Las flores, la emoción y la niebla protagonizan el día de Todos los Santos en Zaragoza
Recordar a nuestros seres queridos siempre lleva consigo cierta ilusión. Sobre todo al revivir en nuestra memoria aquellos momentos en los que fuimos felices y en los que, afortunadamente, ninguna silla quedaba vacía en la mesa. Sin embargo, aunque en fechas como el 1 de noviembre, día de Todos los Santos, la emoción pueda manifestarse en forma de tristeza, son muchos los que intentan que esta festividad sea un día de reencuentro y tradición.
"No sé por quién, pero pon una flor aquí. La yaya siempre lo hacía", explicaba a una mujer su nieta a pocos metros del Monumento Conmemorativo de la Fosa Común del Cementerio de Zaragoza. Obediente, la pequeña colocaba un clavel blanco entrelazándolo con los ramos de otras familias que ya habían hecho lo propio en días previos. Junto a ellas, una viuda con los ojos todavía empapados en lágrimas recordaba a su difunto marido. "Vine para el Pilar, pero quería volver. Le echo mucho de menos", reconocía.
La estampa en los 519.015 metros cuadrados de los que consta el camposanto zaragozano no era muy diferente en otras calles próximas a primera hora de este viernes. Marisa, junto a su hija, hacía lo que es ya para ella un esfuerzo anual: "Me cuesta mucho andar, pero quiero subir a poner las flores. La escalera es la peor parte. Me ayuda mi hija porque nosotras las colocamos como nos gustan", explicaba.
Unas calles más abajo, una familia contaba a sus dos hijos menores la importancia de recordar "a los nuestros". Bayeta en mano limpiaban el nicho de su abuelo, mientras el pequeño de ellos guardaba una pelota bajo el brazo. Y es que, al ser día no lectivo, al salir irían precisamente al parque. Algo que, como se suele decir, es seguro lo que él habría querido.
Las lágrimas, por supuesto, también han estado presentes. A decir verdad en cada rincón del Cementerio de Torrero y sin importad la edad. Ahora bien, entre tanta emoción, a veces era difícil diferenciar el motivo. Pues mientras unos se ponían la mano en el pecho y rezaban velando a sus difuntos, a otros se les escapaban tímidas carcajadas al recordar lo cabezones que eran, como buenos mañicos, el abuelo, la tía, el primo y otros tantos seres queridos que, lamentablemente, ya no nos acompañan en el día a día.