Opinión

La leyenda negra española

Se cuenta que hace muchos, muchos años, a un muchacho, un noble de alta cuna le preguntó: "¿En cuántas partes se divide el cuerpo humano?". Bien instruido por su maestro en la escuela, el chaval contestó al caballero que: "Dos son las partes, una el alma que está al servicio de Dios y otra el cuerpo, a la merced del rey nuestro señor".

Se cuenta que hace muchos, muchos años, a un muchacho, un noble de alta cuna le preguntó: “¿En cuántas partes se divide el cuerpo humano?”. Bien instruido por su maestro en la escuela, el chaval contestó al caballero que: “Dos son las partes, una el alma que está al servicio de Dios y otra el cuerpo, a la merced del rey nuestro señor”.

Cuenta ese cuento que aquel rey era Felipe II. Hoy, por aquel Augsburgo muchos españoles sienten cierto desdén, cuando no franco menosprecio. ¿Adivinan por qué? No puede ser por la Inquisición, porque en Alemania, por ejemplo, quemaron en la hoguera a muchísimas más brujas que las que ardieron en “esta España nuestra”. De hecho, en España, los inquisidores se ocuparon muchísimo menos de las brujas que de los herejes, y aún así, entre brujas y herejes abrasados, suman mucho menos en España que lo fueron en la hoy tan admirada Alemania. Quien piense que estoy diciendo que quemar herejes en tiempos de Felipe II estaba fetén, lo creerá bajo su sola responsabilidad. Sería eso tan injusto como decir que los oscenses se alegran de que los romanos asaran en la parrilla a san Lorenzo para tener cada agosto una razón que festejar.

Me parece que estoy divagando, porque la pregunta inicial sigue todavía en pie: ¿Por qué tanto menosprecio por el rey Felipe II? Por mi experiencia y por el poco interés que sentimos por nuestra verdadera historia, diré con sonrojo que el gran problema de Felipe II es éste: Felipe II no era un demócrata. ¿Qué les parece? Todos los monarcas de la época eran demócratas convencidos menos Felipe II. Ricemos más el rizo: los españoles de a pie del siglo XVII, en su gran mayoría, eran demócratas, ya fueran catalanes, gallegos, vascos, aragoneses…, todos eran demócratas, qué digo eran, éramos demócratas.

Si la leyenda negra existe en España es por nuestro muy rancio complejo de inferioridad, algo que los alemanes no tienen, y si en algún momento los germanos sienten tal complejo, airean sin sonrojo la leyenda negra española, entonces sonríen y se calman. Arturo Pérez Reverte ha tratado, en sus novelas y artículos de prensa, de sacar a la luz a algunos de nuestros héroes, incluso entre la miseria y la podredumbre que es cuando más destellan. En fin, si queremos sacar la vista de tanto barro, ¿no deberíamos mirar hacia arriba para encontrar la luz entre tanta tiniebla?