“A la montaña nunca voy a morir, sino a vivir la vida de forma más intensa”

El alpinista cariñenense Fran Lorente, uno de los más curtidos del país, ha subido a algunas de las cumbres más duras del planeta. Sin embargo, cuando piensa en los buenos momentos, no menciona ninguna cima, porque, afirma, llegar es sólo “la guinda del pastel”. Lo mejor para este montañero es el camino.

Zaragoza.- Desde que a los catorce años subiese por primera vez el pico Aneto, Fran Lorente ha vivido experiencias inolvidables en el Kilimanjaro, el Aconcagua o los Alpes. La pérdida de compañeros de expedición, las congelaciones en los dedos o los aludes no han supuesto un obstáculo para continuar desarrollando su carrera deportiva.

Pregunta.- ¿A qué edad empezó su afición por la montaña?
Respuesta.- A los ocho años. Era muy malo jugando al fútbol y al resto de los deportes. Yo sólo miraba hacia arriba y paseando con mi padre, poco a poco, fui viendo que eso era lo mío. A los catorce años subí por primera vez al Aneto, y ahí no sólo vi un paisaje que me dejó prendado, sino que también tuve clara cuál iba a ser mi proyección a nivel deportivo.

P.- Entonces, ¿fue el Aneto su primera cumbre?
R.- Realmente, mi primera cumbre fue el Valdemadera, una montaña de 1.200 metros, que está aquí en la sierra de Algairén, y que para mí es el pico por excelencia. Creo que ante todo hay que defender lo nuestro. Es una zona muy bonita a 50 kilómetros de Zaragoza y para mí es un sitio idílico.

P.- El alpinismo es un deporte de riesgo. ¿Cómo lo lleva su familia?
R.- Reconozco que los alpinistas somos egoístas. Hay una batalla constante con la familia pero, por otro lado, también hay una comprensión tremenda. Mi mujer ya me conoció así y mis hijos lo han visto desde siempre. De todas formas, cuando me marcho a una expedición, antes que el piolet o los crampones, meto el teléfono satelital a la mochila porque todos los días hablo con mi mujer para darle los pormenores de la jornada. Mimamos mucho este asunto, un buen ejemplo de ello lo hemos vivido este verano, cuando José, un compañero de Monzón, cayó en una grieta en el Broad Peak (Pakistán). Antes de terminar de sacarlo, su familia ya conocía lo que había pasado y cuál era su estado.

De esta forma la familia lo sobrelleva. Es una actividad de riesgo pero no menos que la vida en general. Yo no voy nunca a una montaña a morir, sino que voy a vivir la vida de una manera mucho más intensa.

El alpinista cariñenense Fran Lorente subió su primera montaña en la sierra de Algairén

P.- ¿Cuál ha sido el peor momento de su trayectoria deportiva?
R.- Me vienen mil a la cabeza, pero yo destacaría uno en 2002, cuando bajábamos el Shipilow Peak. Estábamos muy tristes porque veíamos que no éramos capaces de llegar a la cumbre. Todos los días nos ocurría alguna desgracia, y aquella mañana nos levantamos a la espera de saber a qué nos enfrentaríamos aquella jornada. Bajábamos el médico de la expedición, Ángel Lafuente, y yo, de avanzadilla, cuando vimos un desprendimiento en una pared, a kilómetro y medio de donde nos encontrábamos. De repente, vimos como aquella nube de nieve polvo se acercaba a nosotros. Vi mi final de una manera muy clara y me despedí de Miguel.

Ni siquiera me molesté en quitarme la mochila ni en correr, porque las dimensiones de aquel alud eran tremendas. Después, sólo recuerdo un gran empujón y cómo me era imposible mantenerme en pie. Tras varias embestidas quedamos semienterrados y cuando reaccioné, salí a la superficie y busque a mi compañero que, al igual que yo, luchaba por salir de su agujero. Cuando le miré le dije, ¿pero qué te ha pasado? Habíamos bajado a unos 20 grados bajo cero en menos de 30 segundos, por lo que nuestras barbas estaban congeladas y nuestros ojos prácticamente soldados por el hielo.

P.- ¿Y el mejor momento?
R.- Yo no destacaría ninguna cumbre porque para mí eso sólo es la guinda del pastel. Destacaría un momento que me ocurrió en el Nanga Parbat el año pasado. Descendiendo mis compañeros de la cumbre, Raúl Martínez, al que considero como mi hermano, dijo que empezaba a encontrarse mal respecto a los dedos de los pies. Enseguida intuimos que posiblemente tendría congelaciones, yo subí todo lo rápido que pude para echarle una mano y cuando por fin nos encontramos, le miré y vi que tenía la cara de una persona acabada. Estaba muy triste y muy mal. Alcance su mano y lo atraje hacia mí. Cuando lo abracé, sentí que ya estábamos en casa. Raúl es un tipo muy fuerte pero en aquella ocasión lloró. Desde entonces ya no nos hemos separado ni en esa expedición ni en la vida.

P.- Son experiencias muy duras. ¿Qué se necesita para conseguirlo?
R.- Si entre la técnica, la resistencia y la fuerza psicológica hay que destacar algo, lo más importante es la fuerza mental. Yo he visto personas en un ochomil que técnica y psicológicamente iban justos, y que a fuerza de ganas y motivación han llegado a coronar la cumbre. El alpinista debe ser frió, calculador, neutro, y debe saber controlar sus sentimientos porque hay que tirar hacia arriba a pesar del cansancio.

P.- ¿Es el deporte más duro?
R.- No lo sé. El ciclismo también es muy duro, pero la diferencia es que puedes llegar desfallecido a la meta y a menos de una hora tienes un hospital. Sin embargo en alpinismo, a veces llegamos a la cumbre al máximo de nuestras fuerzas y hay casos en los que te quedas ahí. Éste fue el caso de Marcus, un compañero alpinista austriaco, que murió por agotamiento a cincuenta metros de la cumbre del Broad Peak este verano. La verdad es que sopesar todo eso es muy complicado.

P.- ¿Usted ha tenido alguna lesión importante o ha sufrido congelaciones?
R.- Yo afortunadamente no he tenido grandes problemas. El tema de las congelaciones viene dado por muchas razones y la más importante es la hidratación. Yo siempre he sido muy disciplinado al respecto y bebo cuatro litros de agua diarios. Sin embargo, tengo compañeros a los que les faltan cuatro o cinco dedos.

P.- Supongo que deben tener conocimientos generales de medicina de montaña, ¿no?
R.- Los alpinistas de élite tenemos que ser fotógrafos, tenemos que filmar nuestras propias imágenes en situaciones infrahumanas, tener conocimientos de meteorología, de telecomunicaciones y conocer aspectos básicos de medicina de montaña. Además, tenemos que ser comerciales y saber vender nuestro producto, ser gestores y tener un nivel de inglés aceptable que nos permita comunicarnos en otros países. Finalmente, tenemos que ser alpinistas.

Fran Lorente reconoce que a pesar de las dificultades el alpinismo merece la pena

R.- Después de la dura ascensión, ¿en qué piensa cuando llega a la cumbre?
P.- En lo primero que piensas es en las ganas que tienes de bajar, porque has llegado al máximo de tu rendimiento y sabes que aún tienes que descender. Hay una línea, en torno a los 7.000 metros, que se le llama la línea de la muerte. Tu deseo es descender de esa línea cuanto antes. Por eso todos somos conscientes de que nuestra cumbre está en el campo base, cuando lo celebras con los compañeros y cuando hablas con tu familia. Ahí es cuando realmente se saborea. En la cumbre nos convertimos en captadores de datos que procesamos una vez abajo.

P.- Y ¿cómo es un campo base?
R.- Cuando llegas es la miseria total, es lo peor. Llegas a un sitio a 5.000 metros de altura, donde te duele la cabeza, donde tienes malestar general y donde sólo encuentras muchas piedras y mucho hielo. Sin embargo, pronto entiendes que tienes que pasar ahí cincuenta días viviendo y, por lo tanto, tiene que convertirse en tu hogar. Así que instalas tu tienda individual para mantener tu intimidad, montamos las carpas comunes y comenzamos la fase de aclimatación.

P.- ¿Cuál es el ambiente que se respira allí?
R.- Nunca perdemos el norte ni olvidamos para lo que hemos llegado hasta allí, pero en el día a día te encuentras problemas personales o discusiones. Aunque creo que en ese sentido en Aragón estamos viviendo un momento dulce porque los alpinistas que estamos en la punta de la lanza somos amigos, y eso es muy difícil de encontrar en otros grupos.

P.- ¿Cómo se lleva el tema de la alimentación?
R.- El vino de Cariñena no puede faltar en ninguna expedición a la que yo vaya, pero también nos llevamos jamón, berberechos o patatas... Intentamos hacer nuestra vida allí lo más agradable posible. A veces, también nos llevamos una baraja o un ajedrez. Sin embargo, lo que no puede faltar en nuestro equipaje es el sentido común y las pocas ganas de discutir.

P.- ¿Cómo se han portado las instituciones aragonesas?
R.- La verdad es que muy bien. En nuestro caso, el Gobierno de Aragón, además de hacer oficial nuestras expediciones, nos está dando bastantes recursos económicos. Las instituciones ven claro que hay que apostar por el alpinismo porque vivimos en un país de montañas. En ese sentido en Aragón tenemos los Pirineos y hay que potenciarlos. Por otro lado, la comarca de Cariñena se está portando excelentemente. Para mí no es costoso entrar en el despacho del presidente de la comarca, Fernando Peligero, para explicarle mis proyectos, porque una vez que ha visto que las cosas las hacemos de forma seria y profesional se da cuenta de que el dinero está bien invertido.

P.- ¿Cuál es su próximo reto?
R.- Este año me gustaría descansar. Ya en 2008, creo que con el tema de la Expo un cariñenense tiene que estar presente en alguna de las actividades de montaña que se realicen, pero todavía no tengo ningún proyecto claro. En un futuro me gustaría volver al Kilimanjaro con un grupo de ASPACE (Asociación de Atención a las Personas con Parálisis Cerebral y Afines). Nos ha parecido un proyecto atrayente y muy bonito.