La última panadería de un pueblo de Teruel resiste tras 80 años de historia: "Seguramente desaparecerá cuando nos jubilemos"

A pesar de la larga tradición del negocio, el futuro de la panadería Royo es incierto

Ser panadero es uno de los oficios más sacrificados. Mientras la mayoría de la gente duerme, muchos profesionales ya están amasando, dejando fermentar la masa y encendiendo el horno para que las barras de pan estén listas a primera hora de la mañana. Es un trabajo silencioso que comienza de madrugada y que mantiene viva un trabajo esencial en muchos pueblos de Aragón. 

María Pilar Planas y Manuel Royo conocen bien ese sacrificio. Desde hace más de tres décadas se levantan cada día a las cuatro de la mañana para preparar pan y repostería en su negocio familiar de Villafranca del Campo (Teruel). Allí elaboran diariamente productos artesanos para abastecer a los vecinos de este pequeño municipio de la comarca del Jiloca, que cuenta con apenas 290 habitantes censados.

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La panadería Royo es actualmente la única panadería que queda en pie en este municipio turolense. Foto: J. Miranda

La panadería Royo, fundada hace 80 años por el padre de Manuel, es actualmente la única panadería que queda en pie en este municipio turolense. Durante décadas fue uno de los negocios esenciales del pueblo y llegó a convivir con otro horno en la localidad, pero con el paso de los años y la falta de relevo generacional muchos establecimientos similares han ido desapareciendo.

Es un trabajo muy sacrificado, pero siempre lo hemos hecho para que en el pueblo no falte algo tan básico como el pan

“Nos levantamos a las cuatro de la mañana todos los días para empezar a preparar el pan y las pastas. Es un trabajo muy sacrificado, pero siempre lo hemos hecho para que en el pueblo no falte algo tan básico como el pan”, explica María Pilar, orgullosa de su historia. 

  1. UNA PANADERÍA FAMILIAR QUE LLEVA MÁS DE OCHO DÉCADAS ALIMENTANDO A TODO UN PUEBLO
  2. EL FUTURO DEL PAN EN LOS PUEBLOS: UN OFICIO DURO Y SIN RELEVO GENERACIONAL

UNA PANADERÍA FAMILIAR QUE LLEVA MÁS DE OCHO DÉCADAS ALIMENTANDO A TODO UN PUEBLO

Los inicios de Panadería Royo se remontan a 1940, cuando el padre de Manuel abrió el horno en Villafranca del Campo. Con el paso de los años el negocio se convirtió en uno de los puntos de referencia del pueblo, donde varias generaciones han comprado el pan de cada día y los dulces tradicionales de la zona.

Cuando Manuel heredó el negocio familiar, su mujer, María Pilar, natural de Monreal del Campo, comenzó a trabajar junto a él. “Cuando nos casamos ya nos quedamos con la panadería y desde entonces la hemos llevado entre los dos”, cuenta. Desde entonces, cada madrugada comienza con la misma rutina: encender el horno, preparar las masas y dejar listo el pan para los vecinos.

En el obrador elaboran pan tradicional, cañadas de aceite, tortas de manteca con pasas, escaldadas o tortas finas, además de diferentes dulces caseros. Todo se hornea en su propio horno y siguiendo recetas artesanas. “Trabajamos con harina de calidad y productos naturales. Nos gusta que todo tenga ese sabor de antes, el de las panaderías de toda la vida”, explica María Pilar.

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En el obrador elaboran pan tradicional, cañadas de aceite, tortas de manteca con pasas...

El pequeño establecimiento también se ha convertido en una parada habitual para visitantes que pasan por la zona, especialmente en verano. “En los meses de verano viene mucha gente de pueblos cercanos o de fuera y muchos paran aquí expresamente a comprar pan o pastas”, señala la panadera, recordando visitas habituales desde localidades como Peracense o Villar del Cobo.

EL FUTURO DEL PAN EN LOS PUEBLOS: UN OFICIO DURO Y SIN RELEVO GENERACIONAL

A pesar de la larga tradición del negocio, el futuro de la panadería Royo es incierto. María Pilar reconoce que el mayor problema es el mismo que afecta a muchos negocios rurales: la falta de relevo generacional.

“Somos la única panadería que queda en el pueblo y cuando nos jubilemos seguramente desaparecerá”, lamenta. En Villafranca del Campo llegó a haber dos hornos, pero el otro cerró hace años por el mismo motivo.

La pareja tiene tres hijos, pero ninguno quiere continuar con el negocio familiar. Y María Pilar lo entiende perfectamente. “Es un trabajo muy esclavo. Nosotros nunca hemos podido irnos de vacaciones. Solo viajamos cuando nos casamos, en la luna de miel. El resto del tiempo siempre hemos estado aquí porque no podemos dejar al pueblo sin pan”, explica.

Durante muchos años, además de atender la panadería, Manuel también repartía pan y repostería por cinco municipios de los alrededores, aunque ya no realizan ese servicio. El esfuerzo diario y la falta de personal hacen cada vez más difícil mantener esa actividad.

A sus 57 años, María Pilar reconoce que todavía le quedan algunos años para la jubilación, pero ya empieza a pensar en el descanso. “Tengo ganas de jubilarme cuando llegue el momento, pero también sé que será una pena, porque cuando cerremos el horno seguramente el pueblo se quedará sin panadería”, concluye.


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