A orillas del río Gállego: el pueblo de Zaragoza que es perfecto para practicar deportes de aventura

A orillas de un río de aguas bravas, este pueblo de Zaragoza es el paraíso del rafting, la escalada y las vistas que quitan el aliento.
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photo_camera Esta localidad es un campo base para los que buscan emoción, historia y paisaje. Fotos: Turismo de Aragón

Entre riscos rojizos y aguas impetuosas, hay un rincón en Aragón donde el silencio del monte convive con la adrenalina del agua. Murillo de Gállego no solo es un pueblo pintoresco: es un campo base para los que buscan emoción, historia y paisaje sin moverse del mapa aragonés.

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El Gállego, de aguas frías y veloces, es el gran protagonista

Situado entre Zaragoza y Huesca, este enclave ha sabido reinventarse sin renunciar a sus raíces. Su pasado medieval convive con un presente lleno de movimiento: el que marcan las palas del kayak, las cuerdas de los escaladores y las botas de quienes suben sus senderos.

Aquí, entre los Mallos y el Gállego, cada temporada tiene su propio latido.

  1. MURILLO DE GÁLLEGO, EL PUEBLO DE ZARAGOZA IDEAL PARA PRACTICAR DEPORTES DE AVENTURA
  2. QUÉ VER Y HACER EN MURILLO DE GÁLLEGO
  3. CÓMO LLEGAR A MURILLO DE GÁLLEGO

MURILLO DE GÁLLEGO, EL PUEBLO DE ZARAGOZA IDEAL PARA PRACTICAR DEPORTES DE AVENTURA

Murillo no es uno más entre los pueblos del Prepirineo. Fundado en el siglo X como fortaleza del Reino de Aragón, su nombre —“murillo”, diminutivo de muro— recuerda su papel defensivo. Hoy, sin embargo, las batallas son otras: las que libran los aventureros contra las corrientes del río o el vértigo de la roca.

El Gállego, de aguas frías y veloces, es el gran protagonista. Sus rápidos son el escenario perfecto para deportes como el rafting, el kayak o el hidrospeed, disciplinas que aquí encuentran un paraíso natural sin maquillar. Empresas locales se encargan de organizar descensos adaptados a todos los públicos, con guías experimentados y equipos a la altura. No es casualidad que más de 80.000 personas al año elijan Murillo para lanzarse al agua.

Y cuando el río calla, hablan las montañas. Los Mallos de Riglos, paredes verticales, son un imán para escaladores y amantes del salto base. También hay rutas de vía ferrata que permiten a los no iniciados vivir la roca desde dentro, siempre con seguridad y vistas de vértigo.

QUÉ VER Y HACER EN MURILLO DE GÁLLEGO

Murillo es pequeño, sí, pero lo suyo no es el tamaño. Es el carácter. Y eso se nota también en su patrimonio. Dos iglesias lo reflejan: la de San Salvador, una joya románica promovida por la reina Berta en el siglo XI, y la de la Virgen de la Liena, junto a un camposanto excavado en piedra que habla de siglos y silencios.

La iglesia de San Salvador, declarada Bien de Interés Cultural, guarda en su cripta una imagen del Santo Cristo que ha desconcertado a historiadores por sus formas inusuales. Es uno de esos lugares que se quedan más allá de la visita: se quedan en la memoria.

Para los amantes del paisaje, el Mirador del Reino de los Mallos es parada obligatoria. Desde allí, Murillo aparece rodeado de rocas, pinos y cielo limpio. Cada foto es un cuadro, cada mirada una postal. Y si hay ganas de seguir explorando, a menos de 20 minutos se alza el Castillo de Loarre, una fortaleza románica intacta que explica por sí sola por qué esta tierra fue clave en la historia del norte peninsular.

¿Algo más inesperado? El pequeño pero curioso Museo de la Electricidad, que guarda el legado de la antigua central hidroeléctrica local con piezas originales y un repaso a cómo la energía transformó el paisaje.

CÓMO LLEGAR A MURILLO DE GÁLLEGO

Murillo de Gállego está mejor conectado de lo que parece. Desde Zaragoza, basta con tomar la A-23 hasta Huesca y desviarse por la A-132. En poco más de una hora, se pasa del tráfico urbano al sonido del agua y los pájaros. Desde Huesca, el viaje apenas supera los 45 minutos.

Los últimos kilómetros serpentean entre colinas y cortados. Cada curva ofrece una nueva vista de los Mallos, que imponen desde lejos y fascinan de cerca. Una vez allí, lo mejor es aparcar y caminar. El pueblo invita a perderse por sus callejuelas, subir a sus miradores y sentarse a observar cómo la piedra y el agua dialogan sin prisa.

Porque sí, hay pueblos que parecen detenidos en el tiempo. Pero Murillo de Gállego prefiere moverse. Y hacerte mover.


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