El policía local de Ejea de los Caballeros que salvó al hombre en el accidente del barrio Jesús: “Le hice dos torniquetes en apenas un minuto”
A las 9.07 horas del pasado sábado, mientras buena parte del barrio Jesús de Zaragoza apenas había terminado de desperezarse, un estruendo seco rompió la habitual calma de esta zona residencial de la margen izquierda del Ebro. El origen de ese fuerte ruido se originó en la confluencia de las calles Aguarón y Molino de Armas. Dentro de una vivienda cercana y con las ventanas abiertas, el agente de la Policía Local de Ejea de los Caballeros Gonzalo Miranda pensó en un primer momento que algo se había caído dentro de casa. Segundos después, su pareja se asomó y le gritó que bajara corriendo. Se había producido un accidente y un hombre gritaba de dolor.
Miranda estaba fuera de servicio. Se visitó con lo primero que encontró, cogió una chaqueta y bajó a la calle. Lo primero que vio fue una furgoneta girada por la violencia del choque, un coche blanco detenido en mitad del cruce y, dentro, a una mujer inmóvil, con las manos en el volante y en aparente estado de shock. Al rodear el turismo se encontró con la escena real del siniestro. Un hombre y una mujer atendían en el suelo a un herido tapado con una manta, boca arriba, rodeado de un gran charco de sangre.
Fue entonces cuando comprendió la gravedad de los hechos. El hombre, de 35 años, tenía la pierna izquierda prácticamente seccionada por encima de la rodilla. “Le colgaba de un pequeño trozo de piel”, relata ahora Gonzalo en declaraciones a ARAGÓN DIGITAL.
También le apreció una posible fractura grave en la cadera derecha. Pese a todo, seguía consciente. “Abría los ojos, trataba de reaccionar y todavía tenía fuerzas para quejarse del dolor”, cuenta este agente de Policía Local de la capital de las Cinco Villas. Para Gonzalo, que cuenta con formación médica y de primeros auxilios, la prioridad fue inmediata. No había margen para otra cosa que cortar la hemorragia.
“HACÍA FALTA UN TORNIQUETE Y ACTUAR YA”
En un primer instante pensó en un cinturón, pero descartó enseguida que pudiera servir para una herida de ese calibre. Entonces recordó que guardaba un botiquín con torniquete en su coche. Subió de nuevo a casa a por las llaves, bajó al garaje, abrió el maletero y regresó corriendo al lugar. Cuando volvió, otro ciudadano estaba junto a la cabeza del herido controlando su pulso, mientras una mujer trataba de contener la hemorragia con un cable improvisado alrededor de la pierna.
Miranda sacó el torniquete y lo colocó lo más alto posible. Mientras lo ajustaba apareció la primera patrulla de la Policía Local de Zaragoza. Uno de los agentes traía otro torniquete en la mano. Gonzalo le dijo que ya estaba colocando uno, pero en cuanto retiraron el cable comprobó que el sangrado no se había cortado del todo. Entonces pidió el segundo. “Le hice hasta dos torniquetes”, explica. El primero lo colocó a las 9.11 y el segundo, pegado al anterior y más hacia la herida, apenas unos segundos después.
Poco después llegó la UVI móvil de Bomberos del Ayuntamiento de Zaragoza, la primera asistencia sanitaria en personarse, y se hizo cargo del herido. Gonzalo les dio la información clave, la hora exacta a la que había colocado cada torniquete y el estado en el que se encontraba el hombre. Una secuencia de cuatro minutos que, de no ser por su intervención, el desenlace podría haber sido fatal.
“NO FUE SOLO COSA MÍA”, DICE ESTE POLICÍA DE EJEA DE LOS CABALLEROS
Lejos de atribuirse el rescate en solitario, el agente insiste en que aquel sábado todo fue una cadena de respuestas rápidas. “Fue un cúmulo de circunstancias”, repite. Habla del hombre que estaba junto a la cabeza del herido, de la mujer que intentó frenar la sangre con el cable, del agente que le facilitó el segundo torniquete y de la rapidez de Bomberos y de la Policía Local. “No fue solo cosa mía. Fue la suma de todo”, resume Gonzalo.
Aun así, su intervención resultó decisiva. El herido perdió tanta sangre que, cuando llegaron los sanitarios, según le trasladaron después, estaba a punto de quedarse sin pulso. Gonzalo recuerda incluso que, mientras le ajustaba el segundo torniquete, el propio hombre se quejaba del dolor que le provocaba la presión. “Me decía que parara, que le hacía daño”, cuenta. Esa reacción, en medio de una lesión tan brutal, ese gesto también le confirmó que seguía consciente y peleando por sobrevivir.
CÓMO SUCEDIÓ EL ACCIDENTE EN PLENO CORAZON DEL BARRIO JESÚS
El accidente había comenzado unos minutos antes, tras una fuerte discusión entre la víctima y su pareja a la salida de un bar próximo. La mujer, al volante de un Nissan Micra, arrancó cuando él trataba de impedir que se marchara. El hombre terminó subido al capó, agarrado a la luna del vehículo, mientras ella recorrió varios metros por la calle José Oto y después giró por Aguarón hasta colisionar con una furgoneta en el cruce con Molino de Armas. Fue en ese impacto donde el cuerpo del hombre recibió de lleno la violencia del golpe entre ambos vehículos.
La investigación ha ido estrechando desde entonces el cerco penal sobre la conductora. La mujer se encuentra en prisión provisional desde este lunes por un delito de homicidio en grado de tentativa. Según ha podido saber ARAGÓN DIGITAL, en la prueba de alcoholemia arrojó una tasa de 0,83 miligramos por litro de aire espirado. La víctima, por su parte, ha sufrido finalmente la amputación de la pierna izquierda aunque permanece estable en el hospital y no se teme por su vida.
Gonzalo Miranda no evita la crudeza de lo vivido aquella mañana y detrás de su relato entra en juego una profesionalidad intachable, ya sea con el uniforme o sin él. Habla de paquetes venosos, de tiempos, de posiciones, de cómo una hemorragia así obliga a decidir en segundos. Luego, cuando rebaja el tono, vuelve a la idea que más repite desde que comenzó la narración de los hechos. “Estaba en casa de casualidad. Tenía las ventanas abiertas. Me retrasé unos minutos antes de bajar con el perro. El botiquín estaba en el coche”, recuerda. Que todo, de alguna manera, encajó para que el hombre siguiera vivo. Y es que a veces, en un margen mínimo, la diferencia entre llegar o no llegar cabe en apenas unos minutos.