Un simpático estudioso del siglo XIX realizó, en el primer cuarto de siglo, un detallado estudio sobre la meteórica expansión de los animales de tiro como medio de transporte para el desarrollo comercial e industrial de Londres. Su conclusión no era muy halagüeña. Vaticinó que antes de finalizar el siglo XIX la capital de Inglaterra desaparecería sepultada bajo una gruesa capa de boñigas de equino. Esta profecía tenía tanto de cómica como de inquietante. Cómica porque unas décadas después hizo su aparición el motor de explosión y disipó todas las dudas, e inquietante porque sabemos que nuestra fe en el progreso nos ha llevado a vivir por encima de nuestras posibilidades.
Es cierto que aquel memorando, hoy olvidado, tuvo cierta repercusión en algunos círculos sociales, pero también lo es que elevó unos peldaños más las inquietudes sobre nuestra inquebrantable fe en el progreso.
En los últimos años se observa una tensa desconfianza en la población cada vez que un corte en el suministro eléctrico afecta a extensas zonas del país o amplias barriadas de nuestras ciudades. Sin embargo, lo más inquietante, tras el desastre nuclear de Japón, es la sospecha de que nuestras autoridades sanitarias elevarán el nivel de tolerancia a la radiación nuclear, incluyendo en esa lista a nuestros propios hijos. A pesar de ello, nuestra fe en el progreso nos ha convencido de que nada serio puede amenazar nuestro sistema de vida. Hemos llegado a considerar nuestro nivel de consumo de bienes y energía como algo natural y nos negamos a aceptar que son insostenibles.
En verdad no faltan razones para depositar nuestra fe en el progreso. Hace dos siglos y medio la industrialización se enseñoreó del mundo y todavía hoy sigue presumiendo de sus más grandes logros: mayor longevidad y un alto nivel de vida. Y si se presentan problemas, la ciencia y la tecnología hallarán una solución, tal y como las nucleares japonesas multiplicaron la capacidad de producción de energía eléctrica. Acabamos de celebrar elecciones municipales y autonómicas en Aragón y a nadie sorprende que el optimismo de nuestros líderes políticos abrace la fe en la falta de límites a nuestra insaciable ambición. Las potencias políticas y económicas de Occidente dependen para subsistir de la energía procedente de regiones remotas, y todos somos arrastrados por la ambición de nuestras naciones y por la fe de los electores a asegurar el control de aquellas lejanas fuentes de energía mediante la intervención militar.
Karl Marx compartía con los más ilustres positivistas de su época una fe inquebrantable en el industrialismo, capaz de liberar a la humanidad no solo de las penurias económicas sino también de las guerras debidas a la escasez “tan propias de épocas pasadas”. La industrialización, pensaban aquellos ilustres sabios, pondría fin a la competencia salvaje por la obtención de recursos, una competencia que ha dominado gran parte de nuestra historia. Ésta es la base doctrinal del nuevo mercado libre global, que afecta a los mercados pero no a las políticas de defensa. Mientras muchos sesudos economistas nos hablan de los efectos sedantes y pacificadores del mercado libre global, los militares y sus estrategias viven para concebir un solo propósito, el control del acceso a las lejanas fuentes de energía. La primera guerra del Golfo se libró para asegurar el suministro de energía a los países de Occidente porque buena parte de sus nacionales quieren combustible en los surtidores, aunque prefieren no saber a qué precio.
Ningún crecimiento potencial es eterno y puede que nosotros estemos a punto de alcanzar el nuestro. El calentamiento de la atmósfera terrestre es un subproducto de nuestra avanzada industrialización, y el derroche de bienes y energía de un puñado de países ricos ni es sostenible ni exportable. Hay un límite a tanta expansión que la propia tierra impone.
Los fanáticos de la única religión actual, el progreso, aseguran que la inteligencia humana ofrecerá al mundo un futuro de esplendor y progreso desconocidos en épocas pasadas. Pero olvidan que otras civilizaciones antes que la nuestra desaparecieron, convencidos sus líderes políticos de que la expansión es imparable y que ninguna crisis bélica o ecológica lo impedirá. Si no hemos podido resolver por medios pacíficos la crisis libia, ¿alguien nos cree capaces de acabar con el hambre en el mundo? Tal vez, pero si no ahora, cuándo.