MIGUEL ÁNGEL TAPIA
Así conocí a mi querido amigo. La escena ocurría, como no podía ser de otra manera, en el Teatro Principal de nuestra ciudad. El Conservatorio pasaba por una peculiar situación. Los profesores veían con inquietud la posible desaparición de su centro de trabajo y el fin de su empleo como docentes. Siempre he respaldado el derecho de los ciudadanos a defender sus intereses cuando la imperfecta administración española pretende restringírselos. Le recomendé al sorprendido músico que se buscase un buen abogado laboralista; es más, le sugerí el nombre de Francisco Polo, uno de los pocos abogados que 30 años después sólo sigue defendiendo a trabajadores. Los profesores y el resto del personal no docente ganaron el juicio a la administración y se convirtieron en funcionarios municipales. Y ahí comenzó el dilema. ¿Qué hacer con un profesor de viola o de clarinete? Tapia pidió incorporarse a la delegación de Cultura y Festejos. Para lo que sea, -me dijo en nuestro segundo encuentro-. Lo miré con detenimiento, iba perfectamente trajeado y encorbatado (siempre las llevaba preciosas), por aquel entonces iba emboscado con pelo en la cabeza, le dije que sí y le buscamos una mesa.
El trabajo era muy peculiar, todos hacían de todo, incluido el concejal que suscribe: acompañar a la comparsa de gigantes y cabezudos, organizar la ofrenda de flores o incluso hacer de taquilleros en el pabellón de fiestas de la antigua feria de Muestras. Lo que más me gusta es el horario. Joder qué funcionarios más raros somos, de lunes a domingo y de 8 de la mañana a 12 de la noche. Ésta fue a los pocos meses, su única ni siquiera queja. Miguel Ángel fue feliz y nos alegró sobre todo las mañanas, la noche era otra cosa.
Se cumplirán pronto 30 años de amistad. Nunca me he reído tanto con nadie. Es ingenioso, trabajador, inteligente, ¡eh, que ambos somos heterosexuales! Cuando abordamos el reto del Auditórium, se puso al frente de la manifestación; es decir, todo lo contrario. Aportó sugerencias, dio muchas explicaciones y sufrió junto con el arquitecto Pérez Latorre, y yo mismo, el chaparrón: Luis, no te dejes el chubasquero en casa, ya sabes cómo llueve en Zaragoza. Hoy Miguel Ángel, aparentemente, no se parece en nada al que se me presentó años antes, su trabajo serio, su talante optimista, su capacidad de gestión como director, es impecable. Los pocos que lo conocemos desde que llevaba pelo y tocaba el piano en el Golden, le tenemos al mismo nivel que cualquier jovencito tiene por Spiderman. Miguel es nuestro superhéroe particular.
Posdata: Querido, deja la noche, ésta es para los toreros. Nosotros, muy a pesar nuestro, ya nos recogemos antes.