Opinión

Por la boca muere el pez

Como sentenció Chabrol, "la estupidez es mucho más fascinante que la inteligencia, porque la inteligencia tiene límites y la estupidez no". En esa fascinación, lamentablemente, vivimos inmersos, en horas y horas de contemplación en ciertos medios de la televisión, empecinados en la dificultosa tarea de mostrarnos esa infinitud de la simpleza humana, y de las pasiones bajas, y de las cóleras y humores variados que embriagan el pabellón patrio en sesión continua, a través de eso que llamamos prensa del corazón, que desgraciadamente se ha convertido en el corazón de la prensa española, valga el retruécano.

Como sentenció Chabrol, "la estupidez es mucho más fascinante que la inteligencia, porque la inteligencia tiene límites y la estupidez no". En esa fascinación, lamentablemente, vivimos inmersos, en horas y horas de contemplación en ciertos medios de la televisión, empecinados en la dificultosa tarea de mostrarnos esa infinitud de la simpleza humana, y de las pasiones bajas, y de las cóleras y humores variados que embriagan el pabellón patrio en sesión continua, a través de eso que llamamos prensa del corazón, que desgraciadamente se ha convertido en el corazón de la prensa española, valga el retruécano. 

Recientemente, en ese reino naïf, infantiloide, su princesa destapó la caja de los truenos. La famosa y popular Belén Esteban comentó, con cierto alborozo, que su santo esposo (bien digo santo por su apariencia de paciente y tranquilo) no trabajaba porque no lo estimaba conveniente. Hasta ahí me suscitó cierta envidia sana, ya que el común de los mortales estamos siempre mirando hasta la última cifra de la cartilla. Lo que ocurrió después, me hizo tornar en sorpresa. El sujeto cobra el paro. Con lo que, evidentemente, suena a irregularidad con la Seguridad Social.

Yo no seré quien, desde estas líneas que me concede esta publicación, haga un demagógico ataque a la “princesa” del reino de la prensa rosa y a su subvencionado marido, pues para ello ya está el resto de sujetos que de palmeros pasan a hienas en tanto en cuanto sube o baja la cuota de pantalla, el famoso share, objeto de codicia y deseo, que obsesiona a los que de él viven hasta los límites más insospechados.

En esa realidad paralela que configura la televisión actual, donde la gente conoce mejor a la novia del famoso de turno que a la de sus propios hijos, Esteban es una de las figuras que mueve ese mundo tan inestable y tan fascinante sociológicamente. ¿Cómo ese grupo de sujetos logra la adhesión de una media de 3 millones de hogares todas las tardes? Es sorprendente, y ya no me atrevo siquiera a criticarlo como cuando era algo más joven hice en mi primer libro, Quiero ser Famoso, en el que me dediqué a dar estopa, junto con mi padre, eminente psiquiatra, a todo bicho viviente de la fauna del famoseo.

Muchos de estos sujetos pierden un tanto la conexión con la realidad, envueltos en un mundo de aplauso fácil y de representantes que les trasportan como objetos de uno a otro plató donde se practican disecciones a la vida de los allí presentes, a sus sentimientos, filias y fobias, ante pelotones de fusilamiento verbal.

En esa espiral, esa chica de San Blas, que asume conocer el medio, es a la vez objeto de admiración como de crítica, y todos los que aplauden están como las aves de rapiña esperando el traspié para de una forma absolutamente inconsecuente, devorar aquello que ellos mismos han criado y cultivado.

Por eso, ese desliz verbal traerá cola, pero no dejará de ser una muestra de la sociedad en la que vivimos, donde aún está bien visto el dinero “B” y, en general, la picaresca frente a la Administración, sin advertir de que el perjuicio no lo asume Zapatero ni Rajoy, sino todos y cada uno de los ciudadanos.

Somos un país sin límite, donde se admira a periodistas con plagios probados, donde se da culto a los personajes más excéntricos, donde nos pegamos una semana comentando un desnudo en una playa o cosas peores, ya saben ustedes a lo que me refiero y que me niego a escribir en este medio.

Por ello, creo que sería un momento propicio para un punto de reflexión, y que la indignación en la que vive instalada un sector social se convierta en cierta repulsa al triste devenir de nuestros medios, que son, sin duda, la proyección de la carestía social de valores. Es hora de dar carpetazo de una vez a la España de charanga y pandereta, del ocio irresponsable y de la picaresca, pues el producto de ese modelo de vida es una sociedad enferma, una juventud bastante tocada y cinco millones de personas en busca de un empleo.

Me parece un resultado demasiado serio para no considerar este tema algo capital.