La Semana Teatral: "Presas" y "La vuelta de Nora"

Mujeres en situaciones penosas dentro de una cárcel, unas como preseas y otras como vigilantes, más Nora, la famosa heroína de Ibsen en ‘Casa de muñecas’, ahora rediviva, han hecho vibrar los escenarios con su problemática difícil de resolver

PRESAS

Sorprendente inauguración del Aula de Teatro amateur, dentro de la Asociación Cultural ‘Locos por actuar’, los pasados días 4 y 5, en el Teatro de las Esquinas, con la puesta en escena de ‘Presas’. La obra, original de Verónica Fernández e Ignacio del Moral, dirigida por Rosa Lasierra, es un mosaico de 17 vidas, doce mujeres y cinco hombres, enmarcadas en una de las realidades más oscuras de los principios del franquismo: las cárceles femeninas.

La historia que se desarrolla es coral, con personajes variopintos  y una protagonista central, que engloba los casos particulares y que es todo un símbolo: la mujer disidente, la que ha desafiado la estructura social, bien sea por razones políticas, emocionales, familiares, económicas o de otra índole. Cada una de las nueve reclusas tienen su historia dramática, y en algunos casos trágica. La van contando, susurrando a veces, lamentándola o envalentonándose. Luego están las tres monjas, como contraste y reflejo de una España ahogada por el oscurantismo.

Entre los muchos episodios que van sucediéndose, hay uno especialmente doloroso y cruel: el robo de un recién nacido en la prisión. Su madre apenas ha podido abrazarlo antes de que se lo arrebaten. La obra es también una denuncia sobre el abuso masculino dentro de las cárceles. Tanto el médico, como el maestro y el abogado pertenecen a esa odiosa estirpe de varones que aprovechan su prevalencia para acosar y abusar. Al margen quedan el director de la prisión y el sacerdote, el primero desbordado por los acontecimientos y el segundo víctima de su propio pathos interno y del sometimiento a unas normas impuestas por la jerarquía.

La expectativa de liberación que cada una acaricia al cumplirse el rito decenal por el que el señor obispo, coincidiendo con el jubileo de San Perpetuo, indulta a una de las reclusas, desata entre ellas celos, rencillas y porfías que retratan con eficacia las tensiones internas que les agobian, más incluso aún que las externas.

Sorprendente la verosimilitud con la que las actrices sobre todo, pero también los actores, vivencian una situación que, afortunadamente, ha mejorado en los últimos decenios. Gran trabajo de Rosa Lasierra, conduciendo con mano firme esta nave plagada de criaturas procelosas que reflejan la miseria de una época no tan lejana.

LA VUELTA DE NORA

El drama ‘Casa de muñecas’, de Ibsen, se ha considerado siempre como un símbolo del feminismo contemporáneo. Hay quienes señalan el momento de su estreno como la eclosión de este fenómeno que ha ido ganando fuerza hasta convertirse hoy en una de las realidades sociales de mayor impacto en nuestra civilización.

No es extraño, por tanto, que el dramaturgo Lucas Hnath imaginara una secuela de la obra, que ha titulado ‘La vuelta de Nora’ y que hemos podido contemplar durante el pasado fin de semana en el Teatro Principal. Interpretan los principales papeles Aitana Sánchez-Gijón, como Nora, y Roberto Enríquez, como Torvald, bien acompañados por María Isabel Díaz Lago, como Anne Marie, y Elena Rivera como Emma.

La dirección de Andrés Lima he acertado en el ritmo y en la ambientación, tanto estética como sonora. Hay uno de los paréntesis interpretativos en el que la música se apodera del escenario y se transforma prácticamente en un personaje, permitiendo al espectador ahondar en sus sentimientos ante el drama que está contemplando. 

La actitud de la protagonista, compleja y a veces aparentemente contradictoria, retrata en profundidad las alternativas del espíritu femenino que la tradición señala como voluble, aunque sea amparándose en el tópico operístico de la donna è mobile. Aquí, sin embargo, hay una determinación que Nora desarrolla con sutil entereza, dispuesta a mantener la independencia que un día consiguió abruptamente. Quiere hacerla ahora legal y para ello moviliza todos sus recursos amparándose en la complicidad de la que fue su niñera y de su propia hija, que ya  ha crecido y está tomando la riendas de su vida.

El montaje es sorprendente porque arranca con una escenografía clásica muy precisa, en la que los juegos de luz adquieren gran relevancia, y repentinamente se abre a un esquematismo reduccionista con el que tal vez se trata de significar la opresión en la que se vive el drama: la caja escénica queda plenamente al descubierto y el diseño convencional reducido a una especie de jaula en la que los personajes se debaten entre las opciones que se les plantean.