Tíbet: El techo del mundo

¿Qué evoca el Tíbet en la mente del viajero occidental? Lejanía, aislamiento, misterio, religiosidad, historia convulsa… El Tíbet es uno de los lugares más fascinantes de la Tierra. Una región autónoma de la República Popular China cuya altitud media está por encima de los 4.000 metros, por lo que es conocido, con justicia, como el Techo del Mundo. La gran cadena del Himalaya le sirve de frontera física con Nepal, con el Everest como punto culminante con sus 8.848 metros. Caminar hasta el Campo Base del Everest por los parajes tibetanos es una experiencia magnífica que dejará una huella imborrable en nuestra vida.
Tíbet fue un país cerrado a los occidentales hasta bien entrado el siglo XX. El budismo era allí no sólo una religión mayoritariamente arraigada en el pueblo, sino también un sistema político en el que la autoridad del Dalai Lama era al mismo tiempo civil y religiosa. Un régimen teocrático que impregnaba toda la sociedad y en el que no se podía hablar de ciudadanos sujetos de derechos y deberes, sino de súbditos sometidos al poder sin límite del Dalai Lama. Los monasterios albergaban miles de monjes y grandes tesoros artísticos. Ser monje era un privilegio y un camino de perfección en el deseo de alcanza el nirvana tal como predicara Buda en el siglo VI.

La revolución china liderada por Mao Tse Tung llevó aparejada la invasión del Tíbet en 1950. Su conversión en una región administrativa de la nueva República Popular trajo aparejados grandes cambios sociales, económicos y culturales que han evolucionado al compás de los acontecimientos que han marcado la historia china en el último medio siglo.

Recibimos una visión general del actual estado de cosas en Tíbet durante la semana que pasamos recorriendo con un vehículo todo terreno la gran altiplanicie tibetana, con objeto de facilitarnos una aclimatación adecuada para nuestro `trekking´. Éste va a transcurrir por encima de los 4.200 metros de altitud, por lo que su éxito depende de una previa adaptación física del organismo a estas alturas. El vuelo desde Kathmandú a Lhasa nos permite una visión auténticamente sobrecogedora. Por encima de las nubes asoman con una fuerza enorme cuatro ochomiles, Cho Oyu, Lhotse, la formidable pirámide del Makalu y el Everest, que destaca sobre todos y que exhibe una aureola de gran rey del planeta. Esta primera aparición del “monarca” nos produce una alegría sin límites y al mismo tiempo una ansiedad lógica por llegar hasta sus pies, como si quisiéramos rendirle pleitesía.

Niños en Tingri

Lhasa, la capital del Tíbet, está situada a 3.600 metros y debemos programar nuestro ritmo de actividad para acompasarlo a una atmósfera donde la falta de oxígeno se hace evidente, recién llegados de las tierras bajas. Visitamos no sólo está ciudad, sede del célebre Potala, el gran palacio residencia de los Dalai Lama. A través de la llamada carretera de la amistad (“Friendship highway”) de más de 800 kilómetros, que une Lhasa y Kathmandú, visitamos ciudades como Gyantse y Shigatse, atravesamos collados por encima de los 5.000 metros, nos acercamos al pie de enormes glaciares, como el del Nonjin Kangstan, bordeamos lagos como el Yamdrok Tso de más de 30 kilómetros de longitud, vemos incontables aldeas diseminadas por la gran meseta tibetana y encontramos gentes de toda condición en nuestro periplo.

UN MUNDO PERDIDO EN EL TIEMPO

Dos mundos son claramente perceptibles en este Tíbet del siglo XXI. El urbano de Lhasa y Shigatse, fundamentalmente, donde la influencia cultural china es notable y el resto del país, el mundo rural, donde el reloj sociológico se ha detenido y el Tíbet profundo, histórico y tradicional permanece inmutable por el momento. Nuestra llegada a Lhasa coincide con la celebración del 50 aniversario de lo que los tibetanos llaman “la invasión del Tíbet” y los chinos “la liberación del Tíbet”.

El Cho Oyu

Una gran tribuna con banderas rojas preside, frente al Potala, lo que ha debido de ser un reciente desfile militar. Esa doble visión histórica describe mejor que nada el pulso social de la calle. Casi un 50 por ciento de la población de Lhasa, una ciudad de 80.000 habitantes, son de origen chino, de la etnia han, mayoritaria en la República Popular, muchos de ellos funcionarios asentados con carácter temporal en este territorio frío e inhóspito para ellos. Han traído su cultura, su lengua y sus costumbres que contrastan, cuando no colisionan, con la autóctona de los tibetanos. Los tibetanos han hecho esfuerzos ímprobos para conservar su lengua y su filosofía vital en medio de unas circunstancias difíciles. Los recelos son muy evidentes y la mayoría de los tibetanos con los que podemos hablar, aquéllos que tienen que ver con el sector turístico y que se expresan en inglés, profesan una actitud reticente y despectiva hacia todo lo que tiene que ver con China.

Los tibetanos vienen de peregrinación alguna vez en su vida hasta el Jokhang, que es el templo centro espiritual del budismo. Construido en el año 641, como regalo de boda al rey Songtsengampo y a la princesa Wengchen, conserva magníficas esculturas de madera de esta época. Alrededor del Jokhang se encuentra una calle perimetral, el Barkhor, un anillo abigarrado de tenderetes, por el que los peregrinos tibetanos discurren circunvalando el templo, siempre en el sentido de las agujas del reloj. Circunvalar templos y monumentos religiosos como las `stupas´ es un rasgo distintivo de la forma de rezar de los budistas. En la lengua local se dice hacer la `kora´.

El Barkhor se puebla de cientos de tibetanos y de monjes que dan vueltas y más vueltas por esta singular calle circular, haciendo girar sus molinillos de oración y repasando las cuentas de sus particulares rosarios. Llegados de todas las aldeas del interior, estas gentes curtidas por el viento y el sol, de mirada profunda y noble, son de una extrema religiosidad, y algunos incluso recorren decenas de kilómetros hasta llegar hasta este “sancta sanctorum” haciendo postraciones, una suerte de genuflexión por la que se tumban boca abajo cada tres pasos, desgranando simultáneamente sus plegarias.

El Gyachung Kang

La población china vive ajena a estas manifestaciones culturales y religiosas, y regenta los principales negocios de la ciudad, viviendo en los barrios de fisonomía arquitectónica anodina y gris, que en los últimos veinte años se han levantado en torno al centro histórico de Lhasa y que reafirman el contraste entre los dos Tíbet. La rotulación en ambas lenguas, china y tibetana, es muy común, y las autoridades del Estado han establecido el uso obligatorio del chino en la enseñanza secundaria y en la universidad, si bien el tibetano se enseña actualmente en los primeros cursos del sistema educativo y, por supuesto, es la lengua vehicular única entre la población autóctona.

UN CLIMA DE RELATIVA TOLERANCIA

El período de reformas económicas y políticas que se abrió en China tras la muerte de Mao y la llegada de Den Xiao Ping a la dirección del Partido Comunista ha traído un nuevo clima de tolerancia al Tíbet. Por eso, visto desde fuera, desde la perspectiva del viajero que trata de analizar con sentido crítico el estado de cosas actual, hay que constatar los esfuerzos de modernización que en esta región se están llevando a cabo, a pesar de su aislamiento secular y de las dificultades orográficas y climatológicas.

Hoy Tíbet ha dejado de ser una teocracia y aunque la democracia tal como la vivimos en la Unión Europea es aquí, todavía, una utopía, el primitivo régimen semifeudal ha desaparecido. La tierra es propiedad de los campesinos que la cultivan, la luz eléctrica y el teléfono han llegado a muchas partes, el aeropuerto es moderno y digno, y en los alrededores de Lhasa hay una incipiente red de carreteras asfaltadas. Un ambicioso proyecto de construcción del primer ferrocarril está en marcha, y se quiere que en 2007 sea posible conectar la capital con la red china de ferrocarriles, lo que será un logro muy importante, sobre todo si consideramos que Pekín y Lhasa están separados cerca de 5.000 kilómetros.

Niños en Ra Chu

Es verdad que en el resto del país no encontramos sino pistas de tierra en precario estado, aptas sólo para expertos conductores de camiones o vehículos especiales todo terreno, pero la altura a la que estamos y la estación de las lluvias destrozan sistemáticamente los caminos. Los ríos se desbordan impetuosos y los deslizamientos de tierra son moneda común en este territorio tan montañoso. Hay una incesante tarea de destejer por parte de esta naturaleza salvaje, y de tejer pacientemente tratando de recomponer cada año las infraestructuras destrozadas. Es impactante para nuestra mentalidad de personas provenientes de un mundo desarrollado desde el punto de vista tecnológico, observar cómo se llevan a cabo aquí los trabajos de obras públicas para construir pistas de montaña. Casi todo se hace a pico y pala, cientos de hombres y de mujeres (!) trabajando manualmente para reparar y construir las vías de comunicación.

Cuando en nuestros países todavía seguimos planteándonos nuevos retos en la tarea emancipadora de la mujer, aquí en Tíbet descansa sobre sus hombros lo más duro de la existencia. No son sólo las tareas agrícolas en el campo, son estos trabajos citados, en los que ves a mujeres de todas las edades transportando enormes piedras a la espalda para consolidar cunetas y escolleras en las carreteras, y son mujeres, tan numerosas como los hombres, las que pican a mano en esta dura actividad. ¿Pero qué otras oportunidades laborales puede haber en una región en la que la industrialización es una utopía y en la que la maquinaria de bienes de equipo es desconocida, más allá de algunos vetustos camiones y desvencijadas hormigoneras antidiluvianas?

Lungchang

Los nuevos aires que llegan de China han traído también un espíritu de tolerancia religiosa que es palpable en todas partes. Cuando China ocupó el Tíbet quiso proceder a hacer efectivo el principio de separación entre el hecho civil y administrativo y el hecho religioso. El XIV Dalai Lama, el actual, que entonces era un niño que vivía aislado del mundo en su residencia oficial del Potala, llegó incluso a viajar a Pekín, en un intento por parte de los nuevos responsables políticos de reconvenir al Dalai Lama para que se ciñera a su papel de líder religioso y espiritual de su pueblo, una especie de Papa entre sus fieles budistas. Seguramente los asesores y consejeros del Dalai Lama –pues éste era muy joven para tener un criterio propio firme- le convencieron para que no aceptara, posiblemente porque los privilegios de la élite gobernante eran muchos. El Dalai Lama optó por exiliarse en 1959, saliendo clandestinamente de Lhasa, e instalándose en Daramsala, norte de la India, donde ha seguido ejerciendo su magisterio. Hoy, su Santidad Tenzin Gyatso, XIV Dalai Lama, ha evolucionado totalmente en su papel de guía temporal y espiritual del pueblo tibetano. Ha apostado claramente por un Tíbet democrático y moderno, se ha significado a favor de la lucha por los derechos humanos y comprende que cualquier solución política a la situación tibetana debe de pasar por el diálogo con las autoridades centrales de China. Descarta plenamente toda forma de lucha armada para una supuesta liberación del Tíbet y ha sido galardonado con el Premio Nobel de la Paz.

LOS AÑOS SESENTA: UNA ÉPOCA MALDITA

Los llamados años de la Revolución Cultural China, en la década de los sesenta, en plena era del maoísmo, fueron una época maldita para el Tíbet, un auténtico desastre social y cultural cuyas consecuencias son aún visibles hoy en día. El ensañamiento visceral por parte de aquéllos que se erigieron en portaestandartes de la ideología oficial comunista –singularmente los jóvenes guardias rojos- fue el principio de un período de violencia, oscuridad y tragedia para el pueblo tibetano, que ha dejado una huella profunda e indeleble, y que explica mejor que cualquier otro hecho, el por qué de este “odio” peculiar hacia todo lo chino, a pesar de los nuevos tiempos y actitudes.

Hilandera en Lungchang

Cientos de monasterios fueron quemados y arrasados, un incalculable patrimonio histórico y cultural y tesoros artísticos milenarios fueron totalmente destruidos, la religión budista fue proscrita y los pocos monjes que quisieron hacer frente al atropello, ejecutados. La Revolución Cultural, que fanatizó en occidente a unos cuantos jóvenes universitarios que creyeron ver en el maoísmo la nueva religión de la emancipación y la igualdad, fue uno de los grandes desastres y aberraciones que el género humano alumbró en el siglo XX. Se combatía la religión y se construía otra con su nueva liturgia y sus textos sagrados y con su esfuerzo de proselitismo, para lo que entre nosotros surgían los mesías que nos hablaban del fin de la lucha de clases, de la felicidad soñada, pero ocultaban que jamás ésta se ha podido construir en ausencia de hombres y mujeres libres para decidir, sin coacciones, y que nunca el socialismo que quisieron vendernos podría entenderse sin la espina dorsal de la democracia, la libertad y la tolerancia con las ideas opuestas a las nuestras.

En nombre de esa ideología fueron posibles personajes como Pol Pot, un carnicero sediento de sangre, un nuevo Hitler, que fue capaz de organizar en otra parte de Asia, en Camboya, un genocidio de más de un millón de personas, forzando al exilio interior a todo el pueblo, al que se obligó a abandonar las ciudades, a trabajar obligatoriamente en el campo, cerrando centros de enseñanza y universidades, exterminando intelectuales y técnicos, y todo ello en nombre del paraíso igualitarista…

Los nuevos vientos en Tíbet han supuesto un horizonte de esperanza. Un ingente esfuerzo de reconstrucción de monasterios es un claro ejemplo de este tiempo nuevo. El budismo, que jamás salió de la conciencia de los tibetanos y menos aún bajo coacción, se practica sin problemas y un buen número de monjes –cuyo número controla el Estado- ocupan de nuevo los más importantes monasterios. Y menos mal que, en el caos aquel, se salvó el Potala y su inmenso legado cultural, debido a que el mismo estaba ocupado por el ejército chino que impidió su asalto a las hordas incontroladas de los guardias rojos.

Río Ra Chu

El actual Dalai Lama es plenamente consciente del signo de los tiempos, y especialmente del gran cambio que se está operando en toda China, esa vía sui generis de socialismo de mercado, que va a convertir al estado más poblado del mundo en una de las grandes potencias económicas y políticas del siglo XXI. La democratización será un proceso imparable, y en el contexto de globalización en el que vivimos, y más aún habida cuenta de las barreras que para el desarrollo por sí mismo presentan para el Tíbet sus condiciones naturales, es difícil apostar por ese nacionalismo pacato que al grito de “free Tíbet” cree ver en la independencia la salvación y el progreso de un pueblo.

Pienso que en el futuro el propio Dalai Lama impulsará un proceso negociador que dotará a su tierra de una amplia autonomía política, con instituciones verdaderamente democráticas en la región, que dará al Tíbet un peso e influencia en consonancia con su historia y que permitirá preservar su rica cultura y tradición sin renunciar a la modernización.

Hoy el budismo es, más allá de una religión, una filosofía que cuenta con numerosos adeptos en todo el mundo y que se ve con simpatía desde occidente. Despojado de connotaciones políticas, los budistas que he conocido aquí en Tíbet son gente apacible, que trata de vivir en armonía con la naturaleza y los seres vivos, que lleva un especial camino de perfección, pues sólo así consideran que podrán reencarnarse en alguien mejor y que practican la generosidad y solidaridad. Son personas sonrientes, pobres en nuestra concepción material del término, pero ricos en ilusiones y bonhomía. Muy leales con sus creencias, la familia es el núcleo básico y amplio de convivencia, formado por todos los ascendientes y descendientes que viven bajo el mismo techo. Su forma de ver el mundo se resume en aquel enunciado que ellos me enseñaron: “Los tres venenos del alma son el deseo, la ira y la ignorancia”.

ALTURA, SOLEDAD Y LEJANÍA

Nómadas

Nuestro viaje de aclimatación por la gran altiplanicie tibetana termina en Tingri (4.200 metros), donde encontramos ya instalado nuestro primer campamento para iniciar el `trekking´ hacia el campo base del Everest. No es un itinerario largo, unos 80 kilómetros en total, e incluso los desniveles se ganan de forma suave y progresiva, con un total de cinco jornadas a pie. Pero la altura, la sensación de soledad y la lejanía hacen que sea bastante duro y que se requiera una cierta preparación para la travesía.

Nos espera aquí Lapka, un nepalí de origen sherpa, que será nuestro guía. Viene acompañado de Bishman, un excelente cocinero que nos hará más llevaderas las penalidades con sus cenas adaptadas al gusto occidental, sin dejar por ello de ofrecernos alguna exquisitez de la cocina tibetana. Lapka es un lujo de guía. Como sherpa ha trabajado para varias expediciones extranjeras. Cuenta en su haber con una ascensión al Everest en 1996 y, en el debe, con la pérdida allí de su hermano en un fatal accidente. Él se ha encargado de contratar en una aldea vecina los yaks que portearán nuestras cargas y tiendas, que vendrán acompañados por dos personas del lugar.

Monasterio de Rongbuk

Este primer campamento está instalado en un bello lugar que condensa muy bien en sí mismo el paisaje grandioso del Tíbet. Es una inmensa llanura barrida por los vientos, de enormes praderas donde pastan yaks y vacas, al pie del Cho Oyu (8.201 metros), que nos ofrece un atardecer inolvidable. Hablar del Tíbet es hablar de una luz especial que impregna a los relieves de una nitidez diferente. El cielo intensamente azul está habitualmente surcado en esta época del año –mes de agosto- por nubes de forma caprichosa y cambiante que le dan un cierto aire de misterio, que se conglomeran repentinamente y dan lugar a frecuentes chubascos, sobre todo durante la tarde y noche de cada día. Pero hablar del Tíbet es hablar del silencio, de la soledad, de paz. Aquí se “escucha” el silencio y se percibe la dureza de la vida de estas gentes, lejos del mundo llamado civilizado. Nos sentimos apartados de todo y de todos; no veremos en cinco días a ningún otro caminante que no sea de estas tierras y en cada paso sentiremos en el alma el privilegio de estar aquí.

Salimos de Tingri con los primeros rayos de sol tras el aguacero matutino y nos cruzamos con algunas familias que viajan en unos curiosos carromatos tirados por caballos, cuyas cabezas adornan siempre con vistosos penachos de color rojo. Llegamos a la aldea de Ra Chu, en el valle del mismo nombre, donde una chiquillería desarrapada nos recibe, y se presta a posar ante una batería de ruedas de oración que nos recuerda que lo budista impregna toda la vida hasta en el último rincón del Tíbet. Los pastos en los alrededores del pueblo están llenos de rebaños de yaks. Es éste un animal totémico para los tibetanos. La vida de los campesinos gira en torno a él. Este curioso animal, cuya parte delantera recuerda una vaca y la posterior un caballo, ha desarrollado una fisiología que sólo le permite vivir por encima de los 3.000 metros de altura. Su recio y denso pelaje oscuro le protege de las durísimas temperaturas invernales. Todo, absolutamente todo, se aprovecha de él. No sólo su carne y la mantequilla son majares para los nativos; con la piel se fabrican las tiendas que sirven de vivienda a los nómadas y los excrementos se secan al sol, siendo éstos un gran combustible con el que cocinan y calientan las viviendas, pues en la mayor parte del Tíbet no hay bosques, con lo que no es posible utilizar ninguna clase de madera.

Peregrinos en Rongbuk

Continuamos por estas inmensas llanuras entre colinas próximas resecas por el sol, algunas de aridez extrema, formando un significativo contraste con las lenguas glaciares y las grandes cumbres que cierran el horizonte. Aquí experimentamos un curioso efecto psicológico causado por la magnitud del entorno. Cuando pensamos que tal punto en el horizonte puede estar a una hora de marcha, pensando en el patrón de distancias de nuestras montañas, somos víctimas de un traidor engaño en el cálculo. Dos y hasta tres horas, bajo un fuerte sol, nos cuesta llegar allí. Pareciera que nunca se termina el camino. Las dimensiones de todo son aquí enormes y se requiere una dosis de paciencia y de adaptación psicológica al tiempo real y a la medida de las cosas.

Llegamos a Lungchang (4.600 metros), el último núcleo habitado permanente a lo largo de nuestra ruta. La aldea está formada por edificios de forma cúbica, en dos plantas, de paredes impecablemente blancas y decoradas con bandas de pintura de color rojo, blanco y azul junto a la línea de sus tejados. Sobre éstos, que son planos, se encuentran apilados los adobes de excremento seco de yak a los que ya me he referido. En cada vivienda no falta un mástil del que ondean banderas de oración, pequeños fragmentos de tela rectangular en los que está escrita una oración ritual, “on mani padme hum”, que movida por el viento produce para los tibetanos el efecto de emisión de un rezo.

El Everest, desde Rongbuk

Lapka nos lleva a una casa donde nos reciben tres mujeres –abuela, madre e hija- que nos acogen hospitalariamente, lo que nos permite ver la tremenda austeridad de estas viviendas. Una estufa que hace las veces de caldera sirve para que la joven, una guapa mujer de unos 16 años con la cara ya curtida por el sol y el viento pero con una mirada muy bella, prepare con esmero el fuego con su combustible habitual y nos sirva un delicioso té con leche de yak que nos repone de la dureza de la marcha, mientras la abuela no deja de tejer en el cuarto de al lado, una especie de bufanda, en un primitivo telar. Vemos las modestas habitaciones decoradas con primorosas pinturas de motivos geométricos, con camastros muy sencillos y un pequeño cuarto que hace de capilla, con la imagen de Buda y las ofrendas correspondientes.

UN ENCUENTRO EXTRAORDINARIO EN EL FIN DEL MUNDO

Aún tendremos que descalzarnos alguna vez más para cruzar alguno de los fríos brazos del río que corta nuestro camino, antes de establecer nuestro campamento, a unos 4.700 metros de altura, con una vista soberbia, en la cabecera del valle, del Gyachung Kang (7.952 metros).

Morrena lateral en Rongbuk

La altura hace que progresemos despacio. Aquí es como si desarrolláramos la vida a cámara lenta. Cada movimiento brusco o levantamiento de peso que uno hace en las tierras bajas, supone en estos parajes un esfuerzo suplementario por la escasez de oxígeno. Hay que reprogramar los movimientos y aprender a convivir con estas nuevas sensaciones. Dos veces más cruzaremos hoy el río Ra Chu. En la última de ellas asistimos a un encuentro extraordinario. Una familia de nómadas nos da alcance. Es un grupo de unas diez personas, incluidos ancianos y niños, los seis o siete yaks con todas sus pertenencias y un caballo, en el que van literalmente atados como fardos, los niños más pequeños.

Sorprende la agilidad de estas personas en su medio, la ligereza con la que saltan sobre las piedras del río y la facilidad con la que superan las pendientes más fuertes, mientras que nosotros a esas horas de la tarde estamos ya bastante cansados. Reflexiono acerca del mundo de la abundancia del que venimos y de las posesiones que en él tenemos. Aquellas personas llevaban allí sobre sus yaks todas, absolutamente todas sus cosas, sus bienes materiales eran aquellos, su mundo conocido el que recorrían cada año en busca de pastos, pero seguramente los lazos afectivos que unían al grupo eran una riqueza desconocida en nuestros pagos y un tesoro inapreciable…

Estupa de Rongbuk

Acampamos en un pequeño valle rebosante de hierba y de flores silvestres, donde otro grupo nómada debe de llevar un tiempo instalado. Vemos pastoreando a los chavales, mientras un hombre provisto de un gran machete en la cintura, quizás el cabeza de familia, se acerca con curiosidad a nuestras tiendas, y nos mira con ojos de asombro, deteniéndose en nuestra vestimenta, las botas de montaña y el equipo fotográfico. Todavía es de día cuando nos acostamos, recuperados por una excelente sopa que Bishman prepara en este lugar que me parece el fin del mundo.

Tres horas, bajo una persistente lluvia, empleamos a la mañana siguiente en remontar las pendientes que nos llevan al Nam La (5.300 metros), el más alto collado del `trekking´. El mal tiempo nos impide ver el panorama, e iniciamos rápidamente el descenso por un pequeño valle hasta el final del mismo, donde encontramos unos buenos prados para colocar nuestras tiendas de campaña, junto al río. Damos cuenta, en una animada velada en la tienda-comedor y bajo un fuerte aguacero, de unos suculentos filetes de jamón ibérico que Carmen ha traído de España, envasados al vacío, que nos saben a gloria celestial en el Techo del Mundo y que a nuestros acompañantes les debe de saber a “rayos” a juzgar por la cara que ponen.

Campo base del Everest

La cuarta jornada nos levantamos excitados porque hoy es el día en que deberíamos ver, al fin, el Everest. Pero el tiempo no tiene aspecto de cambiar y sigue lloviendo ligeramente cuando remontamos el árido y duro valle del río Dza Chu. En cinco horas llegamos al monasterio de Rongbuk (5.000 metros), emplazado al pie de enormes morrenas laterales de lo que fue un gran glaciar. Rongbuk es el monasterio más alto del mundo. Fue fundado en 1902, aunque hay evidencias de haber sido un lugar de meditación desde varios cientos de años antes. Llegó a tener 500 monjes en su día, pero hasta aquí (!) llegaron los guardias rojos durante la Revolución Cultural y lo destruyeron. Ha sido parcialmente rehabilitado a partir de 1983 y actualmente tendrá unos 10 monjes y 20 monjas. Es también lugar de peregrinación, y no falta cada día un grupo de personas rezando mientras hace la `kora´ del monasterio. En su interior se conserva alguna pintura mural de interés, con motivos alusivos a los fundamentos del budismo. Una gran `stupa´ de color blanco a la entrada de todo el complejo recibe al viajero en este lugar.

UN COLOSO DE BELLEZA EXTRAORDINARIA

Instalamos nuestro campamento, aproximadamente en el mismo lugar donde los ingleses montaron el suyo cuando las célebres expediciones de los años 20 al asalto del Everest. Fueron siempre los ingleses los que tuvieron en el punto de mira la conquista de la montaña más alta del mundo. Y a punto estuvieron de conseguirlo. En 1924 Irving y Mallory fueron vistos por última vez, por sus compañeros de expedición, por encima de los 8.000 metros, en la arista norte de la montaña. Nunca más se supo de ellos. Incluso cabe la duda razonable acerca de si llegarían a alcanzar la cumbre y murieron al descender de ella. La cuestión es que esa tragedia forma parte de la épica del Everest. Una expedición organizada en 1999 para encontrar sus restos, encontró el de Mallory perfectamente conservado, por congelación, más de setenta años después, pero entre las pertenencias halladas junto al cadáver no estaba la cámara de fotos, que quizás hubiera arrojado luz sobre el misterio. La primera ascensión al pico más alto del planeta tuvo que esperar al 29 de mayo de 1953, cuando el neozelandés Hillary y el sherpa Tenzing llegaron a la cima por la vertiente nepalí.

Vista desde el campo base

Aunque el sol ha hecho su aparición, la cabecera del valle sigue cargada de nubes por lo que la renombrada vista del Everest, desde este lugar, no nos es posible. Está amaneciendo –en el quinto día de nuestra aventura- cuando la voz de Lapka nos despierta e invita a salir de las tiendas de campaña. Lo hacemos. ¿Qué decir? La impresión es brutal, fantástica. Allí, a nuestro alcance, ante nuestros ojos, la gigantesca cara norte del Everest, iluminado débilmente, entre las nubes que se le adhieren como jirones, por los primeros rayos de sol. He recorrido muchos lugares, he visto muchos montañas, he recibido muchas impresiones imborrables. Ninguna tan extraordinaria como ésta.

Desde Rongbuk, el Everest es una montaña colosal, bellísima, armoniosa, que produce además un fuerte contraste con la aridez de este valle en el que se asienta el monasterio. Un silencio sobrecogedor, que se ancla en la fuerte emoción que sentimos, impide articular palabra alguna. Son muchos los minutos en los que quedamos como petrificados, absortos ante tanta grandiosidad. Sigo viendo ante mí esa montaña fascinante y pienso que todas las penalidades para llegar hasta allí han sido recompensadas con creces. Camino del Campo Base (5.200 metros), una distancia de ocho kilómetros desde Rongbuk, el tiempo sigue mejorando.

Tratamos de captar todos los detalles con nuestras cámaras. Pasamos por una capilla asentada encima de una cueva antes de llegar allí, donde se dice que vivió el Guru Rinpoche, una especie de santo para los budistas. Allí vive todo el año un monje con su familia. Unos eremitas que a 5.100 metros de altura no quiero ni pensar cómo harán a treinta y cuarenta grados bajo cero en pleno invierno. Todo este valle está lleno de lugares sagrados para estas gentes. Nuestro guía, muy devoto, nos hace descender a la cueva para tocar la “roca santa” y también lavarnos las manos en una fuente sagrada que encontramos en el camino…

El Makalu desde Pang La

El campo base es un lugar inhóspito y frío al pie de la lengua terminal del gran glaciar de Rongbuk. Soberbia factura la que exhibe desde aquí la cara norte del coloso. No hay ahora establecida ninguna expedición en el campo; lo hacen a partir de septiembre. Un monolito de piedra aquí instalado reza así en chino e inglés: “Mt Qomolangma Base Camp. 5200 m”, recordándonos que el nombre original de esta montaña, con el que la conocen los tibetanos, es el de Qomolangma, que significa Diosa Madre del Universo. Fueron los ingleses los que rebautizaron la cumbre con el nombre de un geógrafo, Sir George Everest, que exploró esa zona del Himalaya en el siglo XIX. Una vez más la prepotencia de los estudiosos occidentales impuso un nombre a algo que ya lo tenía, cuando en honor a la verdad, hay que decir que en otros lugares de esta cordillera se ha preservado la toponimia local. En la vertiente nepalí su nombre, por cierto, es Sagarmatha.

”CUANDO TENÍAMOS LAS RESPUESTAS…”

Nos queda regresar. Lo hacemos, en vehículo todo terreno, por otra ruta diferente, desde Rongbuk, siguiendo una infernal pista, en pésimas condiciones, que los chinos construyeron `ad hoc´ para la gran expedición militar que en 1960 les permitió coronar el Everest por esta vertiente, hasta entonces, y desde los años 40, vedada a los extranjeros. Construyeron esta infraestructura para facilitar el traslado de material al campo base, lo que ha sido una innecesaria agresión medioambiental, sometida además al permanente proceso de destrucción-construcción.

Familia tibetana en su carromato

Antes de retornar a Tingri, al lugar de nuestro primer campamento, aún tenemos tiempo de contemplar la magnífica pirámide blanca del Makalu (8.463 metros) desde el Pang La. A la mañana siguiente, antes de proseguir viaje hacia la frontera nepalí, el Cho Oyu nos despide con una límpida salida de sol sobre esta infinita llanura del páramo tibetano.

Queda allí el Everest. Quedan allí las gentes que conocimos. Quedan allí la pareja de hermanos pastores, de unos 10 años de edad, de mirada viva e inteligente, a quienes la última tarde en Tingri obsequiamos con unas pajaritas de papel, para ellos una delicia de regalo. Enseguida captaron como hacerlas. Muy lejos de nosotros, ellos tendrán su futuro. Pero ¿qué futuro? Nuevos problemas en el mundo parecen instar al pesimismo. Crisis militares, integrismo, fanatismo religioso, depauperación progresiva del tercer mundo, paro estructural, nacionalismo e insolidaridad, globalización. Una época de incertidumbre. Quizás para los nómadas tibetanos la previsibilidad de cada uno de sus días sea equivalente a sosiego y reconciliación interior. En todo caso me viene a la cabeza, en estos tiempos de duda, la pintada anónima que una vez hallé a la entrada del hermoso pueblo de Candeleda, en las estribaciones de la vertiente sur de la sierra de Gredos, al terminar una travesía: “Cuando teníamos las respuestas nos cambiaban las preguntas”.