Opinión

El experimento

La mayoría de nosotros, que no tenemos visa oro y que al llevarnos la mano al corazón nos confortamos imaginando que palpita a través de la billetera, solemos pensar que para modificar nuestra conducta solo es necesario un cambio de actitud. Sin embargo, algunos estudios realizados sobre la mentira, la religión y las minorías étnicas han demostrado que a menudo hablamos de un modo y nos comportamos de otro. ¿Hipocresía? Sin duda. Jaime Balmes aseguró que "el hombre emplea la hipocresía para engañarse a sí mismo, acaso más que para engañar a los otros".

La mayoría de nosotros, que no tenemos visa oro y que al llevarnos la mano al corazón nos confortamos imaginando que palpita a través de la billetera, solemos pensar que para modificar nuestra conducta solo es necesario un cambio de actitud. Sin embargo, algunos estudios realizados sobre la mentira, la religión y las minorías étnicas han demostrado que a menudo hablamos de un modo y nos comportamos de otro. ¿Hipocresía? Sin duda. Jaime Balmes aseguró que “el hombre emplea la hipocresía para engañarse a sí mismo, acaso más que para engañar a los otros”.

Las condiciones externas influyen sobre nuestro comportamiento más de lo pensamos. Un grupo de investigadores “olvidaba” en una cabina telefónica unas cuantas monedas. Cada vez que un usuario salía de la cabina con ellas en el bolsillo, una joven lo abordaba preguntándole si las había encontrado. Si esta joven actuaba como persona fría y distante o bien como una persona cordial y afable, el número de veces que los usuarios de la cabina telefónica devolvían el dinero era significativamente mayor en el segundo caso. Sin duda, las condiciones externas influyen al menos tanto como las disposiciones internas.

Es conocido el experimento que llevó a cabo Philip Zimbardo (hace ahora cuarenta años) en la Universidad de Stanford, California. Un grupo de estudiantes universitarios se presentaron voluntarios para ingresar en una falsa prisión diseñada por este psicólogo social. Si el lector se pregunta por qué los sujetos de experimentación eran estudiantes, la respuesta es fácil. Los universitarios faltos de recursos son la presa más codiciada por los investigadores sociales. Zimbardo no seleccionó a los jóvenes por su acomodación a los roles que iban a representar (sumisos o autoritarios), sino que de forma aleatoria asignó el papel de guardias a algunos de los estudiantes y les proporcionó uniformes, porras y silbatos y los instruyó para que impusieran cierta disciplina. El resto de los universitarios formaron el pelotón de los prisioneros, fueron encerrados en celdas y obligados a llevar ropas degradantes.

Todos los jóvenes seleccionados formaron parte del simulacro, no hubo espectadores, excepto Zimbardo y sus colaboradores que observaban la conducta de los sujetos a través de un circuito cerrado de televisión. Pero inesperadamente todo cambió al segundo día y dejó de ser la inocente representación de los primeros momentos, en que presos y guardias adoptaron conscientemente su papel, adaptándose de forma progresiva a lo que suponían que se esperaba de ellos. Al fin y al cabo cobraban por la representación, y si ese iba a ser su trabajo, ¿por qué no hacerlo concienzudamente?

Estaba previsto que el experimento de Stanford durara dos semanas de aislamiento, pero en solo dos días la mayoría de los guardias ya mostraban actitudes vejatorias y violentas y programaban actividades crueles y degradantes cuyo fin era someter y humillar a los prisioneros. Fue entonces cuando los presos, uno tras otro, comenzaron a desmoronarse. Alguno trató de rebelarse, pero la mayoría cayó en la indolencia y se resignaron a su suerte.

Philip Zimbardo se vio forzado a intervenir y al sexto día puso fin a aquella locura. Quien desee contemplar una ficción sobre este desolador simulacro, debería ver El experimento (2001), una película alemana de Oliver Hirschbiegel.

El poder de la situación sobre nuestras actitudes, creencias, decisiones y acciones es enorme. Si unas cuantas personas se detienen en la calle y miran todas en la misma dirección, muchos transeúntes se detendrán para hacer lo mismo. Si el Real Zaragoza marcara un gol contra el Real Madrid o el Barcelona, ¿cree que lo celebraría de igual modo si fuera usted el único espectador en el campo? El grupo influye en nuestra conducta. Se trata de un fenómeno conocido como conformidad y definido como la manera en que ajustamos nuestro comportamiento y nuestra forma de pensar a las normas del grupo. Los terroristas suicidas, los secuestradores de aviones y los avistadores de ovnis también forman parte de grupos. Afortunadamente, no todo es negativo. Gracias a la influencia social surgen instituciones tan ejemplares como Aldeas infantiles o la Hermandad del Refugio.

Carl Van Doren, premio Pulitzer, en "Por qué no soy creyente" advirtió del peligro de la conformidad y escribió: “La raza de los hombres, aunque se parezca a las ovejas en credulidad, se parece a los lobos en conformidad”. Sin embargo, Amitai Etzioni, fundador del comunitarismo moderno, señaló que “las presiones sociales que la comunidad nos lleva a soportar son el pilar de nuestros valores morales”. Si ambos observaran la misma institución, Carl Van Doren alertaría sobre el fenómeno de la Inquisición, mientras que Amitay Etzioni alabaría la ejemplar labor social de Cáritas.

Hay al menos una lección que podemos extraer del experimento de Stanford. Cuando adoptamos un rol nuevo e iniciamos una convivencia en pareja o, con suerte, encontramos de nuevo trabajo, las prescripciones sociales actúan como una brújula. Al principio somos conscientes de que tratamos de representar un papel. Las primeras semanas de convivencia pueden parecer artificiales, como si intentáramos acomodarnos a lo que se espera de nosotros. Se diría que, como en Stanford, estamos jugando, no a guardias y presos, sino a maridos y mujeres. Al emprender un trabajo en una nueva empresa parece que nos adentramos en un país extraño, pero con suerte nuestro comportamiento dejará de ser artificial y forzado. Lo que empezó como un simulacro acabará dibujándose como parte de nuestra identidad.

Al nacer no somos muy diferentes de nuestros ancestros de hace diez mil años. Incumbe a la educación hacernos seres humanos civilizados mediante la transmisión de lo que se considera mejor y más útil de cuanto la humanidad ha realizado: saberes, habilidades, reglas, valores e ideales. Puesto que no existe transmisión hereditaria de los caracteres adquiridos, la urgencia de una buena educación es clamorosa, cuya función no es, como a veces se piensa, inventar el futuro sino, sobre todo, transmitir el pasado, no para renunciar a la transformación del mundo, sino para permitir a los niños que puedan llevarla acabo cuando sean hombres.