La semana pasada, la discusión central en el Pleno de nuestro muy ilustre Ayuntamiento de Zaragoza tenía un contenido diría yo que fundamental para los ciudadanos, vital incluso. Por un momento estuvieron cerca de conseguir, con la enorme profundidad conceptual y dialéctica del problema planteado, hacernos olvidar la crisis o el paro.
Si se contemplase de manera aislada, como si de un observador externo se tratase, con este cruce de reproches e ideas fatuas, podría parecer que estamos en un país idílico, donde nos podemos poner a discutir sobre aspectos secundarios al tener todo lo esencial resuelto. Sin embargo, ello no es así, todo lo contrario.
Tuvimos que contemplar el bochornoso comportamiento de ciertos grupos políticos del Ayuntamiento que trajeron por enésima vez, como gran iniciativa, el retirar un crucifijo del salón de plenos. Qué alegría para los parados y para los estudiantes que no llegan a fin de mes. ¿Ese crucifijo es el verdadero problema de Zaragoza?
Es simple y llanamente un insulto, en mitad del huracán que vivimos, ponerse a discutir sobre la laicidad o no del Consistorio y del drama moral que a algunos les supone la contemplación de la imagen de Cristo, que en absoluto es ofensiva y que, además, se trata de una obra artística histórica judicialmente reconocida como tal (una talla de hace unos cuantos siglos, creo del XVII según el editorial de este medio). Ello haría además cuestionable la licitud de otras festividades o signos de origen religioso, desde San Jorge o San Lorenzo al Pilar.
Estamos en un país con casi cinco millones de parados, con unas protestas sociales contra los recortes donde, detrás de la fachada de los estudiantes, se está haciendo un uso capcioso por parte de ciertos grupos derrotados en las urnas para crear el caos y la agitación y donde, para defender una política de oposición a las medidas económicas del Gobierno, (algunas de las cuales no soy defensor, vaya por delante), se dedican a quemar cajeros y hacer el salvaje por las calles españolas en una idea estúpida, pero muy nuestra, de que no hay una buena protesta sin insultos ni vandalismo.
Estamos en un momento tan delicado, probablemente uno de los más complejos de la historia contemporánea que, en medio de esta hecatombe, un sujeto para conseguir el aplauso fácil de sus votantes se ponga a dar moralinas sobre el dualismo gelasiano y la separación de poderes, insisto, me parece una tomadura de pelo a todos los que subvencionamos su sueldo, por decirlo de una manera suave.
Uno lee las últimas noticias y, sinceramente, parece que existen dos mundos, el real y el que la política pretende crear. En ese mundo político, de dar gusto a oídos dóciles, se va a recurrir lo de los bienes de Sigena (que Dios me libre de criticar tal iniciativa en su naturaleza, pero no creo que estemos en un momento en que este asunto sea prioritario, pues ni con obras artísticas ni con libros se da de comer a la gente), se va a construir un aeropuerto en Teruel que, de nuevo respetuosamente, creo que va a ser un caos económico como ya lo fue el de Huesca, como lo es de Lleida, el de Reus, Ciudad Real, Castellón… en fin, podría seguir. Ello comparte espacio con problemas reales, de los que preocupan a la gente.
Por culpa del dichoso tranvía, un gremio como el taxi en Zaragoza está viéndose gravemente damnificado, y son 1.800 familias. Ayer le prometí a un taxista que hablaría de ello en este espacio, y aquí lo digo. Y ello se debe a una planificación municipal del proyecto que busca, de mala fe y con auténtica obstinación, que el tranvía se imponga como medio de trasporte por “bemoles”, sin opción a otros sistemas, a los que se les está perjudicando y vetando, olvidando que depende mucha gente en su sustento de los mismos.
Es un problema real que haya residencias de ancianos como muchas de las que hay en España, tanto públicas como privadas, que hacen del último escalón vital de muchos sujetos un negocio tan suculento como en ocasiones falto de la más mínima adecuación de medios y personal, como las siete residencias cerradas por la DGA por irregularidades. Es inadmisible y no se sostiene que en las mismas páginas de los medios de información, unas y otras noticias tengan que coexistir. Parece, insisto, como si se tratase de dos mundos distintos.
En el Pleno no se escuchó ninguno de estos problemas reales, ni de los muchos de los cientos que Zaragoza tiene, y ello aplíquenlo a cada Ayuntamiento, Diputación Provincial y demás maraña administrativa que hemos creado para el confort, no del ciudadano, sino de ciertos sujetos beneficiados.
No me gusta hablar por los demás, pero creo que somos ya unos cuantos los que estamos cansados no sólo de la imagen, sino de la ineptitud de muchos representantes políticos, me da igual su signo, que tan sólo buscan alagar a sus seguidores. Yo sí estoy indignado, de los cleptócratas que se instalan en la política, de una progesía española trasnochada e irresponsable, de los salvajes que queman contenedores en pos de la democracia real. Ya basta. Estamos en un momento en que el “horno no está para bollos”, con muchas familias pasando verdaderos apuros, y nos dedicamos a idear infraestructuras inútiles, gastar ingentes cantidades de dinero en pleitos y cuitas, desatendiendo lo fundamental. Como los músicos del Titanic, sigamos tocando las trompetas hasta que se nos llenen de agua. Luego, a lamentarse del tiempo perdido.
Como los malos estudiantes, como país, llevamos 30 años viviendo políticamente de las rentas de haber sido modélicos en la Transición. Es hora de volver a hacer los deberes, despertar del sueño, y olvidar, como dice Loquillo, “cuando fuimos los mejores…”, si es que algún día lo fuimos.