Tres meses después del desalojo urgente de los bloques 2, 3 y 4 de la plaza Santa Clara de Huesca, algunos vecinos han podido regresar de forma puntual a sus viviendas para recoger pertenencias. Para Dorita Pardo y Ramón Cajal, vecinos del número 4, ese momento aún no ha llegado. “No hemos podido entrar aún porque somos del bloque 4, y a nosotros nos toca el domingo”, explican desde la casa que han adaptado en una finca a tres kilómetros de la capital oscense, donde viven desde finales de noviembre cuando la noticia sorprendió a alrededor de 200 vecinos, obligados a desalojar todo el bloque por riesgo de derrumbe.
El matrimonio recibió la noticia del acceso escalonado para recoger algunos enseres el pasado fin de semana. Con alivio, aunque también con prisa. “Entraremos de 8 a 9 de la mañana. Es muy poco rato, pero es por seguridad”, cuenta Ramón en declaraciones a ARAGÓN DIGITAL. En esa hora recogerán “algo de ropa de verano” y también un sobre muy concreto que Dorita se dejó en el piso el día del desalojo. “Me dejé unos números de lotería de Navidad que quería regalar. Habían tocado 25 o 30 euros, poca cosa, pero buenos son de recoger”, confiesa con una sonrisa resignada.
“LO VAMOS LLEVANDO A PURO ESFUERZO”
La salida a finales del noviembre pasado fue abrupta. “Nos sacó la policía a las once de la mañana”, recuerda Ramón. Lo que no esperaban era lo que ocurrió después. Y es que al día siguiente, cuando pudieron volver brevemente a recoger ropa, se encontraron la puerta forzada. “Habían reventado la cerradura porque llamaron y como no contestaba nadie se pensaron que estábamos dentro escondidos. Rompieron el bombín”, atestigua Ramón. La situación se complicó aún más cuando les comunicaron que la llave nueva se había perdido. “Tuvieron que volver a romper la cerradura otra vez. Lo primero que haré cuando entre será cambiarla”, afirma Ramón, que se mantiene esperanzado para poder volver lo antes posibles a la que fuera su casa, en pleno centro de la capital altoaragonesa.
Mientras esperan a que eso se materialice, la realidad económica pesa tanto como la incertidumbre. “Pagamos 400 euros al mes por el alquiler de los puntales y 160 de derrama. Son 560 euros cada mes”, explica el matrimonio. A eso se suma el coste de la reparación estructural del edificio. “Para arreglar los pilares hemos pagado unos 8.000 euros cada uno, según los metros. Algunos 7.000, otros 9.000”, relata Ramón. En su bloque son 31 vecinos que asumen esos gastos, a la espera de ayudas municipales que alivien parte del impacto.
La adaptación a la nueva realidad tampoco fue sencilla. La vivienda del huerto era su refugio de verano, pero no estaba preparada para el invierno. “Los primeros días fueron duros. No teníamos calefacción, el hogar encendido a tope, las estufas. Ahora ya estamos aclimatados”, cuenta Dorita. Aun así, insisten en que han tenido “suerte” por disponer de ese espacio alternativo, algo que no todos de los más de 200 afectados han podido decir.
El horizonte que manejan es junio, al menos desde fuentes municipales. “Hablan del 3 de junio, por ahí. A ver si tenemos suerte y podemos volver”, dice Ramón. Entre los vecinos hay sentimientos encontrados. “Hay de todo., algunos dicen que no tienen dinero para pagarlo, también los hay que en toda desgracia hay quien intenta sacar ventaja”, cuenta resignados este matrimonio de toda la vida. Ellos, en cambio, repiten la misma frase como un mantra: “Lo vamos llevando. Poco a poco. A puro esfuerzo”.

