Aragoneses entre humo y llamas: vivencias desde los incendios de Galicia
Cuando una empieza sus vacaciones, jamás podría pensar en tener que ejercer su profesión por un hecho cuanto menos catastrófico y a más de 700 kilómetros de casa -algo menos si contamos en línea recta-. Sin embargo, los incendios que asolan estos días varios puntos de España, y en concreto Galicia, han puesto en jaque a miles de personas que o bien viven en las zonas afectadas o bien disfrutaban estos días del periodo estival en tierras gallegas.
Muchos de estos últimos, como es mi caso, éramos precisamente peregrinos. Atraídos por la emoción de llegar a Santiago de Compostela tras días de caminata nos embarcamos en una aventura que, sin lugar a dudas, no pensábamos que podría terminar entre humo y llamas, viendo arder ante nuestros ojos un paraíso natural como es Galicia.
Y es que, a decir verdad, nadie espera que tras la emoción de ver por fin la Catedral de Santiago y sentir que el Camino ha terminado, el regreso a casa se convierta en la etapa más dura. Sin embargo, la provincia de Ourense y, en consecuencia Zamora, están siendo algunas de las más afectadas durante este verano por el fuego y fruto de ello decenas de trenes y tráfico en general se están viendo afectados con continuos desvíos e, incluso, con paralizaciones totales.
Eso fue precisamente lo que ocurrió el pasado 12 de agosto, momento en el que debía regresar a mi tierra natal, Zaragoza, pero cuya estampa se ha mantenido en días posteriores dada la virulencia del fuego. Las noticias nunca fueron buenas. Varios incendios, algunos de ellos descontrolados, llevaban horas provocando cortes en la vía ferroviaria que conecta Santiago con Madrid. Con ello, comenzó la odisea.
RUTA EN BUS PARA BORDEAR LOS INCENDIOS Y MUCHA INCERTIDUMBRE
Zaragoza (en mi caso), Toledo, Barcelona, Valencia o la propia capital, Madrid, eran algunos de los destinos a los que nos dirigíamos las cientos de personas que descansábamos donde podíamos ante la espera de información de qué iba a ocurrir con la vuelta a nuestros hogares. En el móvil, mientras tanto, notificaciones de otros amigos peregrinos que debían haber salido horas antes y permanecían en las vías del tren parados.
"No hemos salido de Santiago. Nos dicen que nos van a llevar en autobuses a otro lugar para que nos recoja un tren", se podía leer en uno de los mensajes de dos amigas de Granollers (Barcelona). Esa situación, de hecho, es la que viviría en mi propia piel apenas unas horas después. Con fortuna y a diferencia de lo que ha ocurrido en días posteriores, la incertidumbre fue larga y también los retrasos, pero conseguimos salir de Santiago con cierta facilidad.
Entre carreras de los trabajadores de Adif y unos conductores de autobús que nunca perdieron la sonrisa comenzamos la parte más difícil: rodear los incendios -durante casi cuatro horas- para conseguir llegar hasta la estación de A Gudiña, municipio que apenas un día después se vería también gravemente afectado por el fuego.
El olor a quemado era latente. A través de los cristales del autobús, la desolación. El fuego se dejaba ver en varios focos y en algunos tramos incluso nos cortaban el paso. El humo se colaba en medio de la carretera y no dejaba ver. "O caso é que non chove", repetía en varias ocasiones una mujer en mi asiento de detrás. Así era. La ausencia de lluvia y el viento habían provocado en Galicia una situación difícil de olvidar en años.
A SALVO Y A LA ESPERA
Al igual que nadie espera acabar su Camino de Santiago de esta manera, tampoco en la estación de A Gudiña, un municipio de 1.186 habitantes, aguardaban la llegada de tantas personas como caben en varios trenes AVE. Hacían fotos y no es para menos. Sobre todo cuando las horas pasaban y la noche caía.
Las noticias que llegaban unos kilómetros más allá tampoco eran muy esperanzadoras. "Arrancamos ahora. El tren ha estado un rato parado en medio del incendio", me escribía otra amiga madrileña que había conseguido subir en uno de los convoyes anteriores. Y aunque la situación era tensa, el espíritu peregrino de la mayoría de viajeros, que venían de realizar un Camino similar, se mantenía intacto: "¿Quieres una manzana? ¿Y unos frutos secos? Tenemos de sobra", me insistía una mujer a mi lado.
Sobre la medianoche llegaron, ahora sí, las buenas nuevas. Un tren había conseguido salir y nos recogía para llevarnos, por lo menos, hasta Madrid. Allí, eso sí, cada uno continuaría su aventura o, mejor dicho, su última etapa de la mejor de las maneras. No sin olvidar, claro está, que Galicia, uno de esos paraísos naturales más preciados, ardía y lloraba al mismo tiempo ante nuestra atenta mirada.