Laura Agustí (Valdealgorfa, Teruel, 1980) no sabría decir cuál es su árbol favorito. Se debate entre el roble, por la forma en que crecen sus hojas, o el abeto azul por su color casi mágico. Mágico como los poderes curativos de ese mejunje de azafrán y planta de San Juan con el que su abuela Pilar curaba los desánimos o los aceites esenciales que su hermana Marina utiliza para calmar las rabietas de su hija. A decir verdad, la ilustradora sí que tiene un árbol favorito, el genealógico, especialmente las mujeres de su vida que son las que han dado forma y sentido a su nuevo libro.
"Furor botánico" no un libro de ilustraciones, tampoco una novela. Algunos lo definen como "un relato preciosista" y otros como un "cuaderno de explorador". En sus páginas, el lector lo mismo se encuentra la forma de elaboración de la tisana, un listado de plantas que requieren "cuidados exquisitos" frente a otras de cuidados más sencillos o esos recuerdos asociados a las plantas que Laura Agustí lleva siempre guardados.
"Quería hacer un libro de plantas desde hace mucho tiempo. La idea inicial era otra, era dibujar las flores que más le gustaban a mi abuela y había una especie de introducción donde yo escribía una carta y hablaba de esa pasión que tenemos todas las mujeres de la familia por lo mismo. Mi editora no quería hacer solo un libro con imagen, quería que hubiese un texto, una historia, entonces empecé a pensar qué es lo que podía contar".
Lo que podía y, de hecho, contó Laura Agustí en el libro era ese momento en que, tras 20 años viviendo en una gran ciudad como Barcelona decide mudarse a un pequeño pueblecito del Pirineo, Nevà (de unos 50 habitantes). "Iba a hacer una mudanza en ese momento y estaba súper preocupada por mis plantas, de cómo me las iba a llevar, de ver si en ese sitio al que iba estarían bien... Viví esa mudanza con mucho miedo, sobre todo en lo social, porque pasé de tener a mis amigas en la misma calle a, de repente, tenerlas a dos horas".
"Pero teníamos muchas ganas de perder un poco de vista los ruidos de la ciudad y dejar de vivir deprisa, teníamos ganas de vivir un poco más lento y menos estresados. Lo que más echo de menos en Barcelona es a mis amigas pero a la ciudad voy cuando quiero. Bajo a ver un concierto, una exposición...No me veo volviendo a la ciudad, quizás en 10 años ya me he aburrido de esto, pero no lo creo".
De los remedios, siempre a base de flores, hierbas y plantas de su abuela a esa primera mujer botánica del mundo que tuvo que disfrazarse de hombre para dar la vuelta al mundo, el libro mezcla dibujos con recuerdos. "Algunos de los momentos más felices que he vivido en relación a las plantas. Mi abuela tenía una terraza enorme, llena de plantas y cada vez que venía el frío teníamos que bajarlas a otro lugar para que no se congelaran en el invierno. Hacíamos cadena en familia, nos íbamos poniendo por tramos e íbamos pasando todas las macetas porque había que bajarlas dos pisos para abajo. Ese momento me encantaba porque mi abuela se ponía súper nerviosa de que no se rompiera ninguna planta. Era gracioso cuidarlas tanto. Desde bien pequeñita me inculcaron mucho el amor por las plantas y el cuidado".
Entre animales y plantas (lo que, dice, forman parte de su universo), el libro también tiene tintes de crítica. "El tema de los alquileres en Barcelona es una locura. A nosotros no nos renovaron nuestro contrato de alquiler y de alguna manera esto implica que las ciudades están expulsando a gente. Parecen parques temáticos. En Barcelona hay muchísimo guiri, mucho extranjero, muchísimos pisos turísticos. Vives con el miedo de que te echen para poner un piso turístico".