Travesía en la región de los Annapurnas

Solamente catorce montañas sobrepasan los 8.000 metros de altura en el mundo. Todas ellas están situadas en el continente asiático, en el Himalaya y su prolongación natural, el Karakorum. Su conquista forma parte de la épica del deporte de aventura. El cuerpo humano no está hecho, fisiológicamente hablando, para vivir normalmente a esas cotas tan extraordinarias, por lo que la ascensión a estas cumbres comporta una preparación física y una adecuación especiales. Pero junto a esto, el Himalaya siempre ha ejercido un atractivo especial por su lejanía, sus culturas y sus paisajes fascinantes. No es posible concebir un viaje a pie, un trekking, sin caminar entre estas cimas, sin recorrer sus valles y aldeas remotas, sin reflexionar sobre el modo de vida de sus gentes. El itinerario aquí descrito es ideal para una primera incursión en el Himalaya nepalí; un viaje que puede realizarse en quince días, si no se dispone de más tiempo libre. La travesía total se hace en siete etapas, cómodas aunque largas algunas de ellas, a través de buenos senderos y con adecuada infraestructura para alojarse y avituallarse, ya sea en lodges en las aldeas que encontramos, o en tiendas de campaña suministradas por la compañía de trekking que contratemos.
- Vea aquí el mapa de esta travesía
Es media tarde del 1 de noviembre cuanto empezamos a ser conscientes de que el viejo sueño de palpar de cerca el Himalaya se hace realidad y de que el viaje se diseña con múltiples perfiles que van mucho más allá de lo meramente montañero, para vivir un contraste intenso de paisaje, biodiversidad y cultura. Y sentimos todo esto, en esta agradable tarde del otoño nepalí, cuando nos sumergimos en el bullicioso mundo que surge a nuestro alrededor en el trayecto desde el aeropuerto hasta el céntrico barrio de Thamel en Kathmandu.

Vemos una explosión del abigarrado modo de vivir que exhalan algunas urbes del tercer mundo, el caos de tráfico de viejos vehículos, las bicicletas y rickshaws, motos e isocarros, el sonido ininterrumpido de cientos de claxons, la contaminación agobiante, los tenderetes por doquier de las cosas más inverosímiles, los olores inclasificables, los peluqueros callejeros… Aquello rápidamente nos recuerda que venimos de un área del mundo privilegiada, y nos hace pensar a los occidentales que hemos tenido la fortuna de poder ir allí acerca de lo mucho que queda por hacer para promover un auténtico desarrollo en estos países, que sustentado en programas educativos, de salud y de promoción económica, respetando y preservando su identidad cultural, pueda terminar con el atraso tremendo que se respira.

Kathmandu es una ciudad fascinante, con ricos tesoros arquitectónicos, que conjuga admirablemente las dos grandes corrientes culturales y religiosas de Nepal -la hindú y la budista- corrientes que conviven juntas, en total espíritu de armonía y tolerancia. Hay una mezcolanza de magníficos palacios y construcciones en las plazas reales de Bhaktapur y Patan, y de manifestaciones religiosas como las cremaciones hindúes que se suceden ininterrumpidamente a orillas del río Bagmati, junto al santuario de Pashupatinah, o las oraciones budistas de cientos de adeptos en torno a la gran `stupa´ del barrio de Bodnath.

Dhaulagiri desde Muktinath

Esta coexistencia sin problemas importantes entre budistas e hindúes amortigua las convulsiones terribles que el problema religioso y étnico ha generado en otras partes del mundo. El fundamentalismo, la intolerancia con las creencias ajenas, la intransigencia más feroz se han instalado en la última década con tal virulencia, que los conflictos políticos, económicos y territoriales se revisten de diferencias acerca del hecho religioso, y ésta es la mecha que ha puesto en marcha guerras fratricidas donde los muertos son incalculables y la devastación de amplias zonas, interminable.

La desintegración de la antigua Yugoslavia, con las guerras en Bosnia, Croacia y Kosovo lo atestiguan. El conflicto entre judíos y palestinos, entre India y Pakistán en Cachemira, entre cristianos y musulmanes en diferentes países africanos, el fanatismo de los talibán en Afganistán… La mezcla de la identidad religiosa excluyente y del nacionalismo no menos excluyente nos ha devuelto por momentos al siglo XIX y nos ha hecho comprender que, a pesar de la caída del muro de Berlín y de la distensión en la carrera armamentística nuclear de lo que fueron los grandes bloques de poder en el pasado siglo, la nueva situación es aún más incierta y el mundo menos seguro. El papel que debe de desempeñar la educación es clave para alejar al conjunto de la sociedad de esta senda de fanatismo e intolerancia. Mientras existan escuelas de adoctrinamiento donde se pretende inculcar que nuestras creencias son las únicas verdaderas, y que la “guerra santa” es el medio de purificar el mundo, poco podremos esperar. Y menos aún si las grandes potencias del mundo desarrollado no vinculan su política exterior al más escrupuloso respeto de los derechos humanos y de la libertad personal.

Chorten en monasterio.Muktinath

UN PAISAJE IDÍLICO AL PIE DEL ANNAPURNA

Dejamos la capital rumbo a Pokhara, la ciudad más conocida del Himalaya nepalí, junto al idílico lago Pehwa y al pie del macizo del Annapurna donde va a desarrollarse nuestra travesía. En nuestra primera inmersión en estas montañas hemos elegido un trekking que atraviesa el Himalaya de norte a sur, siguiendo durante buena parte del mismo la garganta del río Kali Gandaki, la más profunda de la Tierra, ya que podremos contemplar desde el fondo de la misma el Dhaulagiri (8.167 metros) y el Annapurna I (8.091 metros), separados entre sí apenas 35 kilómetros y con un desnivel que supera los 5.600 metros.

En una pequeña avioneta de hélice aterrizamos en una pista de tierra en Jomsom, a 2.710 metros de altura, donde nos espera Bhuwan, nuestro guía y el resto del equipo, cocinero y porteadores. Bhuwan tiene unos 25 años de edad, es de religión hindú y estudia música en la Universidad de Kathmandu.

Dhaulagiri desde Khobang

Es uno de los poquísimos ciudadanos nepalís que ha tenido acceso a la educación superior, que consigue pagar gracias al trabajo de guía que lleva a cabo en verano en estas montañas, trabajando para una de las mejores empresas organizadoras de trekkings en Nepal. Estudiar es aquí, todavía, excepcional, en un país que está entre los diez más pobres del mundo, con una alta tasa de natalidad y analfabetismo y donde la orografía dificulta enormemente la construcción de infraestructuras. Casi todo se traslada porteando y con el apoyo de una red de pequeñas pistas de aterrizaje, en estado precario, diseminadas por algunas partes del país. La aparición del monzón cada verano devasta algunos años las pocas carreteras existentes y destruye sistemáticamente las barriadas marginales de las ciudades.

Una vista deslumbrante de la cara norte del Nilgiri, un siete mil, nos revela un mundo de montañas de dimensiones extraordinarias. Esta parte, al norte de los Annapurnas, es una región árida, casi sin vegetación, de características geomorfológicas tibetanas donde viven personas de etnia thakali, afables y serviciales, que te reciben siempre con una sonrisa y que te saludan con un `namaste´, palabra nepalí de saludo y bienvenida, y que durante siglos se han dedicado a comerciar con el Tibet, hoy bajo administración china.

Esta zona de paisaje abrupto, profundamente erosionada por el río Kali Gandaki, atraviesa poblados antiquísimos como Kagbeni o Jharkot, con pequeños monasterios budistas, y en los que se encuentran todos los elementos de esta cultura, mitad religión, mitad filosofía: puertas budistas, piedras `mani´ (grabadas con la inscripción `om mani padme hum´), banderas y ruedas de oración.

Balconada en Khobang

DHAULAGIRI: UNA HERMOSA PIRÁMIDE BLANCA

Al cabo de dos días llegamos a Muktinath, a casi 4.000 metros de altura, desde donde contemplamos la bellísima pirámide blanca del Dhaulagiri, y otras muchas cumbres de 6.000 y 7.000 metros, entre las que destacan el Yakawa Kang y el Tukuche. En esta aldea encontramos juntos templos budistas e hinduistas, como signo de la convivencia civilizada ya descrita.

Nos recreamos siguiendo las evoluciones de una pareja de quebrantahuesos. En Kagbeni, hacia el norte, hemos dejado el acceso al enigmático reino de Mustang, donde viven unas ocho mil personas, con su propio rey “honorario”, que no fue abierto a las visitas de occidentales hasta el año 1992. Como prueba de lo arcaico de su cultura baste decir que las cerillas no se conocieron hasta hace pocos años y que las supersticiones forman parte de su vida cotidiana.

Esta época del año, el postmonzón, –de las mejores para ir a esta parte del Himalaya- nos obsequia con un tiempo espléndido, de cielos de un azul intenso, de noches estrelladas, de mediodías templados y de amaneceres muy fríos, que se mitigan en sus rigores con los magníficos tés calientes que cada mañana nos traen a nuestra tienda de campaña.

Annapurna desde Kalopani

Cada día caminamos una media efectiva de seis a siete horas, por buenos caminos que hacen muy llevaderos los fuertes desniveles que algunos días hay que superar. Pensemos que en estas remotas áreas del Himalaya, todo se hace porteando desde hace siglos y eso ha contribuido a desarrollar una buena red de caminos, que son esencialmente rutas de comunicación. Encontramos a lo largo del itinerario decenas de caravanas de mulos y porteadores que transportan todo tipo de cosas insólitas, desde vigas de madera hasta mesas y sillas, pasando por jaulas con pollos vivos que se venden por las diferentes aldeas dispersas en estas alturas.

En nuestro camino hacia el sur, siguiendo el curso del Kali Gandaki, nos cruzamos con peregrinos hindúes, que mal equipados y con peor calzado, hacen la ruta en sentido inverso, hacia Muktinath, donde se encuentra un templo hindú, que es centro de peregrinación de referencia para los que profesan esa religión, una especie de “la Meca” para ellos, y que trae aquí a cientos de personas desde todo el subcontinente indio.

BOSQUES DE CONÍFERAS Y TEMPLOS BUDISTAS

A partir de Marpha (2.670 metros) el paisaje cambia. La vegetación aparece, los bosques de coníferas se prodigan, y alrededor de los pueblos se encuentran huertos bien cultivados de manzanos, a partir de los cuales preparan un licor que venden por doquier. El paisaje se vuelve menos duro, más verde, y el río pronto se encajona, impetuoso, e intuimos la fuerza tremenda que debe de tener durante las lluvias monzónicas del verano cuando observamos los grandes deslizamientos de tierra en muchos tramos de la garganta.

Dhaulagiri desde Kalopani

Marpha es un pueblo hermoso, blanco, con un sistema propio de drenaje de aguas residuales, con balcones y ventanas de madera exquisitamente labrados y con un magnífico monasterio budista, en el que tenemos la suerte de asistir al festival que empieza ese día, con un baile de máscaras acompañado por música ritual y con la presencia de todo el pueblo.

Contemplando estos bailes y estas celebraciones nos preguntamos sobre el porvenir de estas culturas que han sobrevivido durante cientos de años gracias al efecto de frigorífico cultural que implican la lejanía y el aislamiento físico de las montañas. Un elevado número de personas del llamado primer mundo pasamos por estas aldeas con nuestras señas de identidad propias en el vestir, comer, y en el equipamiento que nos acompaña –buen calzado y vestido, material fotográfico y de vídeo, equipos de música, etc.-. Ellos nos miran asombrados. Somos los “ricos” que, desde muy lejos, distancias inconcebibles para ellos, venimos a observarles con curiosidad, a “invadir” su territorio. Hemos llegado aquí atraídos no sólo por este paisaje y por estas cumbres, también por estos elementos sociológicos y antropológicos. Pero, ¿no tienen acaso derecho al progreso, a la modernidad? Pero ¿qué es la modernidad? ¿Cómo saber conjugar el desarrollo y la preservación de la maravillosa identidad cultural de estas gentes y de su entorno natural?

A este reto, que se une al de la protección de la biodiversidad, han tratado de responder varias iniciativas interesantes. La primera fue la aprobación de la llamada Declaración de Kathmandu, aprobada por la Comisión para la protección de la montaña de la UIAA (Unión Internacional de Asociaciones de Alpinismo) que contiene una serie de objetivos que dan respuesta a los interrogantes suscitados. Éste es el

Niños en Khokekanti

contenido de la Declaración:

1. Proteger de forma eficaz el entorno de la montaña, su flora, su fauna y sus recursos naturales.
2. Reducir el impacto negativo de las actividades humanas.
3. Respetar la herencia cultural y la dignidad de las poblaciones locales.
4. Estimular las actividades que restauren y rehabiliten el mundo de la montaña.
5. Fomentar el contacto entre montañeros de países diferentes dentro de un espíritu de amistad, de mutuo respeto y de paz.
6. Difundir la información y la educación para mejorar las relaciones entre el hombre y su entorno.
7. Utilizar solamente tecnologías que respeten el ambiente ecológico para las necesidades de energía y la eliminación de basuras.
8. Apoyar a los países montañosos en vías de desarrollo en el sentido de la conservación de su entorno.
9. Favorecer el acceso a las regiones de montaña, sin obstáculos de naturaleza política.

La segunda iniciativa, de carácter eminente práctico, ha sido la declaración como espacio protegido del Área de Conservación del Annapurna. A partir de la década de los 70 el Himalaya nepalí empezó a sufrir una avalancha creciente de personas que llegaban para hacer trekking en las inmediaciones de los ochomiles más conocidos gracias a las grandes gestas montañeras del siglo XX. Gentes procedentes de los países más desarrollados del planeta. Un país del tercer mundo, como Nepal, estaba mal preparado para canalizar y encauzar adecuadamente la presión ambiental que sobre sus ecosistemas tendría esta riada humana; un país en que la espiral de crecimiento demográfico ya implicaba por sí misma una deforestación creciente para ganar tierras de cultivo, con los subsiguientes riesgos de erosión y avalanchas.

Estos problemas se acentuaron en los años 80 en las áreas más sensibles, en tanto en cuanto eran las más visitadas. Entre ellas la región de los Annapurnas, con numerosos trekkings que pronto se popularizaron, tales como el de Jomsom, vuelta a los Annapurnas o el

Cerezo silvestre en flor

llamado del Santuario. Fue el propio gobierno nepalí, a través de su organismo para la protección de la naturaleza, quien propuso en 1986 la creación del Area de Conservación del Annapurna (ACAP), un modelo de gestión más amplio que el tradicionalmente conocido de Parque Nacional que se aplica en otras partes del mundo y, particularmente, en la región del Everest.

El ACAP, que cuenta con la colaboración de la organización no gubernamental WWF, se ha revelado en estos quince años como un medio eficaz de conservación del medio natural, de prevención de desastres ambientales y de progreso para la población que vive en el interior del área; un ejemplo magnífico de desarrollo sostenible en el tercer mundo, del que se pueden extraer lecciones para preservar cualquier ecosistema de los muchos que hoy están amenazados en todas partes por un modelo de crecimiento que sólo contempla rentabilidades económicas.

La clave de la gestión ha sido ganar la comprensión y complicidad de las poblaciones asentadas en el territorio protegido, una labor difícil en la que cada objetivo cumplido ha ayudado a entender una idea fundamental: un espacio natural protegido es también una infraestructura que bien gestionada crea bienestar en toda su área de influencia socioeconómica y no mata prematuramente la gallina de los huevos de oro.

SENSIBILIZAR A LA POBLACIÓN

Niña en Shika

El ACAP ha establecido una contribución económica que toda persona que va allí a hacer un trekking debe pagar para obtener el permiso correspondiente. Estos recursos se han dedicado -siempre de acuerdo con las comunidades locales- a mejorar infraestructuras básicas, como caminos, puentes colgantes, minicentrales para suministro de electricidad, teléfono, redes de abastecimiento de agua y saneamiento, así como a desarrollar una red de centros sanitarios y educativos.

Junto a esto se ha llevado a cabo una impresionante tarea de sensibilización ambiental de la población, formándola para la gestión hostelera, incentivando la instalación de refugios y hospederías en lugares determinados –regulando una especie de urbanismo-, acordando una política homogénea de precios y tarifas y prohibiendo en las zonas más sensibles el uso de la madera como combustible para cocinar y calentar los edificios, sustituyéndola por queroseno proporcionado por la administración del ACAP, evitando la deforestación incontrolada. Un procedimiento de recogida y gestión de basuras y residuos, junto con la enseñanza del inglés como idioma relacional, completan el cuadro de actuación en estos años.

Es evidente que es mucho lo que queda por hacer, y que hay errores y disfunciones a subsanar. Pero se ha mejorado claramente el estatus medioambiental de la región, detenido el proceso de deterioro, y creado unas mejores expectativas de calidad de vida para una población que era sólo agraria, y que ahora diversifica su actividad en el marco de un desarrollo más sostenible.

Dhaulagiri desde Poon Hill

Nos gusta visitar estas montañas maravillosas, conocer a sus gentes, disfrutar de su legado cultural y contribuir a mejorar su nivel de vida. Seamos conscientes de que preservar todo esto para las futuras generaciones, no hubiera sido posible sin un proyecto como el que ha supuesto el Area de Conservación del Annapurna, ejemplo paradigmático de lo que puede suponer una política adecuada de espacios naturales protegidos.

CEREZOS EN FLOR, PALMERAS, LIMONEROS Y NARANJOS

A partir de Marpha iniciamos un prolongado descenso hasta Tatopani, cambiando de escenario ambiental y de cultura. Son poblados de etnia gurung y magar, hindúes todos ellos, con arquitectura más simple en sus viviendas. En el camino encontramos lugares asombrosos como Khobang (2.640 metros) con una vista magnífica del Dhaulagiri y su gran glaciar de la cara este, más conocido como la cascada de hielo, o Kalopani (2.530 metros), donde se revela espléndida la espectacular cara oeste del Annapurna I y del Fang, junto a otras montañas próximas. Conforme descendemos la vegetación cambia sorprendentemente y hay que mirar al cielo, hacia las cumbres, para convencerse de que esto es el Himalaya.

Encontramos cerezos en flor, palmeras, plataneras, flores de Pascua y lo más asombroso, limoneros y naranjos que nos ofrecen deliciosos frutos que se parecen a nuestras mandarinas. Cuando llegamos a Tatopani (1.190 metros), descubrimos unas sorprendentes piscinas de aguas termales, que brotan allí mismo, con la desagradable sorpresa de que nuestros porteadores llegan después del horario de cierre de las mismas, privándonos de nuestro bañador para haber podido tomar un relajante baño tan necesario después de varios días de travesía.

Salida del sol sobre los Annapurnas

Dejamos aquí el curso del Kali Gandaki y regresamos hacia Pokhara a través del collado de Ghorepani (2.860 metros), con una subida a Poon Hill, una modesta cumbre de 3.200 metros, pero con una de las vistas más extraordinarias que pueden encontrarse en todo el Himalaya. Se trata de una larguísima ascensión de dos mil metros de desnivel, en dos etapas, que nos deja en la cima justo antes del amanecer.

No hay palabras para describir la llegada del día y la salida del sol sobre este elenco de bellísimas montañas, de siete y ocho mil metros, que conforman los macizos del Annapurna y del Dhaulagiri. Sentimos una especial emoción. Son esos momentos excepcionales que sólo se viven alguna vez en la vida y que dan sentido al esfuerzo que esta noble actividad de la montaña entraña.

LA TRISTEZA DEL DHAULAGIRI

Por su altura, perfil y ubicación destaca la presencia formidable del Dhaulagiri y su cara sur. Maravillados ante esta montaña, jamás podíamos imaginar que dos años después nuestro buen amigo y gran alpinista Pepe Garcés perdería allí la vida. Garcés era un ejemplo para toda una generación de montañeros aragoneses que admiraban su

Bosque de rodonderos en Gorepani

trayectoria deportiva y sobre todo, su calidad humana. Pepe siempre estaba dispuesto a colaborar en cualquier actividad relacionada con el alpinismo y sus consejos fueron siempre muy útiles para mis viajes a los macizos de montaña extraeuropeos. Él había vivido muy de cerca grandes tragedias, como la del K2 en 1995, en aquella expedición que logró la cumbre –tuve el honor de entregarles aquella primavera la bandera de Aragón que ondearía en lo más alto- y en cuyo descenso fallecieron personas de la talla de Javier Escartín, Lorenzo Ortiz y Javier Olivar.

El propio Pepe les rindió su particular homenaje y tuvo el arresto de volver en el año 2001 a aquel escenario y subir al K2 en compañía de Carlos Pauner. Pero el Dhaulagiri segó en seco la vida de este hombre que era puro entusiasmo y pasión por la montaña. Era consciente de que a pesar de su gran preparación, un mínimo descuido, un fallo insignificante a esas alturas podía significar lo peor. Me lo comentó, tomando un café, poco antes de partir hacia el K2. Todavía estoy viendo el bellísimo Dhaulagiri. Allí está Pepe para siempre. En la tumba más hermosa que sólo los más valientes pueden soñar… Si el cielo existe, Pepe tiene allí, feliz, un lugar indiscutible.

Macchapucchare desde Biretanti

El descenso a través de un espeso bosque de rododendros de más de diez metros de altura es magnífico. Cuentan que en primavera este bosque luce espléndido de colorido en las miles de flores de rododendro. Aldeas dispersas salen a nuestro paso entre infinidad de bancales de tierra dispuestos en terrazas en los que se cultiva el arroz, el alimento básico en Nepal. En Birethanti (1.080 metros), último lugar donde instalamos nuestro campamento, disfrutamos de una bella puesta de sol sobre el Machhapuchhare (6.997 metros) una montaña que está considerada como una de las más hermosas del mundo, y cuya escalada está prohibida por ser considerada sagrada para los nepalíes y morada de sus dioses .

Al día siguiente concluye nuestro trekking. Mientras remamos en las plácidas aguas del lago de Pokhara, con las últimas vistas de los Annapurnas, y a punto de volver a España, bullen en nuestra cabeza cientos de imágenes y de momentos inolvidables. Todavía hoy resuena en nuestros oídos la flauta de Bhuwan, deleitando una inolvidable sobremesa en Sikha, a la sombra del omnipresente Dhaulagiri, bañados por la luz cegadora del Himalaya, en medio de un mundo mágico que ha quedado en nuestros corazones y que nos invita a retornar otra vez.