Deslealtad con publicidad
Ha conseguido el eco mediático que pretendía. En estos días, en todos los periódicos se recoge sin demasiado asombro cómo el president Artur Mas va a “chivarse” de un presunto incumplimiento del Gobierno de España con Cataluña en lo referente al estatus económico de esta región.
La cosa podría ser hasta hilarante, si no fuera por la insensatez que supone denostar nuestro ya muy escaso prestigio a nivel internacional mediante estos brotes de nacionalismo crematístico, tan inoportunos como desleales al resto de España. Según el político catalán, todos los demás españoles deberíamos estar muy agradecidos con los notables esfuerzos que Cataluña ha hecho en pos del resto del Estado.
Creo no ser el único que piensa que en esta relación bilateral, Cataluña siempre ha salido mucho más beneficiada que el resto de España, por presentar esa dicotomía en la que no creo ni asumiré jamás. Cataluña ha contado siempre con privilegiadas infraestructuras (el Corredor Mediterráneo dentro de poco), y con unos apoyos políticos por parte de todos los gobiernos de España, sin excepción, lo que le ha permitido desarrollar económicamente su potencial.
Ese motor económico se ha nutrido no sólo por ser el pueblo catalán trabajador y emprendedor, que lo son, sino que ha carburado gracias a una política de mimo y cuidado por el Estado, en muchas ocasiones, en detrimento de otras regiones que sí tienen o tenemos motivos para quejarnos, como es Aragón, entre otras perjudicadas. Lejos de reconocer que ese esfuerzo no ha sido soportado desde Madrid, sino a costa de recortar financieramente la inversión en otros territorios, es esgrimido demagógicamente lo contrario por el nacionalismo catalán, hoy en el gobierno de la Generalitat.
Se pretende vender que Cataluña tiene que tirar del carro que otros (Aragón entre ellos) no sabemos o no queremos tirar, y por ello, hacen un sobreesfuerzo demasiado exigente, que no les es debidamente recompensado.
Esta reflexión es la lectura que el presidente de la Generalitat va a exponer en el foro y las reuniones a las que ha sido invitado por Nick Clegg, vicepresidente británico, y donde se reunirá también con varios vicepresidentes de la Comisión Europea.
Esta labor que viene a desarrollar Mas, aúna de manera privilegiada, con esa finesse diplomática que le caracteriza, la deslealtad institucional, que desde Cataluña viene siendo tónica habitual, con el victimismo que caracteriza precisamente a estos nacionalistas, que aprovechan cada intervención a las que se les invita para minar la imagen de España como estado, algo letal en el momento crítico que estamos atravesando en materia económica, donde la confianza es la piedra angular del maltrecho sistema. En un país con casi 5 millones de parados y un déficit en la Seguridad Social considerable, ir despachando en el patio comunitario las infamias que se desprenden de cada una de las intervenciones del citado político, imbuido en una permanente reivindicación sin el más mínimo sentido ya no de Estado, que sería mucho pedir, sino de oportunidad, es un suicidio a la recuperación económica y a una mínima sensación de unidad y cordura que infunda en los mercados algo de paz.
Que un mandatario de una región de 7 millones de personas se erija como actor en el panorama internacional, y vaya soflamando sobre el maltrato económico del Estado a su región es tan ridículo como peligroso, y nos convierte colectivamente en el hazmerreír de países medianamente serios que se sorprenden de la fauna que criamos en estas tierras.
Para dar lecciones es preciso tener la cabeza alta y las manos limpias. Cataluña es precisamente un ejemplo de mala gestión de los recursos públicos guiados por la megalomanía y la autosatisfacción de afrentas inexistentes, al extremo de gastar 45 millones de euros en un aeropuerto como el de Lleida, donde la Generalitat tiene que gastar una media de 500.000 en subvencionar a la filial de Iberia el único vuelo que sale desde este establecimiento, pues suele ir vacío (yo lo cogí un día y éramos 3 personas, junto con otras 3 de tripulación). En Tarragona, esta semana ha sido denunciada la desatención a un paciente aquejado de un infarto, que tuvo que ser trasladado a Barcelona por no poderse satisfacer a los médicos las horas extraordinarias. Eso sí, mientras, gozan, por ejemplo, de una nutrida cantidad de “embajadas”, lo que es, tanto un despropósito jurídico (pues no existe esa competencia, se mire por donde se mire), como un dispendio más que prescindible.
Se me antoja que esta visita propagandística del president tiene además una función claramente coactiva para el nuevo Gobierno, que no ha tenido tiempo aún de damnificar a Cataluña, pero, por si acaso, Mas enseña los dientes. El problema es que por mucha aportación estatal, o pacto fiscal, ni se puede seguir sometido al permanente chantaje de los grupos nacionalistas (menos que nunca, insisto, en esta coyuntura), ni permitir lecciones de economía política a quienes de una manera tan mayúscula, por la locura competencial, por la búsqueda de una singularidad de nueva planta, pretenden subyugar los intereses generales a los particulares. En estos momentos, el sentido de estado no es una máxima abstracta, sino el primer paso, aunque sea por egoísmo, para capear el temporal y reducir el trayecto hacia la luz de este túnel en el que ya no vivimos de “brotes verdes”.