Esta mañana, al llegar al despacho de la Delegación de Alumnos en la Universidad, aún no conocía la noticia. Mis compañeros, sin embargo, ávidos lectores de la prensa, me ponían al corriente nada más entrar por la puerta.
En la Universidad Complutense de Madrid, un grupo de estudiantes ha irrumpido en la capilla del Campus de Somosaguas, donde el capellán se encontraba con algunos alumnos y, tras leer un manifiesto contra la Iglesia católica, se han desnudado de cintura para arriba, en una modalidad de top-less reivindicativo, a la par que se realizaban una serie de pintadas insultantes en la fachada, alusivas a un pasado, aún caliente en la memoria, como fue el año 1936, en la triste y aún no cicatrizada herida de la guerra civil, la cual tuvo en el factor religioso un auténtico elemento de fricción, sobre todo, por el hostigamiento a la Iglesia católica.
Aún no he escuchado ni al rector ni a ninguna autoridad iniciar las debidas pesquisas y proceder a la detención de esos sujetos. Y es que, aludiendo de una manera capciosa a la libertad de expresión, lo que se ha producido con este acto es una ofensa contra los sentimientos religiosos de los allí presentes, y, gracias a la publicidad que los propios autores de esta repugnancia han llevado a cabo, han ofendido extensivamente a los demás que somos católicos. Incluso desde una posición aséptica, la observancia del Derecho es el patrón ético mínimo que se puede exigir cuando lo que se tutela por el mismo son los derechos fundamentales, en este caso, la libertad religiosa, perturbada de forma violenta, consciente y voluntaria por estos sujetos que no deberían autodenominarse universitarios.
El debate y la discusión en la Universidad son una parte esencial de la formación y debe ser siempre además esta institución el lugar adecuado para exponer los más diversos postulados y opiniones.
Ahora bien, en el momento en el que desde una falsa libertad, el discurso se simplifica a enseñar los pechos en un templo, me parece que cualquier trascendencia al discurso que, siendo discutible podría sostenerse, queda por completo consumido en la actitud posiblemente delictiva de estos sujetos, que encaja como anillo al dedo en la conducta descrita en el artículo 523 de nuestro Código Penal y que hace que, en un sistema de aconfesionalidad estatal como el nuestro, se proteja de la forma más intensa, esto es, penalmente, la libertad de los sujetos para poder manifestar sus creencias religiosas, celebrar los ritos propios y demás elementos que suponen manifestaciones en la esfera pública del hecho religioso ante el que cada sujeto toma una posición en libertad.
El universitario habla, no amenaza, ni insulta, ni profana templos ni gana con enseñar un cuerpo, nada que con la palabra no pudiera lograr. Por ello, más que hablar como la prensa lo ha hecho de un movimiento de universitarios, deberíamos hablar con propiedad de un conjunto de personas que son presuntamente delincuentes, y desligar el buen nombre de los estudiantes universitarios de esta clase de gente.
Soy una persona que no se escandaliza por ver a alguien desnudo. Es más, puede ser una forma de manifestación artística o reivindicación un tanto pueril, pero desde luego, jamás es tolerable la ofensa contra cualquier religión en sus templos, puesto que constituye, además, un delito, una falta de la más elemental ética ciudadana y del progresismo que preconizan quienes han llevado a cabo los actos de Somosaguas.
Echo de menos una reacción por parte del Rector Magnífico de la Complutense, de las autoridades, del Ministerio Fiscal... Creo que los hechos son de la suficiente entidad y gravedad para que de oficio se indaguen quienes son los responsables y se les aplique con toda su extensión la Ley, que es, sin duda, parámetro aséptico y aconfesional al que todos nos debemos.
También me pregunto si su sensibilidad hacia el machismo de la Iglesia no encuentra su equivalente respecto de otras religiones, como el Islam o el Judaísmo. Sospecho para mí que esa gallardía de desnudarse en una capilla no se hubiera producido de la misma manera en una mezquita. A buen entendedor, pocas palabras bastan.
En fin, me he sentido compelido como estudiante de Derecho y como representante de alumnos a romper una lanza no a favor de la Iglesia, que tiene a sus ministros y feligreses, sino en pos de los estudiantes universitarios, o de un grupo al menos que nos avergüenza que ésta sea la razón por la que ocupamos portada de prensa nacional, cuando en Derecho estamos luchando por la moratoria de la Ley 34/2006, de acceso a la abogacía, que supone una manifiesta injusticia, y ante la cual nadie está levantando la voz. Tranquilos, que no nos desnudamos en protesta, es la Ley la que en este caso lo hace por nosotros.