La capacidad de almacenamiento de los dispositivos digitales aumenta de forma vertiginosa, quizá tanto como las mentiras que circulan por la red, y transitan a tal velocidad que impide que las verdades más evidentes sean aceptadas como tales. Y sin embargo poco importa, pues lo que más lamentamos no es haber cometido errores, sino que hayamos alcanzado una edad que nos impida cometerlos de nuevo.
He aquí un ejemplo banal citado ya por Jeremy Bentham a principios del siglo XIX: “A veces la mudanza del nombre de los objetos basta para mudar los sentimientos de los hombres. Los romanos aborrecían el nombre de rey, y toleraron los de dictador y emperador.”
Me dijo un buen amigo que “falta muy poco para que vivamos sin ninguna esperanza”. Le pedí una explicación a tan severa sentencia y esta fue su respuesta: “Cada día nos conformamos con respuestas más simples, tanto que pronto pocas cosas suscitarán tantas esperanzas y emociones como las primeras horas de un nuevo régimen dietético.”
Estamos dejando que la memoria -nuestra memoria- sea gestionada por los dispositivos de almacenamiento digital, olvidando que la inteligencia es nuestro gran gestor de la memoria, y que ésta depende en buena parte de la imaginación. El recuerdo tal vez sea la memoria que funciona hacia atrás, pero la imaginación es la memoria que funciona hacia adelante.
Mientras tanto, la capacidad de almacenamiento de los dispositivos digitales sigue aumentando, de modo que el año próximo ya será el doble que la de éste. Muchas personas se lamentan de su poca memoria, pero son menos las que se quejan de su inteligencia.
La justicia, cuando se ve desbordada hace que la ley se precipite por un abismo. ¿Y qué pasa con la educación? La mejor respuesta la dio, como de costumbre, Concepción Arenal: “La sociedad paga muy caro el abandono en que deja a sus hijos, como todos los padres que no educan a los suyos.”