De la indignación a la regeneración
Sirvan mis primeras palabras de la reflexión, que me permito compartir con ustedes, queridos lectores, para manifestar de antemano mi comprensión en abstracto hacia la indignación, hacia lo que se ha venido a llamar movimiento de indignados.
Cinco millones de parados, corrupción política, ética y social no dan para mucho menos que la indignación, el hastío e incluso cierta voluntad de rebeldía hacia este sistema hipócrita.
El problema es que, tras una aparente voluntad de regeneración y rehabilitación de los verdaderos cauces y esencias democráticas, se esconde, en no pocos casos, una voluntad de atacar al sistema desde una pretendida defensa de su núcleo esencial.
Hace unos días, desayunando con la tele puesta, mal hábito por mi parte, tuve la oportunidad de ver a una serie de sujetos entrando en un Carrefour de Murcia con una veintena de carritos de la compra, donde se manifestaron en la voluntad de llevarse productos de primera necesidad sin pagar, erigiéndose como Robin Hood libertadores de los oprimidos a costa del “sucio capital”, al cual pretendían dar una lección con esa particular redistribución de riqueza.
Ese discurso, amén de trasnochado, resulta simplemente contrario a la esencia del Estado de Derecho que tanto preconizan defender, y que denota lo que subyace realmente en el ánimo de estos sujetos, de forma que más que estar indignados con el sistema están dispuestos sólo a atacar a éste.
Soy consciente de que este hecho, entiendo anecdótico, no debiera manchar el poso de razón que tiene la indignación, pero no así entiendo que los cauces de acampada y la que parece ser nueva voluntad de alterar la sesiones de los órganos democráticos sea la solución a la mediocridad moral y social en la que nos hemos acostumbrado a vivir.
Lo lamentable es, a mi juicio, que siempre en todo movimiento, hay una serie de sujetos que aprovechan el “río revuelto” para obtener un aprovechamiento personal. Por ello, en mi opinión, estas concentraciones sociales deberían conducirse por otros cauces, o al menos, desvincularse de estos sujetos tipo los del Carrefour, con “más cara que espalda” y con ánimo de causar más daño que de defender el sistema democrático.
Por otra parte, es necesario, entiendo, que la reconstrucción de un sistema, si lo que se quiere hacer es reconstruir, se haga desde dentro no desvinculándose de su suerte y ventura.
Negar la realidad no la transforma y, desde luego, oponerse al sistema por cauces tan antijurídicos, así como con argumentos tan trasnochados suena más a una burla al propio sistema y una alienación de su esencia que a una verdadera voluntad de reforma política.
Ahora parece que la tendencia radica en deslocalizar la indignación a los barrios, calles y plazas. El problema de este movimiento es que parece obviar una realidad clara. El sistema asambleario que preconiza es inviable salvo para decisiones de mínimos, es utópico. Nuestro actual sistema es perfectible y mejorable sin duda, y muchísimo, pero desde los postulados que se están sosteniendo, sinceramente, auguro una decepción mayor aun a este movimiento de la que creo que ya parte de sus integrantes han sufrido. Un movimiento sin cabeza, sin liderazgo, no es un movimiento, pues tener como interlocutores a miles de personas es, a mi juicio, volver a una “macroversión” de los comicios romanos; es decir, involucionar dos mil años.
Por ello, mis palabras últimas son de respeto a la manifestación de voluntad indignada, pero la convicción y opinión de que este efímero movimiento sin liderazgo ni programa, a través de asambleas y esperanzas, tornará en una caída y una nueva desesperanza, y más si se vira por el camino de la negación de la Ley o del respeto a los cauces democráticos. En este sentido, me gustaría acabar citando a Lowell cuando afirmaba: "No son las insurrecciones de la ignorancia las peligrosas, sino las rebeliones de la inteligencia."