El Pabellón Príncipe Felipe de Zaragoza empezó a llenarse mucho antes de que sonara la primera nota. No era una noche cualquiera. Se sentía en las colas, en la mezcla de edades, en esa conversación previa que no habla solo del concierto, sino de todo lo que rodea a Fito & Fitipaldis. Padres con hijos adolescentes, grupos de amigos que se conocen desde hace décadas, parejas jóvenes y gente que ha crecido con estas canciones como banda sonora de fondo. Rock transgeneracional, de ese que no entiende de modas ni de algoritmos.
A las 20.35 horas, con apenas cinco minutos de cortesía, se apagaron las luces. Siluetas de la banda vizcaína a contraluz, un telón cubriendo el escenario y el primer golpe directo: "A contraluz", del último disco El monte de los aullidos, abrió la noche y ya no hubo vuelta atrás. Sin discursos, sin preámbulos. Rock and roll seco, bien medido, con el tempo exacto para decir "ya estamos aquí", con la consecuente respuesta de las 8.500 personas que llenaron el Felipe. Y es que en palabras del cantante y líder del grupo, el público maño siempre “da la vida”.
El arranque dejó claro que la gira Aullidos no es una gira de nostalgia, aunque la memoria esté siempre presente. Tras "Un buen castigo", Fito se permitió un comentario a medio camino entre el humor y el desahogo cuando apareció un pequeño problema técnico. "Pero nos la suda", soltó, y el pabellón respondió con una carcajada colectiva. Oficio puro. De ahí en adelante, el concierto fluyó con naturalidad: "Por la boca vive el pez", "Tu mitad a mi corazón", canciones que llevan años grabadas en la piel de varias generaciones.
La banda, sólida y perfectamente engrasada, volvió a demostrar por qué Fito nunca camina solo. Carlos Raya marcando territorio a la guitarra, Javier Alzola alternando saxo y presencia escénica con una maestría impasible, Diego Galaz y Jorge Arribas aportando matices que enriquecieron cada tema, y una base rítmica que sostiene todo sin estridencias. Por último, Coki Giménez echó el resto en la batería, viniéndose cada vez más arriba con cada canción. Son Fitipaldis, pero también son una banda de alto nivel que sabe cuándo apretar y cuándo dejar respirar.
El concierto fue alternando tramos de empuje con otros más introspectivos. "Siempre me he sentido extraño" sirvió de puente hacia una parte más contenida, casi confesional, en la que el Príncipe Felipe bajó el volumen sin perder la atención. Fito no necesita de grandes discursos para sostener esos momentos. Le basta con la canción y dar el espacio que el Rock & Roll se merece.
UNA NOCHE CON ROBE PRESENTE
El nombre de Robe Iniesta sobrevoló el Felipe desde el inicio, pero fue el propio público quien lo hizo explícito. Antes de "Soldadito marinero", el grito empezó a crecer desde la pista y las gradas: "Robe, Robe, Robe". Fito no dijo nada. No hizo falta. La referencia estaba clara y la emoción, contenida. La canción llegó en una versión extendida, con uno de los momentos más intensos de la noche cuando el cantante dejó de cantar y fue el público quien asumió el peso del estribillo con "Después de un invierno malo, una mala primavera…". "Ayer no podía ni cantar", llegó a balbucear Fito. Piel de gallina.
Ese fue uno de los picos emocionales de un concierto que tuvo varios. Otro llegó con la inigualable "Acabo de llegar", donde guitarras y saxo se desataron en un diálogo salvaje mientras el pabellón saltaba y coreaba sin reservas. Ahí el Príncipe Felipe dejó de ser un recinto cerrado para convertirse en una olla a presión.
La recta final del concierto fue un ejercicio de equilibrio entre lo nuevo y lo clásico. La banda fue ganando metros hacia el frente del escenario, acortando distancias con el público. "La casa por el tejado" y otros pesos pesados fueron cayendo como si el repertorio estuviera pensado exactamente para Zaragoza.
Llegaron los bises y con ellos "La noche más perfecta", uno de los temas del nuevo disco que mejor funciona en directo, seguido de "Entre dos mares", guiño inevitable a la etapa de Platero y Tú, y ese puente emocional que une pasado y presente sin necesidad de subrayados.
Antes del último golpe, Fito se dirigió al público de la capital aragonesa: "Cada vez que venimos a esta ciudad nos dais la vida. Eskerrik asko". El cierre corrió a cargo de "Antes de que cuente diez", con toda la banda reunida, en piña, empujando el final como si no hiciera falta decir nada más. Y quizá no hacía falta. El Príncipe Felipe se vació despacio, con esa sensación que haber pasado tan solo veinte minutos en un concierto que se alargó hasta las dos horas y media.
Fito & Fitipaldis volvieron a Zaragoza y Zaragoza volvió a ellos, demostrando que este romance no entiende de tiempos ni de modas. Rock, memoria y una ciudad cantando a pulmón. Aullidos, sí. Pero también abrazos.


