Opinión

El huevo y la gallina

No por dicha mil veces una mentira se convierte en verdad, pero sí es cierto que es capaz de calar en ciertos oídos ávidos de complacencia y deseosos de escuchar según qué falacias para, a partir de ellas, sustentar una idea falsa hasta sus últimas consecuencias.

No por dicha mil veces una mentira se convierte en verdad, pero sí es cierto que es capaz de calar en ciertos oídos ávidos de complacencia y deseosos de escuchar según qué falacias para, a partir de ellas, sustentar una idea falsa hasta sus últimas consecuencias.

Digo esto tras leer la crítica “ad hominem”, los insultos más bien, que Pilar Rahola, personaje mediático del catalanismo radical, intolerante y galopante, dedica a la consejera de Educación del Gobierno de Aragón, Dolores Serrat, catalana de nacimiento también, y que está convirtiéndose en un foco de atención por la polémica que generan muchas de sus decisiones, si bien las más de las mismas se encuentran mediatizadas, dicho sea de paso, por una herencia lamentable, de esas que no pueden ser aceptadas ni a beneficio de inventario. Aún recordamos, hace unas semanas, cómo esa crispación que muchos sujetos han desarrollado se tradujo en un ataque a su persona lamentable y que ella solventó de una manera notable. 

Dolores es una buena jurista y una excelente universitaria, pero en las lides políticas, el respaldo intelectual no siempre es bastante para evitar las maledicencias, sino que los medios son tan importantes como los hechos y, en este sentido, el Partido Popular nunca ha sabido “vender” bien sus decisiones políticas. Ni lo hizo Aznar, ni van camino de hacerlo Rajoy, Rudi o la misma Serrat.

Si uno lee, como se puede hacer en este portal, las declaraciones de Pilar Rahola, uno entiende perfectamente qué clase de argumentos utiliza tan incalificable personaje. Alude a la consejera como “Agustina de Aragón de pacotilla”, “botiflera” o “traidora”, y todo ello porque haya instado una ley de lenguas acorde con la realidad de Aragón, y no con la visión irreal que desde algunos sectores sociales de esta Comunidad y, sobre todo, desde Cataluña se ha querido vender, haciendo un proselitismo del catalanismo intolerante y tergiversando la realidad histórica a la carta de las necesidades del independentismo catalán, que odia reconocer la verdadera y objetiva historia de su región, una zona de Aragón, y antes, una zona de Francia. Eso es, muy sintéticamente, lo que dicen los historiadores, la inmensa mayoría de los mismos, basándose en datos objetivos. Y en esa zona de primero Francia, luego Aragón, no se hablaba catalán, sino lemosín o provenzal, pero vamos, catalán no porque Cataluña como entidad no existía. 

Sin embargo, ya empieza a ser frecuente cómo hasta en los mapas del tiempo se incluye a Fraga en las temperaturas de Cataluña y, en general, en todas las representaciones gráficas de Cataluña cada vez la franja está más hacia la izquierda, haciéndose una apropiación de la Litera, del Matarraña, del Bajo Cinca y del Bajo Aragón, que son tan aragoneses como Calatayud o Jaca, o tan aragoneses también como ciertos bienes pertenecientes a nuestro patrimonio histórico que están bajo litigio constante. Pretenden, a partir de esos detalles, de esas mentiras, hacer ver que la cosa fue al revés en la Historia. Eso de las Coronas de Castilla y Aragón son verdades históricas incómodas en ciertos sectores de Cataluña, como lo es el histórico, antiguo y muy español Reino de Navarra para los sectores del independentismo vasco.

En Fraga o en Valderrobles no se habla catalán, sino un dialecto que mezcla sus elementos con castellano y con palabras singularmente aragonesas. Si por lenguas habladas en la Comunidad de Aragón tuviéramos que tomar criterios demográficos, probablemente hay más gente que habla rumano en Aragón que catalán, y no por ello se toma como lengua oficial aquella, tan latina y tan legítima como cualquier otra.

Por constatar esta realidad, a la citada consejera se le ha “dado para el pelo” por la insigne Pilar Rahola, una persona absolutamente incapaz de hilar más allá de cuatro frases sin proferir alguna clase de insulto o descalificación, vistiendo con ellos un discurso incoherente y que esconde la realidad de su persona. Su crítica a Dolores es más por catalana que por la ley que ha promovido. Se preguntará Rahola cómo ha osado a contravenir a sus teóricos orígenes, a mirar más allá de su lengua materna (Dolores sí habla catalán en la intimidad, no como Aznar) y a hacer valer los intereses de Aragón, que es para lo que se paga a la consejera de Educación. Es difícil explicar a Rahola que el concepto de catalán no significa ni ser catalanista ni ser tan analfabeto históricamente como para tragarse la patraña que allí, como mantras, explican desde pequeños a los niños, y que se ha asumido como dogma general e irrefutable.

Si Estados Unidos siempre ha sido acusado de ser un país sin historia, o sin la historia de los europeos, más amplia o dilatada, cosa que me parece un error, lo de Cataluña es una historia de “nueva planta”, a la medida y con un afán expansivo que roza lo enfermizo.

Aplaudo la nueva ley de lenguas, en la medida en que desarticula un sistema anterior artificial, demagógico y que, además, va contra la propia esencia de Aragón. Nunca se debe olvidar la historia de un pueblo, y meno, renunciar a la que se tiene para que otros, que niegan la propia, te presenten la que han creado ficticiamente. Y eso, hecho por una catalana, me gusta mucho más. No es un golpe de efecto político, sino es devolver a Aragón donde tiene que ponerse, y dejar de bailar el agua a nuestros adorables vecinos.