Si hay algo claro en la vida es que a cada acción le sigue una reacción o, al menos, eso es lo que suele suceder, más tarde o más temprano. En España, no obstante, tardan en producirse ciertos efectos más de lo que en otros países sucedería, lo cual habla por sí solo de nuestra ligereza colectiva para ciertas materias.
Esta reflexión va referida a la desbandada de anunciantes que corren despavoridos del programa La Noria de Telecinco, como consecuencia inmediata o mediata, según como se quiera vender, de la entrevista a la madre de uno de los delincuentes del terrible caso de Marta del Castillo. Ninguno, desde las industrias cárnicas hasta los desatascadores de tuberías, pretende que se les relacione, ni directa ni indirectamente, con el contenido que últimamente un programa que, a mí me resultaba “diferente”, ha tomado, sucumbiendo a ser más de lo mismo en esa cadena.
Éste ha sido un caso que ha calado hondo en la sensibilidad social por los grados inusitados de crueldad de unos sujetos que han, si me permiten la expresión, vacilado a la policía y las autoridades judiciales, sabedores de las garantías procesales que España, como Estado de Derecho que es, tienen todos los que vulneran la ley, por muy execrable que sea el crimen, como es el caso. El problema, y por otra parte fortuna, reside en que aún queda algo de ética, aunque no nos lo parezca, en esta sociedad. Y resulta insoportable ver, hasta para los paladares más anestesiados, como una señora, en ejercicio legítimo de su derecho a defender a su hijo y a expresarse, cobra una suma seria de dinero por sentarse a hacer de este drama un espectáculo. Entiendo que la culpa no es de ella, desde luego, o si lo es, creo que mínima.
Nadie puede sustraerse del dolor y de la destrucción que los padres de Marta viven cada día, por cierto, de una manera muy civilizada. No sé si yo, sinceramente, sería capaz de conducir y canalizar con tanto aplomo y serenidad el dolor inmenso y la rabia de ver la muerte violenta de una hija llegando el sadismo al extremo de no tener un sitio al que llevar siquiera flores. Son, a mi entender, objeto de admiración y respeto.
Convertir un crimen en un ejercicio morboso de remover lucrativamente la situación, estando sub iúdice además, supone uno de los más lamentables episodios de un canal que, en mi opinión, ha tomado un rumbo equivocado respecto de lo que gusta o no al personal e incluso, me atrevo a decir, se han reconocido a sí mismos la capacidad de crear los gustos sociales más que satisfacerlos. Ello, que no es malo, y que puede ser muestra de liderazgo periodístico y de opinión, se torna en defecto cuando de tal virtud se hace un empleo deshonesto y carente de criterio.
En Sálvame, por ejemplo, se anuncia el cese definitivo de la violencia de ETA, cuando creo que la noticia requeriría otro escenario mucho más riguroso y menos surrealista. En otro programa de la casa, entrevistan casi a la fuerza a la mujer del asesino de la niña Mari Luz Cortés donde, además, la mujer cae en la torpeza jurídica de destapar su falso testimonio ante el Tribunal, lo que supuso, creo recordar, el inicio de actuaciones por parte del Ministerio Fiscal para acusarla de tal delito. O, sin ir más lejos, me remito a la reflexión que en este mismo medio hizo otro colaborador de esta tribuna, la semana pasada, sobre la entrevista bochornosa a una persona que está en una situación mental más que cuestionable, el boxeador aragonés, Perico Fernández, objeto de chanza y de carnaza televisiva.
Es muy fácil hacer demagogia, entretenimiento de bajo nivel, zafio y grosero. Puede que algo, en dosis justas, de cotilleo, frivolidades o como quieran denominarlo, sea incluso sano y positivo para abstraernos un rato de la tormenta en la que estamos navegando.
Sin embargo, creo que hay límites que deben ser trazados como infranqueables pues, el todo vale con el que estamos jugando en todas las materias, llevando el relativismo a unos límites desconocidos, puede hacer que el exceso de libertad de expresión y de ejercicio de la actividad televisiva vulnere, como creo que lo hace, las más elementales normas de sentido común y moral, concepto este último que parece hoy extraño poderlo predicar de un Estado, por sonar a retrógrado u obsoleto, pero que es, a la postre, la causa de buena parte de los males actuales. ¿No creen?