, aunque sean obviedades, como que a “todo juez le gustaría tener más pruebas” y demás sofismas.
Insisto en la idea de que mi choque es, ante todo, por una cuestión estética, de formas. En el Derecho nos gusta aún cuidarlas, puesto que no hay forma que no tenga una razón. La mujer o el marido de un juez/a, para que nadie lea mi reflexión en tono sexista, debe abstenerse de participar en debates sobre aspectos que están todavía calientes sobre la mesa del profesional, máxime por la dimensión y poder que comporta el ejercicio de la función jurisdiccional.
En otro plano, imagínense la tesitura del marido de una neurocirujana comentando en la tele de turno la operación efectuada hace unas horas por su pareja, así como las secuelas que pueden quedar o no. Aun sin perturbar el secreto profesional, sin utilizar aquello que todo cónyuge comparte del trabajo del otro, aunque sea nimio, la apariencia ya está dañada, y suena a mercantilizar el puesto del respectivo, haciendo telerrealidad de materias que se extralimitan del chascarrillo.
Realmente, no es un problema de la cadena, a la que interesa vender de la manera que resulte más provechosa para sus intereses. Eso es legítimo, a pesar de que hay veces que roza lo indecente. Ese cuarto poder de la prensa está de una manera abusiva haciendo de la crónica judicial una especie de “reality” donde se atestigua que hemos perdido ya los papeles de una manera lamentable como sociedad.
El mismo Plutarco, con el que comencé, señalaba para concluir que “es bello obtener la realeza como premio a la justicia; pero es más bello aún preferir la justicia que la realeza”.