Sin cosmética

Cuando surgen problemas con nuestra pareja, con frecuencia le atribuimos mayor responsabilidad a él o a ella que a nosotros mismos. Prueba de ello es que son pocos los divorciados que se culpan a sí mismos. A nuestro pesar, somos jueces poco objetivos y demasiado apasionados al juzgar los conflictos en que nos involucramos.

Cuando surgen problemas con nuestra pareja, con frecuencia le atribuimos mayor responsabilidad a él o a ella que a nosotros mismos. Prueba de ello es que son pocos los divorciados que se culpan a sí mismos. A nuestro pesar, somos jueces poco objetivos y demasiado apasionados al juzgar los conflictos en que nos involucramos.

Es tanto el interés por nosotros mismos y tanta la influencia que este afán provoca en nuestro comportamiento social, que cada año gastamos miles de millones en cosméticos, porque nos preocupa tanto la imagen que proyectamos que hemos olvidado que no hay mejor cosmético que vivir gozosamente.

El uso de cosméticos no es nuevo. En el antiguo Egipto la fabricación de perfumes, el arte del maquillaje y los salones de belleza alcanzaron notable difusión. Un color muy extendido para el sombreado de los ojos fue el verde, mientras que para los labios se prodigaba el negro azulado y también el carmesí. Como expresión de elegancia y distinción, las mujeres egipcias se teñían los dedos de las manos y de los pies con el tinte que obtenían del polvo de hojas de alheña desecadas. Las mujeres llevaban los pechos al descubierto y resaltaban las venas de los senos dándoles una tonalidad azul, destacando los pezones  con un tono dorado.

En las tumbas de los hombres se descubrió abundante provisión de cosméticos para la otra vida. En la tumba de Tutankamon (con quien el 70% de los varones aragoneses compartimos un antepasado común) aparecieron estuches con cremas para la piel, color para los labios y colorete para las mejillas que, al abrirlos, desprendieron su última fragancia.

A menudo sospechamos (como tal vez hiciera nuestro primo Tutankamon) que la cosmética no es más que un artificio ilusorio y fugaz. Para esos momentos de confusión disponemos de un poderoso  mecanismo de combate: una obstinada y tenaz disposición hacia nuestro propio interés. Mediante este artificio interactuamos con los demás y construimos una identidad a través de la imagen que proyectamos.

La televisión es el cosmético social de nuestro tiempo. Desde que se inventó, a mediados del siglo XX, sospechamos que no solo es un ojo que vigila sino también un espejo en donde mirarnos y ante el que nos perdemos tratando de encontrarnos. A ella sacrificamos a nuestros propios hijos, acostumbrándolos a mirarse en “ese espejo, según Federico Fellini, en donde se ve reflejada nuestra derrota cultural”. Pues si bien nos brinda temas sobre los que pensar, aún pone más empeño en que dejemos de hacerlo.

Reza un proverbio que las “ideas grandes” se diferencian de las “grandes ideas” en que las primeras ocupan toda la cabeza, con tanta arrogancia como nuestra percepción del yo ocupa el centro del mundo. Por eso recordamos con más facilidad las cosas que nos conciernen que las que atañen a otros y magnificamos el comportamiento ajeno cuando se refiere a nosotros. Dicho de otro modo, si mientras el lector lee estas líneas oye pronunciar su nombre en una habitación contigua, su radar auditivo dirigiría allí toda su atención, porque el mundo en el que vivimos es una esfera imperfecta en cuyo centro está el trono que cada cual se adjudica a sí mismo.

A pesar de que, en efecto, somos jueces poco objetivos y demasiado apasionados al juzgar los dilemas en que nos involucramos, hemos llegado a conocernos a nosotros mismos de un modo razonable, como quien arranca las capas de una cebolla esperando encontrarla. Por suerte, en el centro de ese abismo sigue latiendo el corazón que, aunque suele dar la nota, consigue mantener el ritmo.