Fibra estriada contra materia gris

Imaginemos a una joven promesa que, para acceder a un centro de alto rendimiento donde desarrollar sus sorprendentes habilidades físicas y convertirse en un deportista de élite, se le exigiera aprobar el bachillerato con una media de notable y que, para participar en encuentros de alta competición, tuviera que presentar una acreditación académica.

Imaginemos a una joven promesa que, para acceder a un centro de alto rendimiento donde desarrollar sus sorprendentes habilidades físicas y convertirse en un deportista de élite, se le exigiera aprobar el bachillerato con una media de notable y que, para participar en encuentros de alta competición, tuviera que presentar una acreditación académica.

A la mayoría de nosotros, tal exigencia nos parece excesiva porque, en algún sentido, asumimos que los buenos deportistas piensan tanto, y a veces más, con los músculos que con la cabeza. Del mismo modo, hay genios en matemáticas que no destacan en geografía y magníficos estudiantes de antropología con serias limitaciones en química. Si alguno de estos estudiantes no superan todas las asignaturas (y a menudo con nota), es probable que tengan serias dificultades para acceder a una carrera vinculada a esa materia en la que destacan con brío.

Algunas de las grandes organizaciones deportivas conocen muy bien el terreno que pisan. Disponen de ojeadores, y a los jóvenes que sobresalen los atraen a sus clubes y les brindan las mejores instalaciones, los ponen bajo la tutela de excelentes preparadores, les inculcan disciplina de trabajo y los ayudan a alcanzar un nivel adecuado en los estudios.

Sin embargo, para aquellos estudiantes altamente cualificados en materias específicas, nuestro sistema educativo puede convertirse en un obstáculo, y mientras que a un joven de cualidades físicas excepcionales se le entrena para hacer de él un deportista de élite, a un joven de cualidades intelectuales superiores se le abandona a su suerte o tal vez se diga de él que con esa cabecita que tiene conseguirá abrirse camino en la vida. La fibra estriada suele ganar por goleada a la sustancia gris.

En el más puro estilo deportivo se oye hablar de que los alumnos deberían competir como adultos, mientras olvidamos que el maestro de hoy es el discípulo de ayer y que es la disciplina de trabajo la parte crucial del éxito, siempre que a la disciplina no se la tome como una finalidad en sí misma. William Faulkner aseguraba que, para ser grande, hace falta un 99 % de talento, un 99 % de disciplina y un 9 % de trabajo.

Immanuel Kant describía los lamentos de una paloma lanzada en pleno vuelo, dolida del aire y sus punzantes fricciones, cuya creciente resistencia le impedía alcanzar aun más altas velocidades, sin percatarse el ave de que el aire, si bien impone límites al vuelo, es condición necesaria para el mismo. Los límites, concluía el filósofo alemán, son necesarios. He ahí la función de la disciplina, establecer límites, sin cuyo concurso la cultura y la ciudadanía no son posibles.

En Aragón, a pesar de la necesaria confrontación política (a menudo restringida al más burdo enconamiento electoral), seguimos perdiendo tiempo y derrochando cantidades ingentes de materia gris, la sustancia social no reemplazable más preciada que existe y que, como el músculo y el coraje a nuestros mejores deportistas, se le supone a nuestras autoridades políticas y educativas. Pocas cosas, decía Concepción Arenal, desmoralizan más que la injusticia cometida en nombre de la autoridad y de la ley.