Sócrates y las mentiras
Un sociólogo aseguraba que la primera encuesta apareció en la antigua Grecia y que el primer encuestador fue, nada menos, que el viejo Sócrates. En tiempos de Sócrates se valoraba de la filosofía la habilidad para la dialéctica, practicada con mucha destreza por los sofistas, maestros de retórica que se desplazaban por las ciudades impartiendo clases a políticos de todo signo y condición y cuyo oportunismo les dio muy mala fama.
Sócrates, hijo de un cantero y una comadrona, abandonó su temprana vocación por la escultura y se hizo sofista. Pronto se sintió decepcionado porque no le atraían los trucos verbales, tan habituales en política, sino su fundamentación moral. Todas las técnicas que aprendió de la sofística las puso al servicio de la enseñanza y se empeñó en educar a la elite de Atenas en el pensamiento independiente, procurando que sus alumnos fueran capaces de cuestionar — ¡También! — sus propias convicciones. Y como enseñaba por vocación, nunca quiso cobrar por ello, algo que sacaba de quicio a su esposa Xantipa que, como Sancho con don Quijote, no entendía que la defensa de la virtud fuera más importante que asegurarse un buen puesto.
Las “encuestas” de Sócrates empezaban siempre del mismo modo: se presentaba a sí mismo como alguien que no sabía nada y a continuación planteaba a su interlocutor (por lo general muy seguro de sí mismo) cuestiones obvias. De inmediato hacía que su “víctima” se enredara en un laberinto de contradicciones hasta forzarle a reconocer que su aparente seguridad no era más que una forma atenuada de ignorancia. A este proceder se le conoce como “ironía socrática”, una experiencia que, cuando hay público presente, políticos y expertos procuran evitar.
Como muchos después de él, Sócrates fue acusado de corromper a la juventud y de incitarles a violar las viejas costumbres. La acusación era tan falsa como cierta fue su condena. Para nosotros, la grandeza de Sócrates radica en haber proclamado que la necesidad de verdad es la más sagrada de todas. Sin embargo en Aragón, y en todas partes, cada día hombres y mujeres, tras una dura jornada de trabajo e incertidumbre, “se esfuerzan en leer para instruirse, y lo hacen — escribió Simone Weil — sabiendo que tal vez se disponen a beber agua de un pozo envenenado”. Quienes difunden las falsedades alegan que les guía la buena fe, como si la buena fe del piloto fuera suficiente para garantizar la seguridad del pasaje. La tolerancia organizada de la mentira es una deformación monstruosa que consiste en engañar, sobre aquello que se sabe cierto, a las personas a quienes se les debe la verdad; y puesto que no es fácil saber quién nos miente creemos (¿Ingenuamente?) que aquellos a quienes llamamos “los nuestros” jamás lo hacen.
Los actores son los únicos que no tienen que rendir cuentas por mentir en el ejercicio de su profesión. Sólo ellos disfrutan de gloria sin responsabilidad. Pero en los asuntos públicos (sea por quienes ejercen el poder, sea por quienes tienen la esperanza de alcanzarlo), “la mentira” —escribió Marco Aurelio siete siglos después de Sócrates— “es una peste tan peligrosa como la contaminación del aire que respiramos”.