Opinión

Un idioma sin imperio

Escribió Carlos I de España y Emperador austro-húngaro, que "un hombre es tantas veces hombre cuanto es el número de lenguas que ha aprendido". Sin duda aprendió esa lección por experiencia, pues llegó a España sin conocer nuestro idioma y rodeado de consejeros extranjeros. Pero también lo aprendió de la experiencia de sus abuelos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón.

Escribió Carlos I de España y Emperador austro-húngaro, que “un hombre es tantas veces hombre cuanto es el número de lenguas que ha aprendido”. Sin duda aprendió esa lección por experiencia, pues llegó a España sin conocer nuestro idioma y rodeado de consejeros extranjeros. Pero también lo aprendió de la experiencia de sus abuelos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. En efecto, el año 1492, en Salamanca, le fue presentada a la reina Isabel el primer ejemplar impreso de la Gramática de la lengua castellana, compuesta por Antonio de Nebrija. Los reyes estaban perplejos. Cinco años antes, en 1487, Isabel recibió otra gramática, también de Nebrija, pero esta vez de la lengua latina. ¿Pero para qué podía servir una gramática de la lengua que hablaban cotidianamente y que conocía tan bien? Otra cosa muy distinta era el estudio formal del latín de Julio César, de Tito Livio o de Cicerón, y muy especialmente porque era la lengua de la Iglesia y de los hombres de leyes del siglo XV.

La de Nebrija fue la primera gramática publicada de un idioma europeo, a excepción del latín. La reina miró a Nebrija esperando una respuesta a sus inquietudes y, ante la sorpresa y tal vez el desconcierto del autor, el confesor de la reina, fray Hernando de Talavera, obispo de Ávila, se adelantó y dijo: “Después que Vuestra Alteza pusiese bajo su yugo pueblos bárbaros y naciones de peregrinas lenguas, vencidos esos pueblos tendrán necesidad de recibir las leyes que el vencedor pone al vencido y con ellas nuestra lengua.” Eso sí que lo entendió Isabel sin necesidad de repetirlo.

Ese año 1492, los reyes de Castilla y Aragón tenían puestos los ojos en Granada y vieron en la Gramática de Nebrija, tras la conquista del último territorio musulmán, el medio más eficaz de imponer no solo una lengua, sino una cultura.

Sorprende que Nebrija se sintiera turbado ante la pregunta de la reina, porque era más audaz que tímido y porque en la introducción a su Gramática había escrito: “Una cosa hallo y saco por conclusión muy cierta, que siempre la lengua fue compañera del Imperio, y de tal manera lo siguió, que juntamente comenzaron, crecieron y florecieron”.

Del imperio español solo nos queda la lengua castellana o española, según la modificación terminológica introducida en la Constitución por Camilo José Cela. Hoy no deberíamos necesitar un nuevo imperio para sentirnos orgullosos de la lengua que hablamos, y muestra de ello son las palabras dedicadas al uso o mal uso de la lengua que, según Guillermo Cabrera Infante hacemos, hasta el punto de aseverar que el español de España ya no es más que un dialecto de un idioma vivo que evoluciona y vive y crece. Ese idioma es el español de Hispanoamérica.