Es conveniente cultivar asiduamente la ciencia de los números porque, según Pitágoras, nuestros crímenes no son más que errores de cálculo. Bienaventurados, pues, aquellos de ustedes que tuvieron en sus años escolares un profesor que antes de enseñarles a resolver cuestiones algebraicas, tales como (a + b)² o (a – b)², les demostró geométricamente su solución, porque en Geometría, decía Voltaire, ni siquiera hay lugar para las sectas.
En el siglo XIX un famoso profesor de matemáticas ruso tenía por costumbre inventar problemas con los que atraer la atención y despertar el interés de sus alumnos. Creía que la imaginación es tan importante como el saber, y que unas veces la intuición y otras la audacia logran frutos que los cálculos más sesudos no siempre pueden alcanzar. Uno de aquellos problemas suyos se ha hecho universalmente famoso, se dice que por su aparente falta de datos, pero sobre todo porque era el problema preferido de otro genio ruso, Leon Tolstói.
He aquí el texto de aquel problema, conocido como La cuadrilla de segadores o El problema de Tolstói: Una cuadrilla de segadores debe segar dos campos, uno de doble superficie que el otro. Por la mañana toda la cuadrilla trabaja en el campo grande. Por la tarde, después de comer, media cuadrilla sigue trabajando en el campo grande, mientras que la otra media lo hace en el campo pequeño. Al terminar la jornada, ambos campos habrán sido segados, excepto una porción del campo pequeño que segará un solo segador volviendo al día siguiente y trabajando toda la jornada. ¿Cuántos segadores había?
Salvador Dalí sentía inclinación por las matemáticas y devoción por la proporción áurea, representada por la letra Φ (fi) en honor del arquitecto griego Fidias. Tal era su fervor por la divina proporción que aceptaba ser entrevistado solo por quienes demostraban conocer su fundamento y propiedades. Con buen criterio, Dalí pensaba que la educación no solo es el hecho de la escuela, sino también de ciertas virtudes que se llevan dentro y que, aunque se desarrollan en la escuela, deben cultivarse en familia. Sin embargo, sorprende que Dalí pensara de este modo, porque él mismo relató en cierta ocasión que introdujo una muestra de su esperma en un sobre y lo remitió a su padre con esta lacónica nota: “Papá, ahora ya no te debo nada”.
Con la que está cayendo habrá quien se pregunte por qué prestar atención a las malditas matemáticas y no entrar de bruces en el lodazal de las finanzas y la política, convertidas, en palabras proféticas de Paul Valéry, en el arte de impedir a la gente inmiscuirse en lo que le compete. Lo cierto es que hay momentos en la historia en que quienes no se atreven a ser inteligentes son quienes ponen mayor empeño en gobernarnos; lo peor es que los votantes no siempre se sienten responsables de los gobiernos que eligen.
Del mismo modo que un estúpido confunde el dedo con la luna a la que señala, confundimos el tiempo con el reloj que lo mide, porque intuimos que su tictac es un ratón que roe nuestra voluntad perezosa e indolente, para recordarnos que el tiempo nos devora porque jamás se detiene. Al fin y al cabo, dice un proverbio ruso, nuestro cerebro es como una rueda de molino; si no le echas trigo para que lo muela, acaba moliéndose a sí mismo. Así que quizá tenía razón Pitágoras al aconsejarnos cultivar las matemáticas, ya que no solo nuestros traspiés, sino nuestros peores crímenes, son errores de cálculo.
Quien crea que las matemáticas solo sirven para aprender a valerse de los números, o se equivoca o tendrá que aceptar lo que sospecha nuestro poeta aragonés José Luis Alegre Cudós, que los libros solo sirven para aprender a leer.
NOTA: La ingeniosa solución a La cuadrilla de segadores se puede consultar visitando la sección Desafía a tu mente.