Para establecer un lugar con alguna precisión bastan dos coordenadas (latitud y longitud), o tres si el lugar está situado a cierta altura. Pero cuando concertamos una cita incluimos una cuarta, esa que el sentido común llama puntualidad y que los físicos, algo suspicaces, llaman tiempo. Los físicos piensan que el tiempo mide el intervalo entre dos acontecimientos, mientras que para el corazón de los mortales mide el intervalo entre dos recuerdos.
Ser puntual ha llegado a ser tan importante que nada ha modificado tanto nuestros usos y costumbres como la aparición del reloj. La presencia de un reloj en la fachada de los ayuntamientos comenzó a regular las actividades profanas como antes lo hicieran las campanas en las torres de las iglesias para regular algunas actividades tanto profanas como sagradas. Por el reloj somos puntuales y hacemos que nuestros hijos también acudan puntuales a la escuela. ¿Pero por qué tanto empeño en la puntualidad de los niños? ¿Solo se debe a la terquedad de los padres?, ¿a que el centro escolar cierra sus puertas poco después de iniciar las clases?, ¿o a que las leyes han impuesto la escolarización obligatoria? Así sea, si así parece.
Con tiempo y la atención de padres y maestros, nuestros hijos llegan a percatarse de que la puntualidad es una norma y la gravitación universal una ley, y que para adquirir la segunda es menester haber practicado la primera. De hecho, la puntualidad es la antesala de la disciplina y no hay mejor disciplina que aquella que pasa desapercibida. Quiere esto decir que el método más eficaz (y tal vez único) de adquirir disciplina es alcanzar el éxito, pues después de nutrir la oficina del estómago, la mente de un niño se alimenta del triunfo, cuya mayor expresión está en la mirada de aprobación y orgullo de los padres y maestros cuando estos alientan su esfuerzo y reconocen su éxito.
Cuando los padres vivimos de espaldas a la escuela nos comportamos como niños envejecidos que tratan de olvidar que cuando éramos niños también nosotros queríamos estudiar sin saber muy bien cómo, pero anhelando ver en nuestros padres una mirada de orgullo y complicidad, esa que nuestros niños esperan ahora de nosotros.
Gabriel García Márquez lo expresó de este modo: "Escribo para que me quieran".