Tan chocolatera como Suiza
Zaragoza.- La palabra “laminero” describe a la perfección la pasión de los aragoneses por el chocolate. Una afición que es algo más que un capricho, puesto que, desde que los españoles llegaron a Las Indias, Aragón ha permanecido siempre ligado a este producto de sabor amargo; aunque son muchos los que desconocen la importancia que en tiempos, y también ahora, tuvieron las gentes aragonesas en la difusión de tan preciado manjar.
El descubridor Cristóbal Colón ya conocía la existencia del chocolate a través de los indígenas que, además de utilizar las semillas de cacao como moneda, lo consumían en forma de bebida amarga y picante que resultaba bastante desagradable a los primeros expedicionarios. Hernán Cortés en la corte de Moztezuma también tuvo la oportunidad de degustar el “tchocolatl”, elaborado con cacao y maíz molido, vainilla, pimienta, guindilla y otras especias. Se cree que fueron unas monjas de Oaxaca las que, mezclando el cacao con azúcar y canela e incluso con anís, dieron con la receta que cruzó el Atlántico. Aunque, según aseguran otras fuentes historiográficas, tardo más de un siglo en ser mezclado con azúcar, ya en tierras españolas.
LOS PIONEROS MONJES DE PIEDRA
Lo que sí es seguro que Fray Aguilar, un monje cisterciense que partió en una de las expediciones al Nuevo Continente, fue quien transmitió al abad del Monasterio de Piedra (Zaragoza), donde prosiguieron los experimentos, la receta del chocolate. Así, en las cocinas de este monasterio se elaboró por primera vez en toda Europa el exquisito dulce. El chocolate arraiga rápidamente y se convierte en bebida de reyes en la corte española. Más tarde esta costumbre se extendió por el resto del continente. Aragón tiene el honor de haber sido el foco difusor del chocolate, pero la fama se la llevó Suiza, no sin motivos. Los maestros chocolateros del país alpino, allá por el siglo XIX, mezclaron la manteca de cacao con leche e inventaron la forma sólida de pastillas, deliciosas tabletas a las que pocos se pueden resistir.
EL AUGE DE LAS CHOCOLATERAS OSCENSES
Ya al estilo suizo, a partir de la segunda mitad del siglo XIX y a lo largo del XX comenzaron a surgir decenas de industrias dedicadas a la elaboración del chocolate en Aragón. Pero, fue precisamente en las comarcas oscenses del Somontano y el Cinca Medio donde se produjo un espectacular auge del sector. Antonio Solán, documentalista de Barbastro, ha señalado 1968 como fecha en la que se tiene constancia del primer obrador de chocolate en la localidad barbastrense, la empresa Hijos de Joaquín Huetas. A comienzos del pasado siglo estaban censadas 11 fábricas, y en 1911 ya figura Ignacio Palá Soteras, cuyos chocolates fueron unos de los más conocidos, indica Solán.
Tres años más tarde fue cuando la capital del Somontano contó con su mayor número de fábricas, un total de doce, entre las que se encontraba ya, desde comienzos de la centuria, Juncosa y Escrivá, una de las pocas que trabajaba con dos piedras. Chocolatera de la cual era socio el padre del recientemente santificado Escriba de Balaguer.
Sin embargo, hoy en Barbastro ya no perdura ninguno de los maestros chocolateros. De aquel rico aroma que envolvía el pueblo queda el recuerdo de los vecinos que llegaron a conocer algunas de las fábricas. Hasta hace pocas décadas todavía fundían cacao las de Simeón Aznar, José Gibanel, además de Huetas, Sambear y Palá. Y como no, recuerda Solán, la fábrica de Saturino Acín Villacampa, con su inolvidable eslogan: “El placer de vivir con Chocolates Acín”.
EL MUSEO DE LOS LAMINEROS
En Monzón tampoco queda ninguna de las fábricas, pero José Antonio Solán, nos conduce hasta el único obrador que se mantiene en funcionamiento en la zona. Un poco más al norte, ya en la Ribagorza, se encuentra la casa Bresco en Benabarre. Inma Cascalló, esposa del ya fallecido bisnieto del fundador, está al cargo del establecimiento y del pequeño y entrañable museo. Son muchos los visitantes que se acercan hasta allí, sobre todo, escolares, oscenses, franceses y personas que disfrutan del Pirineo ribagorzano, donde pueden contemplar el tostadero, la piedra, rayadores y muchos más instrumentos que desde 1830 ha utilizado y reunido esta familia entregada al chocolate. Labor que continúan, aunque no de manera tan artesanal como antaño, “siguiendo la fórmula del bisabuelo”, señala Inma.
Casa Bresco, según ha explicado su regenta, “llegó a trabajar con seis malacates (piedra azteca donde se elabora la pasta de chocolate)”, superando a sus vecinos del sur. Y es que, en la primera mitad del siglo XVIII, Benabarre era capital de la Ribagorza. Allí se encontraba todos los cargos administrativos de la época. “Gente adinerada que podía permitirse lujos como el chocolate”, ha comentado Inma, y que a la vez hicieron a los chocolates Bresco ganar en prestigio.
En el otro extremo de Aragón, en 1850, se funda en Jaca una chocolatera que después de la Guerra Civil española se trasladó a Zaragoza, y creció y creció hasta convertirse en la principal empresa española de turrones, chocolates y bombones: Lacasa. Tras la instalación en la capital aragonesa alcanzó un gran desarrollo, creciendo progresivamente a nuevos mercados dentro del territorio nacional, y es en 1953 cuando comienzan a elaborar el turrón de chocolate con almendras. Con la apertura de nuevos horizontes y un aumento considerable del volumen de negocio en la década de los setenta, Lacasa crea su actual planta en la localidad zaragozana de Utebo.
"U, I, U AA, PIM, PAM, TOMA…"
Esta empresa es la culpable de que tantos niños a partir del año 81 tirasen de los pantalones o faldas de sus padres para suplicar ese preciado tubo de color amarillo, que contenía grageas de chocolate y azúcar multicolor. Los “Lacasitos” son tan aragoneses como los adoquines, pero fue tal el éxito que tuvieron en todo el país que perdieron su carácter autóctono. El “Coco Guagua” pasó a un segundo plano, cuando todos los niños de España cantaban al igual que en el anuncio de televisión el “U, i, u aa, pim, pam, toma Lacasitos…”.
Las que sí conservan todo el valor de la región, de la que son todo un símbolo, son las Frutas de Aragón. Ya los romanos solían preparar las frutas cocidas en jarabe y, a principios del siglo XX, a un bilbilitano se le ocurrió la idea de bañarlas en chocolate. El dulce se popularizó tanto que pronto tuvo infinidad de imitadores, y tanto en Teruel, Huesca y Zaragoza, se elabora este delicioso dulce. También utilizando como materia prima traída de América, se elaboran en la localidad turolense de Alcorisa las “Piedrecicas del Calvario”, que consiste en guirlache con almendras enteras forradas de chocolate con leche. Este dulce se ha convertido en algo típico del municipio, popular por su celebración de la Semana Santa incluida en la Ruta del Tambor del Bajo Aragón.
El chocolate no es de uso exclusivo en repostería y confitería, pues está integrado en la gastronomía aragonesa junto con platos tan típicos como el jamón o el ternasco. Recetas tan suculentas como la liebre y los caracoles con chocolate son algunas de las maneras en las que se incluye en la cocina tradicional. Aragón puede presumir de tener una amplia cultura chocolatera, y aunque la reputación se la lleven los suizos o belgas, en la Comunidad hay constancia y suficientes ejemplos por los que tal afirmación no se conviertan en falaz.