EMILIO BURGOS
Emilio fue mi amigo, uno de los mejores, y mira que era raro el muy cabrón. Le gustaba que le llamásemos burguiba, o mejor, el comandante.
Nos conocimos en el partido. Fue un militante ejemplar, gozaba de su trabajo intenso en él. Pudo y no quiso ser cargo público: concejal, senador o diputado; eso sí, se consideraba un hombre del aparato. No le gustaba ni aceptaba que lo tildasen de fontanero: “Mi trabajo es administrar las economías, no arreglar grifos” -exclamaba con la mala hostia que tenía-. Formó parte de todas las ejecutivas del partido desde el año 1977 y fue administrador de las campañas electorales. Cuando rendía las cuentas a Madrid, siempre le felicitaban por escrito. Fue interventor de la MAZ durante décadas.
Cuando supo que estaba terminando su vida, se construyó su paraíso particular. “¿Por qué los ateos no vamos a ir al cielo? Me voy a hacer uno para mí solo y mis amigos. Tendrá de todo: buenas partidas de ajedrez con los maestros rusos; bailes de salón con Gene Kelly y Cyd Charisse; muchas chicas guapas, seguro que estará Ava Gardner; buenos vinos de Rioja, sobre todo Marqués de Murrieta y de Cáceres. Ya sabes Luis, los marqueses sólo sirven para bebérselos -y soltaba una risa-. Siempre será de noche, con muchos bares y baretos donde todo el mundo se conoce. ¡Ah! Y que ponga un cartel como los de antes: Se reserva el derecho de admisión”.
Tiene anécdotas auténticamente sublimes. En una ocasión, en 1978, Alfonso Guerra vino a intentar arreglar uno de los muchos problemas del PSOE de Aragón. Cuando le estábamos despidiendo en el aeropuerto, Emilio le dijo: “Compañero, no lo habrás notado pero hemos tenido un operativo de seguridad para tu visita”. El operativo consistía en dos compañeros de UGT Metal, de 1,80 de estatura y 90 kilos de peso; cariñosamente los llamábamos los brutos metálicos.
Cuando me alejé de la política orgánica e institucional, una vez a la semana cenábamos en el restaurante Espejo con Fernando Ortiz, otro que también está en el paraíso, ése era el trío. Algunos compañeros pensaban que estábamos complotando, craso error. Huíamos de esa conversación partidista para explayarnos en el cine, pasión que compartíamos los tres. Emilio prefería el cine de Fritz Lang, y Fernando y yo nos quedábamos con Kubrick y Polanski. Las cenas ligeras, por cierto, daban para mucho: buen vino y luego a "El bambalinas". Yo me retiraba el primero.
Posdata: Emilio, guárdame sitio y no te bebas todo el vino. Saludos a Fernando.