¿Nuestros políticos?

Cuando nuestros políticos nos muestran respeto nos sentimos protagonistas porque vemos nuestros intereses y necesidades situados en el centro de la preocupación pública. Sólo mediante el respeto nuestra presencia es reconocida, nuestros puntos de vista valorados y nuestros errores acogidos con indulgencia. Todos necesitamos de la atención ajena porque con frecuencia sentimos dudas sobre nuestra propia valía, aunque a menudo acabemos rehenes de los juicios ajenos porque aquello que los demás piensan de nosotros desempeña un papel determinante en la forma como nos valoramos a nosotros mismos. Sin embargo, a quienes no concedemos relevancia se vuelven invisibles a nuestra mirada, son tratados con brusquedad, su dignidad es pisoteada y su identidad burlada.

Cuando nuestros políticos nos muestran respeto nos sentimos protagonistas porque vemos nuestros intereses y necesidades situados en el centro de la preocupación pública. Sólo mediante el respeto nuestra presencia es reconocida, nuestros puntos de vista valorados y nuestros errores acogidos con indulgencia. Todos necesitamos de la atención ajena porque con frecuencia sentimos dudas sobre nuestra propia valía, aunque a menudo acabemos rehenes de los juicios ajenos porque aquello que los demás piensan de nosotros desempeña un papel determinante en la forma como nos valoramos a nosotros mismos. Sin embargo, a quienes no concedemos relevancia se vuelven invisibles a nuestra mirada, son tratados con brusquedad, su dignidad es pisoteada y su identidad burlada.

Nuestro ego se asemeja a un globo hinchado cuya superficie, lacerada por el tiempo, pierde presión por las fisuras, y para mantenerlo a flote los adultos lo inflamos continuamente mientras restañamos las heridas. ¿Que cómo lo hacemos? Unas veces desde el exterior con el auxilio del respeto ajeno y otras desde el interior con la asistencia del amor propio.

A menudo, el amor propio es el obstáculo que pone trabas tanto al buen juicio como al aprendizaje de los políticos, puesto que en todo aprendizaje que involucre a los adultos, estos deben estar dispuestos a que su amor propio resulte herido. Es por eso que, al contrario que los políticos, los niños consiguen aprender tan fácilmente, porque su amor propio todavía no les ha hecho conscientes de su excesiva importancia. Mientras tanto, a algunos adultos, especialmente si son políticos, el mal genio no deja de meterlos en líos, hasta que aparece su orgullo y les impide que salgan de ellos. Los padres y maestros que lo saben tratan de mantener a los niños a salvo de tanto engreimiento. Pero nunca faltan adultos (y más si son políticos) tan vanidosos y empeñados en saberlo todo que ni comprenden nada ni pueden permitírselo, porque su prestigio depende de no admitir jamás sus errores. Por eso no callan, divagan y no escuchan, y puesto que no tienen nada que decir tratan de impedir a toda costa que personas honradas pongan al descubierto sus debilidades, cuando no sus delitos.

Si tienen tiempo que perder, conecten la radio o la televisión, escuchen hablar a nuestros políticos y juzguen ustedes mismos.