La travesía del Aneto
12 de noviembre de 2002 (12:10 h.)
El Aneto, con sus 3.404 metros de altura, es el gran monarca de los Pirineos. No es una montaña que llame la atención por su figura esbelta o solitaria. Es la más alta de un gran macizo, el de la Maladeta, con más de una docena de cumbres que sobrepasan los tres mil metros; es un mirador excepcional de esta parte de la cordillera; es la morada de los más importantes glaciares que perviven en el Pirineo español, y los más meridionales de Europa. Es, en consecuencia, el faro que llama a conocer este reino de la alta montaña por antonomasia. En una travesía de dos días, que hacemos a principios de julio, en el inicio de la temporada estival, vamos a conocer de la mejor manera posible las dos grandes vertientes del Aneto y sus alrededores.
Desde Benasque, siguiendo la carretera comarcal A-139, remontamos el curso del río Ésera, hasta los Llanos del Hospital (1.754 metros) donde se ubica el rehabilitado Hospital de Benasque, ya en el interior del Parque Natural Posets-Maladeta. Siendo un chaval he dormido en varias ocasiones en lo que fueron las ruinas del antiguo hospicio, que durante siglos albergó a cientos y cientos de personas que aquí pernoctaron en su largo viaje entre Benasque y Luchon, en la parte francesa, a través del Portillón de Benasque. Sorprende todavía hoy contemplar las fotos de principios del pasado siglo XX del Hospital y las gentes de toda condición que por aquí iban a comerciar e incluso a festejar con la prometida que esperaba, posiblemente ansiosa, tras las montañas.
El trabajo de recuperación del viejo Hospital y su conversión en un confortable hotel de montaña ha dado un impulso notable a esta parte del Parque. Uno de los mejores circuitos de esquí de fondo de España tiene aquí su emplazamiento. La estación de los Llanos del Hospital es hoy una de las señas de identidad del valle de Benasque y un reclamo evidente para visitar esta parte del Parque Natural en invierno. Todo ello ha sido posible gracias al espíritu emprendedor de personas como Jorge Mayoral y sus socios, que a pesar del enorme esfuerzo inversor realizado, han sabido respetar en la rehabilitación la memoria histórica del edificio y promover la práctica de una actividad deportiva como el esquí de fondo, totalmente respetuosa con el entorno, y que permite disfrutar de paradisíacos paisajes invernales con un esfuerzo que cada cual puede graduar a su gusto.
Aquí, en el Hospital, emprendemos nuestra travesía. La primera jornada la vamos a dedicar a obtener una visión panorámica de todo el macizo de la Maladeta, para lo que recorremos, precisamente, el sendero histórico hasta el Portillón de Benasque. Desde el extremo superior del Plan del Hospital, dejando a la derecha la bifurcación debidamente señalizada que va a la Renclusa, el camino sube en cómodos zig-zags por la vertiente sur de Peña Blanca.
EL CONJUNTO MÁS GRANDIOSO DE TODO EL PIRINEO
Se encuentran las ruinas de casa Cabellut y tras un último repecho se alcanza el paso fronterizo. El Portillón (2.445 metros) es una brecha abierta en plena cresta divisionaria entre España y Francia. Hacia la vertiente francesa se pueden ver los lagos Boms du Port y la bajada a Luchon. En poco menos de una hora continuamos la ascensión al pico de Salvaguardia (2.738 metros) por una senda que trepa, en rodeos cortos, por la vertiente española, y que salva un paso aéreo en la roca con ayuda de una cadena metálica. La vista es majestuosa; uno de los mejores observatorios de toda la vertiente norte del gran macizo de la Madaleta, desde el Aneto hasta el pico de Alba, con sus glaciares y crestas graníticas. Pero también desde aquí luce espléndida toda la cadena fronteriza y el Perdiguero, con una visión completa del alto valle de Benasque. La subida al Salvaguardia es una de las más recomendables de todo el Pirineo, muy asequible a todo el mundo y que depara una de las panorámicas de conjunto más grandiosas de toda la cordillera. Los vecinos franceses lo saben bien y no nos sorprende que en la hora larga que estamos en la cumbre más de treinta personas de esa nacionalidad se acerquen allí.
Con pesar descendemos de ese mirador singularmente bello. En las ruinas de casa Cabellut dejamos el camino de subida y tomamos uno que se dirige hacia el este, bajo el pico de la Mina, y que en amplias lazadas lleva a los llanos de la Besurta (1.897 metros), al final de la carretera de montaña asfaltada.
En estos primeros días de verano sorprende al viajero no ver aquí ningún automóvil privado estacionado. Hace años, en los meses de verano, en esta zona tan próxima al Aneto, se vivía un auténtico caos de tráfico con coches aparcados por las praderas y cunetas, con un impacto visual paisajístico deplorable. La declaración del Parque Natural Posets Maladeta y la actitud claramente constructiva de los miembros de su Patronato han permitido establecer unas medidas de regulación que han redundado en una mejora sustancial de las condiciones medioambientales del área.
Un transporte público traslada a los turistas y montañeros hasta la Besurta. Se han creado así unos puestos de trabajo –conductores, vigilantes- y se evita la concentración de vehículos en este sector del Parque, que recupera su estado más natural y que constituye un buen precedente exportable a otros lugares con análoga problemática.
La subida hasta el refugio de la Renclusa (2.140 metros), donde haremos noche, discurre por un camino muy agradable entre rododendros que en esta época del año se presentan repletos de flores, confiriendo una tonalidad rosácea preciosa a estas laderas. Antonio Lafón, el guarda de Renclusa y buen amigo, nos prepara una suculenta y reparadora cena, en el transcurso de cuya velada mantenemos una animada tertulia y concretamos los preparativos de la travesía del Aneto para el siguiente día.
Es de noche todavía cuando, ayudados por las luces de nuestras linternas, iniciamos la larga subida hacia la cresta de los Portillones, entre bloques de granito y neveros. Una ascensión que en este día de buen tiempo –aunque frío- no va a depararnos sino satisfacciones: El amanecer y la salida del sol que ilumina dulcemente la Tuca Blanca y el pico de Paderna, la manada de sarrios que se cruza en nuestro camino, y un espléndido ejemplar de perdiz nival, que aún presenta su pelaje blanco de invierno, y que se resiste a volar, pudiendo seguir asombrados sus evoluciones. Pero la llegada al Portillón inferior (2.745 metros) nos permite descubrir de golpe, como quien levantara un telón en el escenario grandioso de la naturaleza, el Aneto y su glaciar. Es éste siempre un momento mágico. Es uno de los cuadros más bellos del Pirineo, de los que nunca se olvidan; un panorama de alta montaña en estado puro. Aquí se quedaría uno extasiado, horas y horas, contemplando este paisaje irrepetible que permite ver perfectamente la ruta a seguir por el glaciar hasta la cima.
Pero sorprende también apreciar los grandes cambios que en pocas décadas ha sufrido este glaciar, el más importante de la vertiente pirenaica española. A pesar de encontrarnos en los inicios de la temporada estival, es evidente el retroceso experimentado por el glaciar, un claro exponente del cambio climático. Contemplando desde el Portillón inferior el glaciar de Aneto, no puede uno sino reflexionar acerca de lo que está sucediendo, de forma tal vez vertiginosa, pues los glaciares son sensores de primera magnitud del citado cambio climático.
UN PERFIL CARACTERÍSTICO
En el período geológico que conocemos como la era cuaternaria una buena parte de los actuales valles del Pirineo estaban cubiertos por glaciares, con un aspecto semejante al que hoy podemos contemplar en los Alpes o el Himalaya. Del macizo del Aneto bajaría una gran lengua glaciar de hasta cien metros de espesor y de más de 20 kilómetros de largo, que llegaría hasta las proximidades de lo que hoy es Castejón de Sos. Por eso el valle de Benasque presenta un perfil característico en forma de U, que se conformó a lo largo de milenios, cuando la natural suavización climática trajo aparejado un retroceso glaciar continuado.
Este retroceso hizo desaparecer las lenguas glaciares, se formaron los ibones de alta montaña y los glaciares quedaron confinados a los circos geomorfológicos por encima de los 2.500 metros de altura. En los siglos XVIII y XIX se produjo un período transitorio de enfriamiento que se tradujo en un tímido avance glaciar. Ha sido durante el pasado siglo XX cuando los cambios en la morfología de los glaciares pirenaicos ha sido más acusada como consecuencia del evidente recalentamiento global, puesto de manifiesto en una subida de la temperatura media y en una menor cantidad de precipitaciones de nieve.
El glaciar del Aneto, aquél que por su tamaño y sus grietas impusiera algo más que respeto a los primeros pirineístas que intentaron subir a la cumbre más alta de los Pirineos, es un espléndido ejemplo del cambio climático cuyos efectos indeseables estamos ahora empezando a percibir.
Las verificaciones y medidas periódicas efectuadas por los científicos han constatado que en la primera mitad del pasado siglo su superficie disminuyó un 15%, pero el retroceso más palpable en extensión y espesor se ha dado en sólo tres décadas, a partir de 1970.
He podido personalmente apreciar el paulatino cambio en la morfología del glaciar del Aneto. Recuerdo mi primera ascensión, siendo aún muy joven, en el mes de agosto de 1972, un glaciar bien cubierto de nieve, amplio, sin afloramientos rocosos. He seguido atravesándolo periódicamente en las mismas fechas. Los últimos diez años el retroceso es alarmante; cada vez aparece antes el hielo glaciar, la fusión supera claramente a la aportación invernal, incluso las grietas son de mucha menor profundidad, las morrenas crecen, el glaciar se retira cada vez más arriba.
¿Qué va a suceder en este siglo? Las predicciones científicas hablan de una posible desaparición de los glaciares pirenaicos en unos 50 años y su transformación, en el caso más favorable, en heleros permanentes. Ejemplos hay en el mismo macizo de la Maladeta, donde el glaciar de Coronas, por ejemplo, está ya reducido a la mínima expresión. Son la acción del ser humano, la industrialización incontrolada, las emisiones de CO2 durante más de un siglo, las que han originado el bien conocido efecto invernadero.
Los modelos físicos más fiables predicen un calentamiento de la temperatura media global de nuestro planeta entre 3 y 6 grados centígrados en este nuevo siglo, lo que producirá auténticos desastres naturales. En este contexto, los glaciares son el indicador más preciso que se conoce para anticipar los cambios climáticos. Ante la evidencia de un retroceso glaciar generalizado desde la Antártida a los Pirineos, urge tomar medidas drásticas para reducir las emisiones contaminantes si queremos dejar un mundo habitable para las siguientes generaciones. El llamado Protocolo de Kioto pretende establecer una serie de medidas para reducir las emisiones al nivel de las conocidas en 1990; tímido avance que incluso puede no cumplirse a la vista de la decisión de no suscribir el contenido del Protocolo por parte del gobierno norteamericano que preside George W. Bush.
Podemos estar asistiendo a la agonía de nuestros glaciares pirenaicos, los más meridionales de Europa. Declarados hoy por una ley específica como Monumentos Naturales, su desaparición nos privaría de seguir contemplando ecosistemas únicos en el Pirineo. El crepúsculo geológico al que asistimos debería servir de aldabonazo en nuestras conciencias. Por ahora nos queda seguir subiendo al amanecer hasta esta cresta de los Portillones y contemplar una vez más la magia de luz y armonía del bello glaciar del Aneto, testigo mudo de un tiempo que se escapa inexorablemente.
A LA "CONQUISTA" DEL ANETO
Desde el Portillón inferior, entre canchales y neveros, alcanzamos el glaciar que atravesaremos diagonalmente siguiendo la huella abierta por los numerosos excursionistas que cada día se aventuran a la “conquista” del Aneto. Más de cien personas es habitual encontrar por aquí un día cualquiera de verano. Posiblemente sea la cumbre más visitada de los Pirineos. También debe de ser la más indulgente. Es frecuente ver gente mal preparada y peor equipada de vestimenta y calzado, sin piolet o bastones y sin crampones cuando la nieve del glaciar está muy endurecida. Por eso hablo de indulgencia. La escasa prudencia de algunos se traduce, felizmente, en un bajo porcentaje de accidentes, aunque rara es la temporada en la que el Aneto no se cobra alguna víctima mortal. De ahí la oportunidad de campañas institucionales como la auspiciada en los últimos años por el Gobierno de Aragón, bajo el epígrafe “Montañas para vivirlas seguro” donde se hace especial hincapié en la necesidad de información, prudencia y preparación técnica y física.
En el collado de Coronas (3.196 metros), nos calzamos los crampones antes de afrontar la última hora de subida por la parte más pendiente del glaciar. La última sorpresa, para el que llega aquí por vez primera, es encontrar un accidente que apenas nos separa 50 metros de la cumbre, pero que es necesario atravesar para llegar hasta ella. Es el conocido y renombrado “Puente de Mahoma”, una arista de excelente roca, con caída a ambos lados, que únicamente requiere un poco de atención y de precaución para superarlo sin ningún problema, salvo los propiamente “circulatorios”, pues no conviene pasar en una dirección si hay alguien haciéndolo en la contraria, lo que requiere dosis de paciencia ante los inevitables atascos.
La llegada al punto culminante del Aneto siempre depara la secreta satisfacción de estar en lo más alto y la compensación por el esfuerzo realizado. Un mar de montañas por doquier. Imposible citarlas a todas. La vista desde aquí es tan dilatada…
Trabajan a destajo las cámaras fotográficas. Damos buena cuenta de un sabroso melón que Modesto, como de costumbre, ha acarreado hasta aquí arriba y llega el momento de descender rápidamente por la nieve hasta el collado de Coronas. Desde aquí proseguimos la bajada por la otra vertiente del Aneto, la sur, muy diferente a la norte, pero también muy salvaje y bella. Recorremos todo el valle de Coronas, rodeando sus tres ibones, con la vista imponente del corredor Estasen en la cara oeste del Aneto, y los picos de Vallibierna, que con sus más de tres mil metros, cierran el horizonte por delante nuestro.
Llegamos cansados al final de nuestra travesía, en la cabaña de Coronas (1.970 metros), donde termina la pista forestal que recorre el frondoso valle de Vallibierna y donde tomamos el transporte público habilitado por el Parque Natural para regresar al valle de Benasque. Atrás quedan dos días magníficos de montaña, de los que te reafirman en la convicción profunda de que hay cosas que merecen la pena en la vida, de tesoros naturales que hay que conservar y de la propia fortuna que nos ha permitido admirar, una vez más, los secretos de esta cumbres extraordinarias.
El trabajo de recuperación del viejo Hospital y su conversión en un confortable hotel de montaña ha dado un impulso notable a esta parte del Parque. Uno de los mejores circuitos de esquí de fondo de España tiene aquí su emplazamiento. La estación de los Llanos del Hospital es hoy una de las señas de identidad del valle de Benasque y un reclamo evidente para visitar esta parte del Parque Natural en invierno. Todo ello ha sido posible gracias al espíritu emprendedor de personas como Jorge Mayoral y sus socios, que a pesar del enorme esfuerzo inversor realizado, han sabido respetar en la rehabilitación la memoria histórica del edificio y promover la práctica de una actividad deportiva como el esquí de fondo, totalmente respetuosa con el entorno, y que permite disfrutar de paradisíacos paisajes invernales con un esfuerzo que cada cual puede graduar a su gusto.
Aquí, en el Hospital, emprendemos nuestra travesía. La primera jornada la vamos a dedicar a obtener una visión panorámica de todo el macizo de la Maladeta, para lo que recorremos, precisamente, el sendero histórico hasta el Portillón de Benasque. Desde el extremo superior del Plan del Hospital, dejando a la derecha la bifurcación debidamente señalizada que va a la Renclusa, el camino sube en cómodos zig-zags por la vertiente sur de Peña Blanca.
EL CONJUNTO MÁS GRANDIOSO DE TODO EL PIRINEO
Camino de la Renclusa |
Con pesar descendemos de ese mirador singularmente bello. En las ruinas de casa Cabellut dejamos el camino de subida y tomamos uno que se dirige hacia el este, bajo el pico de la Mina, y que en amplias lazadas lleva a los llanos de la Besurta (1.897 metros), al final de la carretera de montaña asfaltada.
En estos primeros días de verano sorprende al viajero no ver aquí ningún automóvil privado estacionado. Hace años, en los meses de verano, en esta zona tan próxima al Aneto, se vivía un auténtico caos de tráfico con coches aparcados por las praderas y cunetas, con un impacto visual paisajístico deplorable. La declaración del Parque Natural Posets Maladeta y la actitud claramente constructiva de los miembros de su Patronato han permitido establecer unas medidas de regulación que han redundado en una mejora sustancial de las condiciones medioambientales del área.
Vista desde el Portillón Inferior |
La subida hasta el refugio de la Renclusa (2.140 metros), donde haremos noche, discurre por un camino muy agradable entre rododendros que en esta época del año se presentan repletos de flores, confiriendo una tonalidad rosácea preciosa a estas laderas. Antonio Lafón, el guarda de Renclusa y buen amigo, nos prepara una suculenta y reparadora cena, en el transcurso de cuya velada mantenemos una animada tertulia y concretamos los preparativos de la travesía del Aneto para el siguiente día.
Es de noche todavía cuando, ayudados por las luces de nuestras linternas, iniciamos la larga subida hacia la cresta de los Portillones, entre bloques de granito y neveros. Una ascensión que en este día de buen tiempo –aunque frío- no va a depararnos sino satisfacciones: El amanecer y la salida del sol que ilumina dulcemente la Tuca Blanca y el pico de Paderna, la manada de sarrios que se cruza en nuestro camino, y un espléndido ejemplar de perdiz nival, que aún presenta su pelaje blanco de invierno, y que se resiste a volar, pudiendo seguir asombrados sus evoluciones. Pero la llegada al Portillón inferior (2.745 metros) nos permite descubrir de golpe, como quien levantara un telón en el escenario grandioso de la naturaleza, el Aneto y su glaciar. Es éste siempre un momento mágico. Es uno de los cuadros más bellos del Pirineo, de los que nunca se olvidan; un panorama de alta montaña en estado puro. Aquí se quedaría uno extasiado, horas y horas, contemplando este paisaje irrepetible que permite ver perfectamente la ruta a seguir por el glaciar hasta la cima.
Pero sorprende también apreciar los grandes cambios que en pocas décadas ha sufrido este glaciar, el más importante de la vertiente pirenaica española. A pesar de encontrarnos en los inicios de la temporada estival, es evidente el retroceso experimentado por el glaciar, un claro exponente del cambio climático. Contemplando desde el Portillón inferior el glaciar de Aneto, no puede uno sino reflexionar acerca de lo que está sucediendo, de forma tal vez vertiginosa, pues los glaciares son sensores de primera magnitud del citado cambio climático.
UN PERFIL CARACTERÍSTICO
En el período geológico que conocemos como la era cuaternaria una buena parte de los actuales valles del Pirineo estaban cubiertos por glaciares, con un aspecto semejante al que hoy podemos contemplar en los Alpes o el Himalaya. Del macizo del Aneto bajaría una gran lengua glaciar de hasta cien metros de espesor y de más de 20 kilómetros de largo, que llegaría hasta las proximidades de lo que hoy es Castejón de Sos. Por eso el valle de Benasque presenta un perfil característico en forma de U, que se conformó a lo largo de milenios, cuando la natural suavización climática trajo aparejado un retroceso glaciar continuado.
Este retroceso hizo desaparecer las lenguas glaciares, se formaron los ibones de alta montaña y los glaciares quedaron confinados a los circos geomorfológicos por encima de los 2.500 metros de altura. En los siglos XVIII y XIX se produjo un período transitorio de enfriamiento que se tradujo en un tímido avance glaciar. Ha sido durante el pasado siglo XX cuando los cambios en la morfología de los glaciares pirenaicos ha sido más acusada como consecuencia del evidente recalentamiento global, puesto de manifiesto en una subida de la temperatura media y en una menor cantidad de precipitaciones de nieve.
El glaciar del Aneto, aquél que por su tamaño y sus grietas impusiera algo más que respeto a los primeros pirineístas que intentaron subir a la cumbre más alta de los Pirineos, es un espléndido ejemplo del cambio climático cuyos efectos indeseables estamos ahora empezando a percibir.
Glaciar del Aneto |
He podido personalmente apreciar el paulatino cambio en la morfología del glaciar del Aneto. Recuerdo mi primera ascensión, siendo aún muy joven, en el mes de agosto de 1972, un glaciar bien cubierto de nieve, amplio, sin afloramientos rocosos. He seguido atravesándolo periódicamente en las mismas fechas. Los últimos diez años el retroceso es alarmante; cada vez aparece antes el hielo glaciar, la fusión supera claramente a la aportación invernal, incluso las grietas son de mucha menor profundidad, las morrenas crecen, el glaciar se retira cada vez más arriba.
¿Qué va a suceder en este siglo? Las predicciones científicas hablan de una posible desaparición de los glaciares pirenaicos en unos 50 años y su transformación, en el caso más favorable, en heleros permanentes. Ejemplos hay en el mismo macizo de la Maladeta, donde el glaciar de Coronas, por ejemplo, está ya reducido a la mínima expresión. Son la acción del ser humano, la industrialización incontrolada, las emisiones de CO2 durante más de un siglo, las que han originado el bien conocido efecto invernadero.
Los modelos físicos más fiables predicen un calentamiento de la temperatura media global de nuestro planeta entre 3 y 6 grados centígrados en este nuevo siglo, lo que producirá auténticos desastres naturales. En este contexto, los glaciares son el indicador más preciso que se conoce para anticipar los cambios climáticos. Ante la evidencia de un retroceso glaciar generalizado desde la Antártida a los Pirineos, urge tomar medidas drásticas para reducir las emisiones contaminantes si queremos dejar un mundo habitable para las siguientes generaciones. El llamado Protocolo de Kioto pretende establecer una serie de medidas para reducir las emisiones al nivel de las conocidas en 1990; tímido avance que incluso puede no cumplirse a la vista de la decisión de no suscribir el contenido del Protocolo por parte del gobierno norteamericano que preside George W. Bush.
Maladetas desde la cumbre de Aneto |
A LA "CONQUISTA" DEL ANETO
Desde el Portillón inferior, entre canchales y neveros, alcanzamos el glaciar que atravesaremos diagonalmente siguiendo la huella abierta por los numerosos excursionistas que cada día se aventuran a la “conquista” del Aneto. Más de cien personas es habitual encontrar por aquí un día cualquiera de verano. Posiblemente sea la cumbre más visitada de los Pirineos. También debe de ser la más indulgente. Es frecuente ver gente mal preparada y peor equipada de vestimenta y calzado, sin piolet o bastones y sin crampones cuando la nieve del glaciar está muy endurecida. Por eso hablo de indulgencia. La escasa prudencia de algunos se traduce, felizmente, en un bajo porcentaje de accidentes, aunque rara es la temporada en la que el Aneto no se cobra alguna víctima mortal. De ahí la oportunidad de campañas institucionales como la auspiciada en los últimos años por el Gobierno de Aragón, bajo el epígrafe “Montañas para vivirlas seguro” donde se hace especial hincapié en la necesidad de información, prudencia y preparación técnica y física.
En el collado de Coronas (3.196 metros), nos calzamos los crampones antes de afrontar la última hora de subida por la parte más pendiente del glaciar. La última sorpresa, para el que llega aquí por vez primera, es encontrar un accidente que apenas nos separa 50 metros de la cumbre, pero que es necesario atravesar para llegar hasta ella. Es el conocido y renombrado “Puente de Mahoma”, una arista de excelente roca, con caída a ambos lados, que únicamente requiere un poco de atención y de precaución para superarlo sin ningún problema, salvo los propiamente “circulatorios”, pues no conviene pasar en una dirección si hay alguien haciéndolo en la contraria, lo que requiere dosis de paciencia ante los inevitables atascos.
Aneto desde el valle de Coronas |
Trabajan a destajo las cámaras fotográficas. Damos buena cuenta de un sabroso melón que Modesto, como de costumbre, ha acarreado hasta aquí arriba y llega el momento de descender rápidamente por la nieve hasta el collado de Coronas. Desde aquí proseguimos la bajada por la otra vertiente del Aneto, la sur, muy diferente a la norte, pero también muy salvaje y bella. Recorremos todo el valle de Coronas, rodeando sus tres ibones, con la vista imponente del corredor Estasen en la cara oeste del Aneto, y los picos de Vallibierna, que con sus más de tres mil metros, cierran el horizonte por delante nuestro.
Llegamos cansados al final de nuestra travesía, en la cabaña de Coronas (1.970 metros), donde termina la pista forestal que recorre el frondoso valle de Vallibierna y donde tomamos el transporte público habilitado por el Parque Natural para regresar al valle de Benasque. Atrás quedan dos días magníficos de montaña, de los que te reafirman en la convicción profunda de que hay cosas que merecen la pena en la vida, de tesoros naturales que hay que conservar y de la propia fortuna que nos ha permitido admirar, una vez más, los secretos de esta cumbres extraordinarias.