Opinión

El último vuelo

Escribió en el año 55 antes de Cristo el jurista y cónsul romano Marco Tulio Cicerón la siguiente afirmación, que a día de hoy supone una valiosa hoja de ruta que cualquier Gobierno sensato debería plantearse, pues parecen escritas ayer mismo: "El presupuesto debe equilibrarse, el tesoro debe ser reaprovisionado, la deuda pública debe ser disminuida, la arrogancia de los funcionarios públicos debe ser moderada y controlada (…). La gente debe aprender nuevamente a trabajar, en lugar de vivir a costa del Estado".

Escribió en el año 55 antes de Cristo el jurista y cónsul romano Marco Tulio Cicerón la siguiente afirmación, que a día de hoy supone una valiosa hoja de ruta que cualquier Gobierno sensato debería plantearse, pues parecen escritas ayer mismo: "El presupuesto debe equilibrarse, el tesoro debe ser reaprovisionado, la deuda pública debe ser disminuida, la arrogancia de los funcionarios públicos debe ser moderada y controlada (…). La gente debe aprender nuevamente a trabajar, en lugar de vivir a costa del Estado".

Por suerte para Cicerón, no llegó a conocer el declive del Imperio Romano, aunque, por sus palabras, seguramente, se estaba temiendo lo peor.

Esta reflexión, que creo que debería informar nuestros pasos en adelante, adaptándola en lo necesario al panorama actual, me sirve también para analizar de forma sucinta lo que considero va a suponer, salvo su buena solución, una nueva consecuencia de una desastrosa planificación económica como la que hemos llevado a cabo en nuestra autonomía en los últimos años, para no desentonar en el estrambote general que hace que los ciudadanos tengamos unas cuentas más aseadas, en términos globales y dentro de nuestra modestia, que las Administraciones Públicas.

Me refiero al asunto “Ryanair” vs. Ayuntamiento de Zaragoza, por darle una denominación a la americana.

Existe, hemos conocido esta semana, un débito de la entidad local frente a la compañía irlandesa de bajo coste bastante cuantioso. Es esta empresa, no cabe duda, la que justifica la existencia de ese mastodóntico aeropuerto que tenemos en nuestra capital, de dos pisos, de los cuales uno está desierto (fíjense que las escaleras mecánicas nunca suben), y donde si no fuera por los vuelos que aún persisten del IMSERSO a los lugares de vacación en invierno, y la citada aerolínea, Zaragoza se borraría del mapa turístico internacional de manera definitiva y completa.

Ello, con la salvedad de que se algún turista aventurero decidiera pararse en esa también faraónica y gélida estación de AVE que tenemos en nuestra ciudad (por estar entre Madrid y Barcelona), y nos hiciera una visita por aquello de la curiosidad, por ver el Pilar y dar un paseo por Independencia, que parece un yacimiento arqueológico. 

La política de promoción del sector del Turismo y Transporte en Aragón ha podido ser peor, y no quiero cargar contra el anterior Gobierno, pues no estamos en momento de ver quién o quiénes han perpetrado según qué desmanes, sino que ahora es prioritario arbitrar soluciones.

Tenemos el dudoso honor en Aragón, además, de contar con un flamante aeropuerto de Huesca, que costó la friolera de 45 millones de euros, y donde la afluencia de tránsito ha sido tan escasa que si invitásemos a todos los pasajeros que han viajado desde y hacia Huesca en avión, no llenaríamos un bar. Se trata de un ejercicio más de desperdicio de dinero que es insultante, y me importa un bledo si lo hace el PSOE, la CHA o el PP.

Las cuentas son tan rotundas que creo que se tenga la sensibilidad política que se quiera, estremece pensar el coste de oportunidad desperdiciado en cada una de estas infraestructuras señaladas y que responden más al boato, a ser como otras Comunidades que, pensando en Cataluña, están económicamente secos por tanta megalomanía y separatismo. Nunca nos hemos parado a pensar dónde y cómo queremos situar a nuestra Comunidad en el panorama nacional y europeo.

La Expo, la gran oportunidad perdida, fue un fracaso que estamos asumiendo todavía, y creo que esta afirmación es incuestionable, en una sucinta comparativa con los datos económicos de la celebrada en Sevilla en 1992, sin ir más lejos. Si bien en infraestructuras, ciertamente, la situación es igual en desidia en ambas localidades, la diferencia de números y rentabilidad es abismal.

Estamos en estos momentos al borde de un precipicio en lo referente a la sostenibilidad del único aeropuerto de Aragón en activo, de la quinta capital de España en población, y que salvo remedio urgente, tiene los días contados, muy a pesar de los que lo necesitamos y utilizamos. Es un logro para una ciudad un aeropuerto, y una exigencia ante el tamaño de Zaragoza y su peso económico.

La Administración Pública española está luchando permanentemente contra una tendencia económica de desconfianza en nuestra solvencia como país, y creo que singularmente este impago puede ahondar más aún en nuestra credibilidad y, con ello, en el devenir de la crisis.

Es hora de hacer frente a la responsabilidad contraída, y máxime con una infraestructura tan necesaria para Aragón como el aeropuerto de Zaragoza. Sólo apostando por el crecimiento y fortalecimiento del trasporte aéreo se puede dar un servicio a los ciudadanos acorde con lo que la ciudad merece. Porque, señor alcalde, a Londres no llega todavía el tranvía.