Zaragoza.- Un adelantado a su tiempo. Un hombre con una vasta cultura. Un ser incómodo pero con gran sensibilidad. Todo eso y más era Maquiavelo. Y así trata de explicarlo Magdalena Lasala en su último libro, “Maquiavelo. El complot”. Se trata de una historia que se adentra en las conjuras políticas de la Florencia renacentista de la mano de este personaje maltratado por la Historia, cuyo único fin fue hacer política para el bien común.
Pregunta.- Ha escrito mucha poesía. ¿Por qué se puso a escribir novela?
Respuesta.- Porque la vida te lleva a ello. Y de hecho, me sigo sintiendo esencialmente poeta. Nunca me planteé llegar a la narrativa, ni a la prosa. Lo que pasa es que descubrí que la actitud ante la palabra, independientemente del género, es la misma. Entonces para mí, escribir novela, cuento o teatro sólo implica un cambio de soporte.
P.- Sin embargo, a veces da la sensación de que cuando escribe poesía, uno da más de sí mismo, más de su intimidad. Es como si se desnudara…
R.- La poesía es un lenguaje esencial, conecta con lo ignoto, con el mundo caótico, el del subconsciente. Y por eso yo respeto tanto al lector de poesía, porque en la medida en que tú, como poeta, estás acercándote a ese mundo del subconsciente, estás tocando también esa esencialidad del lector.
En realidad, es como si éste se colocara ante un espejo en el que siempre dice la verdad. Yo creo que la relación entre el lector y el autor está basada en vasos comunicantes. Es decir, si yo escribo desde la cabeza, el lector me lee con la cabeza; si escribo desde la garganta, llego a la garganta del lector; y si escribo desde las entrañas, le llego a las entrañas.
Es cierto que la poesía permite formalmente más libertad a la hora de enganchar con ese lenguaje, pero eso no significa que con la novela no puedas plantearte ese mismo encuentro con el lector y que no funcione de hecho.
P.- ¿Requiere la novela histórica un esfuerzo mayor del que se necesita hacer con otro género de novela, por las labores de documentación que implica?
R.- Sí. Un gran trabajo extra, y durísimo. Porque mientras que el verso es más intuitivo y la materia de trabajo es la propia estructura del verso, la novela histórica requiere un gran trabajo de investigación y racionalización. Sobre todo en mi caso, que soy muy respetuosa con la historia, y muy estricta en la investigación histórica.
Además, el producto que quiero dar lo elaboro combinando observación, riqueza literaria y de instinto. Pero es cierto. Yo con las novelas me planteo siempre un tiempo mínimo de un año, entre estudio de las circunstancias históricas, reconstrucción y elaboración del argumento…
P.- Y ¿cuánto le costó escribir “Maquiavelo. El complot”?
R.- Generalmente, cuando vas a escribir una novela histórica, sueles investigar primero. Y cuando ya has adquirido las nociones necesarias, te metes en el proceso de escritura. Pero con “Maquiavelo” no fue así. Antes de empezar este libro, realicé varios viajes a Florencia ya que había cosas que se me escapaban.
Sobre Maquiavelo hay muchas cronologías ya que es un hombre que dejó todo escrito sobre sus viajes y otras tareas políticas. Pero siempre se había hecho un acercamiento a este personaje en relación al dato. Mi intención era acercarme a un Maquiavelo humano y contextualizado. Porque a él no se le puede estudiar por separado; hay que entender el entorno histórico y cultural en que él vivió, que está íntimamente relacionado con su obra y su pensamiento.
P.- ¿Piensa que Maquiavelo fue un personaje adelantado a su tiempo, o simplemente fue una persona un poco incómoda y atrevida?
R.- Es todo eso. Es un adelantado a su tiempo y también un personaje incómodo. Fue una persona de una cultura vastísima. Y es curioso porque él combina el estudio de la historia pasada (fue gran admirador de los griegos y de los latinos). Fue un estudioso del legado clásico impresionante. Pero también de la obra de Dante y Petrarca.
Maquiavelo fue, no obstante, un hombre que también se obsesionó con la realidad y con estudiar el presente. La política era para él el estudio de lo presente. Por eso conocía tan bien el pasado, para entender el presente y poder construir así unas coordenadas para el futuro.
Por esto, Maquiavelo es un adelantado a su tiempo. Lanza unas teorías que suponen una transgresión con respecto a la forma de entender entonces la política. Y además es un hombre que rebasa determinadas fronteras sociales ya que él no tenía linaje, y entonces se dedicaban a la política los que pertenecían a una familia de renombre. Él, aunque logra un cargo político, no pierde el contacto con el pueblo porque no utiliza su posición para enriquecerse. Además, tiene un vicio. Odia la hipocresía y no puede callar la verdad.
Esto le granjea, por un lado, muchas simpatías por parte del pueblo, pero, por otro, le hace crearse muchos enemigos entre los gobernantes del momento. Es un adelantado también porque es el primero en la era moderna que estudia el carácter de los gobernantes. Y no en relación a los hechos, si no que estudia la implicación que tiene el carácter del político en las decisiones que toma en cada momento.
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Lasala es también una apasionada de Al-Andalus |
P.- Entonces, ¿podemos decir que la fama de ser desalmado y “maquiavélico” se la pusieron sus contemporáneos?
R.- Maquiavelo no fue “maquiavélico”. Él decía que era un poeta y un literato. Era un hombre con una gran sensibilidad. Su entorno sí que era maquiavélico. La Florencia renacentista era un entorno durísimo. Este hombre no es “maquiavélico”.
Este término lo empiezan a emplear treinta o treinta y cinco años después de su muerte como forma de desprestigiarle. Maquiavelo sufrió un exilio. Le prohibieron hacer política y le exiliaron, como a Dante. Él fue un gran admirador de este intelectual y, de alguna forma, siguió su mismo guión de vida. Entonces se dedica a escribir, porque dice que, si no puede alzar su voz para dar los consejos políticos que él cree está tan preparado para dar, por lo menos escribe.
Así toca todos los géneros literarios que hay. Esto le granjeó una gran fama, gracias a sus obras teatrales, a través de las que denunciaba la hipocresía y la corrupción del momento que le tocó vivir. Maquiavelo se hizo así muy famoso, pero también se granjeó muchos enemigos políticos.
Además de tener escasos recursos y de intentar retomar la relación con el gobierno posterior a los Médicci, se le acumulaban las denuncias. Y todo esto en un momento en el que la Inquisición empezaba a tomar mucha importancia, y les faltó tiempo para decir que las palabras de Maquiavelo se las dictaba el diablo.
P.- Cuando dice que Maquiavelo vive un presente que no está dispuesto a sacrificar por un poder ficticio, ¿está haciendo una crítica a la Iglesia?
R.- Bueno, hay que contextualizar. En el momento del que hablamos, Italia era entonces una serie de estados que rivalizaban entre sí. El Estado Pontificio se gobernaba como otro estado más. Los papas eran entonces gobernantes sometidos a sus propias corrupciones. La utilización del poder político al servicio de intereses personales es lo que denuncia Maquiavelo. Bajo cualquier forma política que se pueda entender. Porque él es un republicano convencido, y es lo más revolucionario en ese momento. Y se agota diciendo que la política no puede separarse de un objetivo primordial: el bien común por encima de cualquier interés personal.
Entonces, en ese momento, la Iglesia está a cargo de unos dirigentes totalmente corruptos, porque están al servicio de sus intereses personales. Abandonarse a su propio encumbramiento, a sus propios placeres mundanos…Siendo que Maquiavelo no es religioso, sí es un hombre muy coherente cuando está denunciando a estas personas que flaco favor están haciendo a las personas realmente convencidas de esa religión.
Además, tiene muy claro que hay que separar la religión de la política. No está de acuerdo con la utilización política de Dios. Y por un lado denuncia la utilización del poder por parte de las altas familias, y también la corrupción que hay entre las esferas políticas. Entonces es normal que en la corte papal, la obsesión de todos los gobernantes es hacerlo callar.
Lo que Maquiavelo pretende es que la conciencia de los estados italianos adquieran una unidad. En ese momento, ya hay algunos casos en los que se ha logrado, como es España, Francia o el imperio germánico. Él ve que si los territorios italianos no se unen, van a ser pasto de la ingerencia de los estados colindantes.
Es revolucionario su mensaje en ese momento porque lo que está diciendo es que los estados italianos deben olvidar sus diferencias y unirse. Es decir, que se olviden del concepto de estado ciudad y empiecen a concebir lo que es un estado nación, y que sólo así estarán a salvo de esa ambición de poder de los estados extranjeros.
P.- ¿Por qué eligió a Maquiavelo para su siguiente trabajo?
R.- Por varias razones. Como personaje me apetecía mucho para ver hasta dónde llegaba el tópico, hasta dónde era cierta esa idea que nos han creado de Maquiavelo. Me parecía un personaje riquísimo.
Pero también porque él está inmerso en una época fascinante para mi. Una época en la que conviven personalidades como Leonardo da Vinci o Miguel Ángel Bounarroti, y algunos de los miembros más gloriosos que dio la familia Médicci. Es un momento muy rico en personajes, los cuales se han solapado unos a otros.
Y me apetecía mucho hacer el retrato de la época con el hilo conductor de Maquiavelo, para desentrañar su personalidad, su contenido humano, su tópico y su manipulación. Y entenderlo todo en ese mosaico tan rico de matices y de personajes gloriosos que fue el Renacimiento. Relacionar a Maquiavelo con todo esto no se había hecho casi nunca. Y te llevas algunas sorpresas cuando descubres que fue muy amigo de Lenonardo, que él estuvo presente en el momento en el que se colocó la estatua de David, de Miguel Ángel en la plaza de la Signoría…
Parte del título es una frase descontextualizada del propio libro porque, dado que a Maquiavelo se le conoce por frases descontextualizadas, quería hacer ese juego, demostrando cómo así también se puede conocer otra visión de las cosas.
Esta novela esta construida en cuatro partes, las de la novela clásica, pero es un guiño también a la arquitectura renacentista, que se basa en ese número, el cuatro, que es la terrenalidad. Así he creado una novela con una estructura muy firme.
Al principio de la novela se van esparciendo todas las piezas y, poco a poco, van cuadrando, de forma que al final llegas a tener una visión global de la historia. Vas entendiendo cómo cada pieza tiene su sitio. Tiene un final amorosamente construido. Al acabar la novela tienes la sensación de que has aprendido mucho más de lo que la mera palabra puede mostrarte.
P.- El poder de la palabra, ¿cree que es innato o se puede cultivar?
R.- De todo un poco. Creo que hay algo que te prepara naturalmente para lo que tienes que hacer. Y, en la medida en la que cada uno va descubriendo para qué ha sido llamado, vas adquiriendo esa práctica y ese hábito de cultivo.
Todo forma parte del mismo proceso. Yo creo muchísimo en la inspiración y en el instinto, pero un poco combinados con el trabajo. Como no somos sólo una cosa, si no un compendio de varias. Lo interior, lo exterior… Y en la medida en que conectamos con ese interior, eso te permite conectar con el exterior.
A veces digo que la inspiración es un músculo que se desarrolla con la práctica y con el tesón. Y yo con respecto a esto tengo la suerte de que me encanta trabajar en lo que estoy haciendo. Entonces, ¿dónde empieza y dónde acaba este proceso? Pues no sé, simplemente estoy deseando ponerme a trabajar porque es una realimentación constante.