Sobre el cielo y el infierno
Los programas de televisión dedicados a la salud, a menudo clasifican los alimentos por su valor terapéutico, deslizando la idea de que los ignorantes se limitan a comer para saciar su apetito, mientras que los verdaderamente inteligentes nos deleitamos con la elaboración y presentación de un nuevo plato. Tanto es el placer que se diría que la presentación de tal o cual vianda ha hecho más por la felicidad (en este mundo de nuestros dolores) que un descubrimiento científico, tanto que recordamos con más facilidad el nombre de un famoso cocinero que el de algún sufrido investigador que haya contribuido a mejorar nuestro bienestar.
Hay quien usa la comida para curarse, purificarse y purgarse de cuantas impurezas, reales e imaginarias, ingiere, mientras olvida el sabio consejo de Cervantes: "Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago". Hoy, que tenemos el dudoso honor de ser consumidores antes que ciudadanos, el mayor problema ya no es producir, sino vender cuanto se produce; por eso, buena parte de lo que comemos está asociado al esparcimiento, cuando no al mero aburrimiento.
Dijo Concepción Arenal que "el aburrimiento es la suprema expresión de la indiferencia", a lo que George Bernard Shaw, contemporáneo suyo, de haber oído a doña Concepción, habría remachado que, en efecto, "el peor pecado contra el prójimo no consiste en odiarle, sino en mirarle con indiferencia, pues esa es la esencia de la humanidad".
Me viene a la memoria un cuento oriental que describía la diferencia entre las delicias del cielo y las calamidades del infierno. En el infierno, todos cuantos purgaban sus pecados estaban sentados a una mesa repleta de néctar y ambrosía, sujetas sus manos al extremo de una cuchara más larga que su propio brazo; tan largas eran las cucharas que, si bien alcanzaban el alimento, era tal su longitud que hacía imposible llevárselo a la boca.
¿Y el cielo? ¿Cómo describía el autor de aquel cuento el cielo? Exactamente del mismo modo, con la misma mesa, las mismas viandas, las mismas largas cucharas asidas con firmeza a las manos de los bienaventurados…
¿Entonces, qué diferencia hay entre el cielo y el infierno? He aquí la respuesta: mientras que cada condenado al infierno no podía llevarse la comida a la boca, todos los bienaventurados se deleitaban alimentándose los unos a los otros.