Opinión

El paraíso, la serpiente y Mario Vaquerizo

La vergüenza (también la falta de ella) es la primera emoción descrita en la Biblia, libro que ha formado la mentalidad de tres religiones (las llamadas religiones del libro), el judaísmo, el islamismo y, especialmente para nosotros, el cristianismo, y que ha configurado esta imprudente amalgama que llamamos civilización occidental. Todo empezó en el jardín del Edén.

La vergüenza (también la falta de ella) es la primera emoción descrita en la Biblia, libro que ha formado la mentalidad de tres religiones (las llamadas religiones del libro), el judaísmo, el islamismo y, especialmente para nosotros, el cristianismo, y que ha configurado esta imprudente amalgama que llamamos civilización occidental. Todo empezó en el jardín del Edén.

Al principio, se nos dice, el hombre y la mujer estaban desnudos, y aun así no sentían vergüenza, pues la vergüenza aun no había sido creada. Pero al comer del fruto prohibido desobedecieron el mandato divino, y fue entonces cuando los ojos se les abrieron tanto que al descubrirse desnudos se ocultaron detrás de unos matorrales.

Aquel incidente de la fruta prohibida, de la serpiente y de lo que Adán y Eva utilizaron para cubrirse las vergüenzas, todo junto dio el salto hasta la cultura occidental en forma de un anhelo irresistible de enseñar a todos los habitantes de este planeta cómo deberían vestirse, con el fin de hacer de la piel de serpiente el material más cotizado para la fabricación de bolsos y zapatos, hasta que, de nuevo, la vergüenza apareció y devolvió la dignidad a las serpientes. Por eso ahora compramos bolsos y zapatos de piel de ternera, animales cuya carne nos zampamos.

Fue por cosas como estas que la civilización occidental se volvió particularmente agresiva y orgullosa de ser superior. Pero es una superioridad confusa, pues (según dice Mario Vaquerizo, una autoridad en el asunto) solo hay una regla para estar de moda: evitar todo aquello que está de moda. Y sin embargo, los diseñadores de moda siguen ahí.

Al parecer, estos diseñadores, para satisfacer las ansias del mercado, o la avaricia de los inversores, y para mantener los estándares físicos exigidos, podrían haber inducido a las modelos más frágiles a tragarse bolas de algodón empapadas en aceite de oliva para reducir el apetito y hacerse (según tendencias de cada momento) implantes quirúrgicos para visibilizar protuberancias colgando de un palillo. Que Dios y los maestros del toreo me perdonen por lo que voy a decir, pero los expertos en moda han pretendido crear una imagen de la mujer del modo como los ganaderos han hecho con los toros de lidia.

Sé que ahora debería bajar el tono, porque sé también que mis mejores virtudes deberían ser la humildad y la ironía. De la segunda he dado muestra en exceso, y de la primera solo me queda pedir humildemente disculpas.