República Democrática del Congo: El Parque Nacional de los Virunga
26 de marzo de 2002 (10:58 h.)
Virunga es el nombre del más antiguo Parque Nacional de África. Creado en 1929, se extiende a lo largo de las fronteras de Uganda, Ruanda y República Democrática del Congo (antes Zaire). En la actualidad, tras sucesivas ampliaciones, el Parque tiene una extensión de casi ochocientas mil hectáreas.
Vea aquí el mapa de esta travesía
Vea aquí el mapa de esta travesía
Virunga es un compendio incomparable de los hábitats más diversos: estepas, zonas pantanosas, magníficas selvas tropicales, volcanes y montañas nevadas que culminan en el monte Ruwenzori por encima de los 5.000 metros de altura. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, su celebridad se debe a la presencia en el mismo de los gorilas de montaña, posiblemente nuestros antepasados más próximos, de los que sobreviven unos 620 ejemplares según el último censo de 1998. Un “trekking” a la búsqueda y encuentro de estos gorilas es posiblemente una de la experiencias más fascinantes que pueden vivirse, no sólo por lo que significa el hallazgo de estos primates colosales, sino por la oportunidad irrepetible de recorrer esta parte del África profunda, depauperada por la pobreza, el hambre y las guerras.
Nuestra aventura a pie comienza en los alrededores de Kisoro, en la frontera entre Uganda y la República Democrática del Congo, a unos quinientos kilómetros al sudoeste de Kampala. Hasta aquí hemos llegado tras un extenuante viaje en un vehículo todoterreno, por irregulares y polvorientas pistas de tierra en las que es frecuente encontrase a innumerable gente caminando de un lugar para otro, en bicicletas, transportando las cosas más inverosímiles, y niños uniformados con sus cuadernos en pequeñas bolsas de plástico, andando cada día muchos kilómetros para llegar a la escuela más cercana.
AYUDA HUMANITARIA Y CAMPOS DE REFUGIADOS
Grandes camiones articulados, cargados con ayuda humanitaria por Cruz Roja Internacional, recorren periódicamente esta ruta camino de los campos de refugiados que inundan el área. Nos encontramos en una de las zonas más inestables del continente, políticamente hablando, en la que la conflictividad étnica y la miseria ha dado lugar a terribles genocidios y a su secuela de más de un millón de refugiados que en 1994 huyeron de Ruanda y que no regresarían hasta comienzos de 1997. Uganda que padeció la locura de la dictadura de Idi Amin en la década de los setenta del pasado siglo XX, disfruta ahora de una cierta estabilidad, y se aprecian esfuerzos considerables por mejorar sus infraestructuras y, de forma especial, un programa intensivo de escolarización se lleva a cabo con notable éxito.
En la frontera, Bennett, nuestro guía, procede a la contratación de los porteadores entre una pléyade de jóvenes que se disputan el puesto, pues para ellos es uno de sus escasos medios de vida. El antiguo Zaire -estamos en 1996– es un Estado sin rumbo bajo el gobierno del dictador Mobutu. Un país en el que la autoridad ha colapsado, por el que nos adentramos con temor y ciertas dosis de audacia, donde únicamente las misiones religiosas occidentales mantienen una precaria red de servicios educativos y sanitarios.
La corrupción es la norma; el militar de la frontera nos obliga, contraviniendo la legalidad, a depositar allí nuestros pasaportes hasta la vuelta y a abonarle cincuenta dólares para entrar en el país vecino. Con grandes dosis de paciencia, Bennett nos ha ayudado en estas formalidades y nos lleva con seguridad, en una travesía de unas tres horas, hasta el campo base de Djomba, a unos 2.000 metros de altura, en la entrada del Parque Nacional.
LA BELLEZA DE LA SUIZA AFRICANA
El paisaje es muy bello, comprendiéndose por qué se llamaba la Suiza africana a esta parte del mundo. Instalados a la entrada de la densa selva tropical, con el telón de fondo de volcanes de más de 3.500 metros que cierran el horizonte, tenemos la sensación de encontrarnos en los antípodas del mundo social y cultural que representa la Europa de la opulencia.
Cientos de personas salen a nuestro encuentro. Subsisten del cultivo de pequeños campos que se benefician de la calidad del suelo y del clima, trabajados a mano por mujeres mientras cargan a la espalda con sus hijos más pequeños. Aquí en Zaire la esperanza de vida no alcanza los cincuenta años y la espiral de crecimiento demográfico es una amenaza para la conservación del formidable ecosistema, pues la supervivencia empuja constantemente a la deforestación para ganar terreno cultivable.
Son gentes con mirada desesperanzada que te forjan una terrible sensación de impotencia. Los campos de refugiados acogen a decenas de miles de personas sin porvenir, sin nada productivo que hacer, sin anhelos para un mañana que no saben si llegará. Hemos cruzado aldeas de chozas de barro y techumbre de paja, con un solo habitáculo en el que duermen familias de hasta diez y doce personas. Ausencia de electricidad y agua potable. Encontramos chavales llenando sus garrafas en charcas insalubres para abastecerse, después de haber andado varios kilómetros. Niños y niñas mal vestidos, sucios, descalzos, de profunda y hermosa mirada, tristes, y que chocan con nosotros sus manos pronunciando una especie de vocablo talismán -"jambo"- que quiere decir hola y que ellos piensan que por tocar una mano de una persona de raza blanca va a traerles la felicidad...
EL "MILAGRO" DE LOS GORILAS
En este contexto, la conservación de los gorilas de montaña es casi milagrosa y fruto de la iniciativa de las organizaciones internacionales que luchan con denuedo por preservar la biodiversidad y, al mismo tiempo, por concienciar a los gobiernos occidentales de la necesidad de aumentar sustancialmente los programas de ayuda al desarrollo. El ecoturismo puede ser una fuente de recursos para la población local, pero se requiere estabilidad política, paz e infraestructuras de todo tipo, con un trabajo especial en materia de salud, ya que el SIDA y otras enfermedades causan estragos irreparables. Dian Fossey dedicó su vida entre 1967 y 1985 –cuando fue asesinada– a la defensa de los gorilas de montaña, a su estudio e investigación, a combatir el furtivismo y el tráfico ilegal, y a hacer posible la esperanza de salvar la especie.
Durante dos jornadas nos dedicamos, durante varias horas al día, a rastrear la espesa y húmeda selva tropical esperando el momento mágico de toparnos con los gorilas. Siguiendo una estricta reglamentación, se forman tres grupos al día de hasta ocho personas cada uno de ellos, acompañados por los guardas del Parque Nacional, armados con viejos fusiles y machetes. Estos personajes están plenamente imbuidos de la importancia de su trabajo y fueron galardonados con el premio Paul Getty por su enérgica defensa de los gorilas en 1994, cuando se vivieron los más trágicos momentos de la guerra civil desatada en la vecina Ruanda. Observando los más mínimos detalles en la espesura son capaces de seguir el rastro de los gorilas.
DESTREZAS Y HABILIDADES CASI HUMANAS
De repente, por encima del ruido de fondo que se escucha en esta selva como un murmullo permanente, nos parece percibir una especie de rugido diferente. Ahí está, a escasos diez metros de nosotros, Marcel, un gorila de montaña, que pronto estará acompañado por otros seis o siete miembros de su familia. Una emoción especial e indescriptible se apodera de nosotros. Estos fascinantes primos hermanos, que pueden llegar a alcanzar hasta 300 kilogramos de peso y 40 años de edad, se desenvuelven ante nosotros con increíble naturalidad, desplegando un comportamiento pseudohumano que te hipnotiza. Caminan por la espesura de la selva y trepan por los árboles con increíble destreza, y las crías exhiben toda clase de habilidades y juegos “infantiles”.
Al día siguiente, en el transcurso de una nueva exploración por otra zona, la experiencia es aún más extraordinaria. Ante nosotros aparece Óscar, un imponente gorila de espalda plateada, de unos treinta años de edad, jefe familiar de un grupo de unos diez ejemplares. Describir lo que sentimos en medio de esta selva impenetrable, delante de esta maravilla de la naturaleza, no es posible con palabras. Al contrario de lo que parece un aspecto desafiante, estos gorilas son extraordinariamente pacíficos y curiosos, incluso tratan de acercársete para coger la mochila y palpar tus ropas mientras los fotografías. De carácter huidizo, sólo tiene un comportamiento violento cuando alguno de los integrantes del grupo es atacado por furtivos, en cuyo caso es defendido por todos los demás miembros de la familia.
LOS GORILAS RECORREN AL DÍA ENTRE 16 Y 24 KILÓMETROS CUADRADOS
En cada grupo, además del macho dominante de espalda plateada, hay un número indeterminado de jóvenes machos que actúan de centinelas, golpeándose en el pecho cuando ocurre algo extraño, así como las hembras y sus crías. El gorila de montaña pasa la mayor parte de su vida en el suelo y sólo de vez en cuando se encarama a los árboles. Al día recorren un área de entre dieciséis y veinticuatro kilómetros cuadrados. Dedican su tiempo a los juegos, a la búsqueda de alimento –son herbívoros-, a la reproducción y cuidado de la prole y al descanso. El alimento se recoge y consume de forma comunal, mientras están descansando o desplazándose durante el día. Construyen dos nidos cama para descansar, uno al mediodía y otro antes de la caída de la noche. Se hacen con materia vegetal no comestible que recogen mientras están sentados en el suelo, depositando las ramas y plantas trepadoras de su alrededor hasta que se adaptan a su contorno.
Cuando regresamos al campamento base, somos conscientes de que las principales amenazas que ensombrecen el futuro del gorila de montaña son la destrucción de su hábitat natural, debida a la sobreexplotación forestal, el furtivismo y la ya mencionada explosión demográfica. Sólo en 1995 los furtivos asesinaron, a pesar de la vigilancia, a doce gorilas adultos, incluyendo tres espaldas plateadas.
La guerra étnica entre hutus y tutsis dio lugar a una mayor presión deforestadora para garantizar la supervivencia de los refugiados, creando una inestabilidad que favoreció a los furtivos. Un millón de refugiados en el entorno del Parque Nacional de los Virunga consumía unas mil toneladas de bosque al día para satisfacer sus necesidades más primarias. Este clima bélico truncó los programas en marcha de educación ambiental y de reforestación, de gestión del turismo y de desarrollo sostenible.
PRESERVAR EL TURISMO
Interrumpir la industria turística que gira en torno al gorila de montaña es un desastre no sólo para la supervivencia de esta especie, sino sobre todo para alumbrar alguna luz en el futuro de estas gentes. De hecho, la población local comenzaba a ver a los gorilas como una extraordinaria fuente de ingresos, una especie de gallina de huevos de oro a la que había que proteger, algo transcendental en una región tan pobre, donde el turismo organizado puede proporcionar divisas y puestos de trabajo estable. Antes del conflicto étnico en Ruanda, por ejemplo, el turismo representaba, tras el café, la segunda fuente de ingresos más importante para el Gobierno.
John es, aquí en el campo base, el paradigma de este estado de cosas. Con apenas veinte años de edad trabaja para los occidentales que hemos llegado hasta las puertas de este santuario natural. Su mentalidad ha evolucionado con respecto a la cultura tradicional tribal, fruto de su propia peripecia vital. Ha elegido a su esposa por mutuo acuerdo, habla francés además de su lengua nativa, el swahili, y tiene claro que debe tener pocos hijos si estos quieren tener un futuro viable. Le gusta su trabajo y es consciente de la importancia de preservar su entorno para garantizar su porvenir. Ama a su tierra y cree en ella. Hablamos hasta bien entrada la noche bajo un cobertizo mientras la lluvia cae mansamente. Cuando al día siguiente iniciamos nuestra marcha de regreso hasta el puesto fronterizo con Uganda, John queda allí con su juventud y su esperanza...
UNA ZONA ASOLADA POR LOS CONFLICTOS BÉLICOS
De regreso a España, cuatro meses después, contemplamos en la pantalla de televisión la tragedia que se mascaba en el ambiente. Una terrible guerra civil, iniciada precisamente en esta zona, asola Zaire. Mobutu es derrotado, pero en su lugar, otro dictador, Kabila, toma el mando para perpetuar el estado de cosas, mas allá de rebautizar el país como República Democrática del Congo. Las tragedias han continuado hasta hoy mismo. El conflicto bélico se enquista. Kabila es asesinado y reemplazado por su propio hijo, y hasta la naturaleza parece aliarse con la desgracia cuando una gigantesca erupción del volcán Nyiragongo sepulta parte de la vecina ciudad de Goma, con cientos de desaparecidos y las viviendas engullidas por la lava. Se pudren durante años en esta zona del mundo los problemas a los que apenas prestamos atención.
Desde Occidente hemos consentido dictaduras crueles, esquilmado recursos naturales, olvidando alentar políticas educativas, culturales y demográficas responsables. No basta con garantizar que llegue la llamada ayuda humanitaria. Hay que implementar soluciones políticas para crear las condiciones de desarrollo que permitan a los pueblos vivir donde nacieron, con dignidad y futuro.
ES NECESARIO GARANTIZAR LA DEMOCRACIA
Hay que forzar el establecimiento de regímenes democráticos en esos países, garantizando el respeto de los derechos humanos de todas las minorías. De lo contrario, el hambre, el genocidio y la catástrofe pesarán sobre nuestras conciencias. Y la Unión Europea más tarde o más temprano será víctima de su indolencia y de su estrategia timorata, pues difícilmente podríamos evitar en este nuevo siglo migraciones masivas en busca de esa esperanza que nunca encontraron en sus países de origen.
Recreo en mi mente las imágenes de aquellas tierras tan bellas, de sus criaturas animales y de sus gentes. No sé que habrá sido de ti, John. Quizás tu choza haya sido incendiada, tu campamento arrasado y estés ahora con tu familia –si has sobrevivido– vagando sin rumbo y sin entender nada. De nosotros, los acomodados ciudadanos occidentales, depende que nunca más se repita la tragedia y que tus hijos puedan llegar un día a vivir en un país libre, en el que puedan realizarse como personas dignas. Querría ver llegar ese día, encontrarte de nuevo en tu campamento, recibir tu sonrisa franca y chocar mi mano con la tuya, diciéndonos "jambo".
Nuestra aventura a pie comienza en los alrededores de Kisoro, en la frontera entre Uganda y la República Democrática del Congo, a unos quinientos kilómetros al sudoeste de Kampala. Hasta aquí hemos llegado tras un extenuante viaje en un vehículo todoterreno, por irregulares y polvorientas pistas de tierra en las que es frecuente encontrase a innumerable gente caminando de un lugar para otro, en bicicletas, transportando las cosas más inverosímiles, y niños uniformados con sus cuadernos en pequeñas bolsas de plástico, andando cada día muchos kilómetros para llegar a la escuela más cercana.
AYUDA HUMANITARIA Y CAMPOS DE REFUGIADOS
Niños en Kisoro |
En la frontera, Bennett, nuestro guía, procede a la contratación de los porteadores entre una pléyade de jóvenes que se disputan el puesto, pues para ellos es uno de sus escasos medios de vida. El antiguo Zaire -estamos en 1996– es un Estado sin rumbo bajo el gobierno del dictador Mobutu. Un país en el que la autoridad ha colapsado, por el que nos adentramos con temor y ciertas dosis de audacia, donde únicamente las misiones religiosas occidentales mantienen una precaria red de servicios educativos y sanitarios.
La corrupción es la norma; el militar de la frontera nos obliga, contraviniendo la legalidad, a depositar allí nuestros pasaportes hasta la vuelta y a abonarle cincuenta dólares para entrar en el país vecino. Con grandes dosis de paciencia, Bennett nos ha ayudado en estas formalidades y nos lleva con seguridad, en una travesía de unas tres horas, hasta el campo base de Djomba, a unos 2.000 metros de altura, en la entrada del Parque Nacional.
LA BELLEZA DE LA SUIZA AFRICANA
Paisaje cerca de Kisoro |
Cientos de personas salen a nuestro encuentro. Subsisten del cultivo de pequeños campos que se benefician de la calidad del suelo y del clima, trabajados a mano por mujeres mientras cargan a la espalda con sus hijos más pequeños. Aquí en Zaire la esperanza de vida no alcanza los cincuenta años y la espiral de crecimiento demográfico es una amenaza para la conservación del formidable ecosistema, pues la supervivencia empuja constantemente a la deforestación para ganar terreno cultivable.
Son gentes con mirada desesperanzada que te forjan una terrible sensación de impotencia. Los campos de refugiados acogen a decenas de miles de personas sin porvenir, sin nada productivo que hacer, sin anhelos para un mañana que no saben si llegará. Hemos cruzado aldeas de chozas de barro y techumbre de paja, con un solo habitáculo en el que duermen familias de hasta diez y doce personas. Ausencia de electricidad y agua potable. Encontramos chavales llenando sus garrafas en charcas insalubres para abastecerse, después de haber andado varios kilómetros. Niños y niñas mal vestidos, sucios, descalzos, de profunda y hermosa mirada, tristes, y que chocan con nosotros sus manos pronunciando una especie de vocablo talismán -"jambo"- que quiere decir hola y que ellos piensan que por tocar una mano de una persona de raza blanca va a traerles la felicidad...
EL "MILAGRO" DE LOS GORILAS
Marcel |
Durante dos jornadas nos dedicamos, durante varias horas al día, a rastrear la espesa y húmeda selva tropical esperando el momento mágico de toparnos con los gorilas. Siguiendo una estricta reglamentación, se forman tres grupos al día de hasta ocho personas cada uno de ellos, acompañados por los guardas del Parque Nacional, armados con viejos fusiles y machetes. Estos personajes están plenamente imbuidos de la importancia de su trabajo y fueron galardonados con el premio Paul Getty por su enérgica defensa de los gorilas en 1994, cuando se vivieron los más trágicos momentos de la guerra civil desatada en la vecina Ruanda. Observando los más mínimos detalles en la espesura son capaces de seguir el rastro de los gorilas.
DESTREZAS Y HABILIDADES CASI HUMANAS
Gorila hembra |
Al día siguiente, en el transcurso de una nueva exploración por otra zona, la experiencia es aún más extraordinaria. Ante nosotros aparece Óscar, un imponente gorila de espalda plateada, de unos treinta años de edad, jefe familiar de un grupo de unos diez ejemplares. Describir lo que sentimos en medio de esta selva impenetrable, delante de esta maravilla de la naturaleza, no es posible con palabras. Al contrario de lo que parece un aspecto desafiante, estos gorilas son extraordinariamente pacíficos y curiosos, incluso tratan de acercársete para coger la mochila y palpar tus ropas mientras los fotografías. De carácter huidizo, sólo tiene un comportamiento violento cuando alguno de los integrantes del grupo es atacado por furtivos, en cuyo caso es defendido por todos los demás miembros de la familia.
LOS GORILAS RECORREN AL DÍA ENTRE 16 Y 24 KILÓMETROS CUADRADOS
Oscar |
Cuando regresamos al campamento base, somos conscientes de que las principales amenazas que ensombrecen el futuro del gorila de montaña son la destrucción de su hábitat natural, debida a la sobreexplotación forestal, el furtivismo y la ya mencionada explosión demográfica. Sólo en 1995 los furtivos asesinaron, a pesar de la vigilancia, a doce gorilas adultos, incluyendo tres espaldas plateadas.
La guerra étnica entre hutus y tutsis dio lugar a una mayor presión deforestadora para garantizar la supervivencia de los refugiados, creando una inestabilidad que favoreció a los furtivos. Un millón de refugiados en el entorno del Parque Nacional de los Virunga consumía unas mil toneladas de bosque al día para satisfacer sus necesidades más primarias. Este clima bélico truncó los programas en marcha de educación ambiental y de reforestación, de gestión del turismo y de desarrollo sostenible.
PRESERVAR EL TURISMO
Marcha hacia el campo base |
John es, aquí en el campo base, el paradigma de este estado de cosas. Con apenas veinte años de edad trabaja para los occidentales que hemos llegado hasta las puertas de este santuario natural. Su mentalidad ha evolucionado con respecto a la cultura tradicional tribal, fruto de su propia peripecia vital. Ha elegido a su esposa por mutuo acuerdo, habla francés además de su lengua nativa, el swahili, y tiene claro que debe tener pocos hijos si estos quieren tener un futuro viable. Le gusta su trabajo y es consciente de la importancia de preservar su entorno para garantizar su porvenir. Ama a su tierra y cree en ella. Hablamos hasta bien entrada la noche bajo un cobertizo mientras la lluvia cae mansamente. Cuando al día siguiente iniciamos nuestra marcha de regreso hasta el puesto fronterizo con Uganda, John queda allí con su juventud y su esperanza...
UNA ZONA ASOLADA POR LOS CONFLICTOS BÉLICOS
Benett, Victoria y John |
Desde Occidente hemos consentido dictaduras crueles, esquilmado recursos naturales, olvidando alentar políticas educativas, culturales y demográficas responsables. No basta con garantizar que llegue la llamada ayuda humanitaria. Hay que implementar soluciones políticas para crear las condiciones de desarrollo que permitan a los pueblos vivir donde nacieron, con dignidad y futuro.
ES NECESARIO GARANTIZAR LA DEMOCRACIA
Aldea bajo la lluvia |
Recreo en mi mente las imágenes de aquellas tierras tan bellas, de sus criaturas animales y de sus gentes. No sé que habrá sido de ti, John. Quizás tu choza haya sido incendiada, tu campamento arrasado y estés ahora con tu familia –si has sobrevivido– vagando sin rumbo y sin entender nada. De nosotros, los acomodados ciudadanos occidentales, depende que nunca más se repita la tragedia y que tus hijos puedan llegar un día a vivir en un país libre, en el que puedan realizarse como personas dignas. Querría ver llegar ese día, encontrarte de nuevo en tu campamento, recibir tu sonrisa franca y chocar mi mano con la tuya, diciéndonos "jambo".