Perú: El camino del Inca
10 de junio de 2002 (13:06 h.)
El Camino del Inca es, posiblemente, una de las rutas de trekking más transitadas y conocidas del mundo. Se trata de un itinerario de gran interés paisajístico y cultural que nos lleva, por las estribaciones de los Andes, hasta la ciudad perdida y mágica de Machu Picchu. En algunos puntos se superan los cuatro mil metros de altura. Es una especie de viaje iniciático, al encuentro de una época de esplendor, de una civilización tan rica como la incaica y en los límites de la gran ceja del bosque tropical andino.
Vea aquí el mapa de esta travesía
Vea aquí el mapa de esta travesía
El Camino del Inca es una ruta relativamente asequible para cualquier persona con algo de experiencia en montaña, y con un mínimo de preparación física. Son cuatro días de marcha –unos 50 kilómetros en total, aproximadamente- y forma parte del camino histórico que conectaba Cuzco con el santuario de Machu Picchu. El torrente interminable de turistas que cada año visita este lugar, uno de los iconos sagrados del turismo mundial, lo hace tomando un renqueante ferrocarril que sigue el curso del río Urubamba, hasta la destartalada población de Aguas Calientes. Desde allí unos autobuses trasladan al gentío hasta el mítico emplazamiento arqueológico.
Si se quiere extraer todo lo que puede dar de sí esta fascinante experiencia y disfrutarla intensamente, conviene hacer las cosas con tranquilidad y prepararse a vivir cada instante con intensidad, empezando por un buen período de aclimatación a la altura, ya que Cuzco se encuentra a 3.400 metros de altura, la misma que la cumbre del pico Aneto en los Pirineos.
Hemos llegado aquí a mediados de agosto, después de una travesía por las cumbres más bellas de la Cordillera Blanca de los Andes peruanos. Es una buena época –el invierno austral- que aquí se caracteriza por ser un período relativamente seco, de lluvias escasas y temperaturas suaves durante el día. Nos reciben en nuestro hotel con la consabida infusión de mate (de hojas de coca) que es un buen antídoto contra el mal de altura y que ayuda a superar pronto la sensación de falta de confort que se experimenta nada más llegar al aeropuerto. Esto afectará especialmente a aquellos que lleguen aquí directamente desde Lima, ciudad que se encuentra al nivel del mar, junto al océano Pacífico. Felizmente, en nuestro caso, después de una semana en alta montaña, nuestra estancia en Cuzco se presenta acogedora.
LAS HUELLAS DE UNA FUSIÓN DE CULTURAS
Cuzco fue la capital del gran imperio incaico, conocido como Tahuantinsuyo. Los conquistadores españoles, con Pizarro al frente, tomaron la ciudad en el siglo XVI y transformaron su arquitectura singular según los cánones europeos de la época, dando lugar al llamado estilo colonial. Recorriendo esta hermosa ciudad y de forma especial la plaza de Armas y su entorno, se aprecia que la llamada conquista española fue un auténtico revulsivo cultural y social que dejó profundas heridas en la sociedad peruana, cuyas cicatrices han llegado hasta nuestros días. Buena parte de las construcciones incas fueron demolidas, persistiendo cimentaciones y muros perimetrales, lo que ha conferido a Cuzco ese carácter especialísimo, mezcla de estilos, de una belleza extraordinaria, produciendo una fusión sorprendente de lo hispano con la arquitectura incaica.
Los atardeceres en la plaza de Armas, el gentío de las aldeas de alrededor que viene a vender sus productos, los estudiantes, los cientos de turistas, los numerosos restaurantes a precios prohibitivos para los nativos y muy asequibles para los europeos… todo conforma un mundo abigarrado, denso, en el que se aprecia el contraste brutal entre el primer mundo, del que procedemos, y esta gente, pobre pero muy digna.
Recorriendo los barrios suburbiales vemos la miseria lacerante, el abandono, los menús populares a 50 céntimos de euro. Y entendemos mejor cómo quinientos años después, la idea de Conquista Imperial sigue presente en una especie de subconsciente colectivo. No sólo destruimos su colosal arquitectura hecha a base de piedras perfectamente labradas y colocadas una sobre otra, sin argamasa alguna, componiendo fabulosos puzles geométricos. También quisimos arrasar con una amplísima cultura en nombre de una pretendida civilización superior (?) y una urgente cristianización impuesta. Los incas eran un pueblo en el que a pesar de no existir la escritura gráfica, tenían una increible organización jurídico administrativa, y unas rudimentarias matemáticas artesanales para llevar la contabilidad del Imperio.
No nos sorprende, por todo esto, esa especie de socarronería con la que las gentes del lugar nos tratan a los españoles. Se ufanan en recordar cómo los terremotos, que periódicamente asolan estas latitudes, destruyen siempre las construcciones coloniales y permanecen inalterables las construcciones incaicas que han llegado hasta nuestros días. Les gusta, con educación pero con vehemencia, defender su rico pasado histórico.
Recuerdo aquel viejecito, un hombre muy culto, que me abordó en una esquina, al darse cuenta de que era español. Defendía con orgullo la solidez de su arquitectura, me llevó por rincones maravillosos del viejo Cuzco y me arrumbó con una extensa plática sobre el carácter de los conquistadores que llegaron en el siglo XVI (“borrachos, ladrones, drogadictos y maricones” afirmó con contundencia, y también con cierto dolor en el alma …)
LOS TESOROS DE LA ANTIGUA MACHU PICCHU
Cuando los españoles llegaron, Machu Picchu había sido abandonado hacía años por los incas como recinto sagrado, razón por la que no conocieron el lugar. Fue en 1911 cuando el arqueólogo americano Hiram Bingham la redescubrió. Se piensa que los pobladores originales la abandonaron entre los años 1400 y 1500. Se cree que llegó a tener unos 1.000 habitantes y hoy se aprecian en la ciudadela cuatro sectores claramente diferenciados: zona de cultivos, sector real, recinto sagrado y área civil para viviendas.
La rehabilitación ha sido un proceso lento y laborioso que se ha llevado a cabo a lo largo del siglo XX. Declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad, la conservación de Machu Picchu está a cargo del Instituto Nacional de Cultura de la República del Perú.
El Camino del Inca, bien conservado, construido hace más de 700 años, se adentra en la montaña cruzando las alturas. Hoy en día se empieza a caminar en el kilómetro 82 de la vía férrea, a una altitud de 2.400 metros, y asombra contemplar el trabajo de ingeniería que supuso en su momento. Todavía mantiene su empedrado original en buena parte del trayecto, provisto en algunas zonas de escalones, así como de túneles y puentes.
A lo largo de la ruta se encuentran ruinas y yacimientos arqueológicos magníficamente conservados, que tenían una función defensiva o de alojamiento para viajeros, con nombres tan sonoros como Llaqtapata, Runkurakay, Sayaqmarka o Wiñaywayna. Las zonas de acampada en la travesía están delimitadas por las autoridades gestoras del Camino y lo más sensato y cómodo es ir provisto de porteadores, guía, cocinero y tiendas, siendo muy numerosas las agencias de trekking en Cuzco que organizan todo y consiguen los permisos administrativos necesarios.
Conocemos a nuestro guía la víspera del inicio de nuestra travesía. Edwin es un personaje muy singular. Licenciado en Turismo por la Universidad de Cuzco, pertenece a una familia acomodada de este país. No de otra forma podría haber accedido a una educación superior. Es un hombre culto, que recorre una docena de veces al año el Camino, con el que tendremos interminables y placenteras discusiones, que apoya la política de Fujimori y que no está exento de contradicciones. También él, que defiende el régimen autoritario y sus consecuencias, cree que Europa y, España en particular, es una especie de Eldorado, la tierra donde emigrar y prosperar.
Si esto pasa entre los profesionales acomodados, ¿cómo detener el flujo interminable de los millones de personas que desean huir de la pobreza más horrible, del futuro sin esperanza, del miedo? Una visita a estos lugares es una lección viva acerca de nuestras responsabilidades y compromisos con el desarrollo del Tercer Mundo.
Con Edwin llegamos, en un vehículo todo terreno, a la población de Ollantaytambo, siguiendo el cauce del Urubamba, donde procederemos a la contratación de nuestros porteadores. Sentados en la plaza Mayor de este hermoso lugar, que conserva el trazado original de la época incaica, vemos llegar, muy de mañana, a una nube de indígenas para vender sus productos. Sobrecoge el “espectáculo”. De furgonetas, tipo monovolumen, vemos descender hasta dieciocho personas (¡sí dieciocho!) con sus enseres birriosos, en busca de unos ingresos para sobrevivir. Van literalmente hacinados, estrujados unos contra otros. Mientras el régimen fujimorista se hunde en la corrupción y el saqueo rampante de las arcas públicas, estas gentes están borradas del mapa de la justicia.
No sorprende, por eso mismo, el afán y la competencia por ofrecerse a trabajar como porteadores, para los occidentales que hemos llegado, por parte de muchas personas de estos lugares. Cuando he regresado a España, proveniente de los macizos de montaña de los países subdesarrollados, y he enseñado a mis amigos “progresistas” las fotos de las travesías, alguno me ha objetado el aparecer junto a porteadores cargados con nuestro equipaje.
Creo que desde la mentalidad burguesa y acomodada de Occidente no se pueden hacer fáciles y confortable juicios de valor teñidos de moralina. Los grandes trekkings se hacen en zonas muy marginadas, ubicadas en algunos de los países más pobres de la Tierra. Allí la batalla diaria es la de la supervivencia. El porteo es un medio fundamental de trabajo y de vida para las poblaciones locales. Por ello, esta actividad no sólo no debe verse como una explotación, sino que es un medio honrado, digno y lícito de ganarse la vida, al que allí aspiran muchas personas y mucho mejor remunerado que la mayoría de infraactividades que allí se ofrecen.
LA BELLEZA DE UN MUNDO PERDIDO
Cuando llegamos al citado punto kilométrico 82 de la vía férrea, un poco más allá de Ollantaytambo, empieza el auténtico Camino del Inca. Pronto nos olvidaremos de la llamada civilización y nos adentraremos, con esfuerzo, en un mundo simplemente bello. Acamparemos en magníficos emplazamientos, especialmente habilitados, donde nuestro cocinero nos obsequiará con deliciosas y exóticas creaciones locales y donde conoceremos personas de muy diferentes lugares del mundo.
Una ansiedad creciente se apodera cada atardecer de nosotros, pensando que el objetivo está más cerca. Pasamos por dos altos collados, el de Warmiwañusqa a 4.200 metros y el de Runkurakay a 3.924 metros, ambos con vistas espectaculares de valles, quebradas y cumbres nevadas de más de 5.000 metros entre las que destacan el San Francisco y el Nevado Verónica. La frondosa vegetación y los tupidos bosques que se cruzan, confieren un alto grado de humedad a la zona, con nieblas y nubes que aparecen a lo largo del día y que le dan un aire misterioso y fantasmagórico al Camino.
El cuarto día, toda la emoción sentida al transitar por estos lugares mágicos alcanza su cénit al amanecer. Todavía de noche se llega al Intipunku –la Puerta del Sol- donde se esperan las primeras luces del día para descubrir a nuestros pies, cien metros por debajo, la soñada ciudad perdida de Machu Picchu. La salida del sol supone un momento indescriptible. La luz anaranjada baña y delimita con nitidez las edificaciones y la montaña emblemática de Huayna Picchu, tantas veces fotografiada; todo allí es armonía y equilibrio con la naturaleza ubérrima y espléndida que nos rodea. Un entorno difícil de describir y que supera lo que durante días se ha ido imaginando y anhelando. Es como la satisfacción de una secreta pasión, de una amor mil veces soñado, que nos ha reclamado ir al otro lado del mundo, andar por lugares perdidos, superar pendientes vertiginosas, pero que al final se nos ha entregado en la poesía más pura que deleita nuestros sentidos …
En silencio, ése que sólo puede envolver los momentos más felices, descendemos hasta Machu Picchu y recorremos, extasiados, antes de que lleguen los primeros turistas del día, sus lugares y rincones más emblemáticos, la cantera, el Templo del Sol, el Templo Principal, el Intihuatana, el Palacio, el cementerio, el área de viviendas… Cuando descendemos hasta Aguas Calientes para regresar en tren a la ciudad de Cuzco, nos consideramos privilegiados de haber recorrido este Camino evocador que queda en nuestro recuerdo, con la nostalgia de haber vivido una experiencia singular e irrepetible.
Si se quiere extraer todo lo que puede dar de sí esta fascinante experiencia y disfrutarla intensamente, conviene hacer las cosas con tranquilidad y prepararse a vivir cada instante con intensidad, empezando por un buen período de aclimatación a la altura, ya que Cuzco se encuentra a 3.400 metros de altura, la misma que la cumbre del pico Aneto en los Pirineos.
Llaqtapata |
LAS HUELLAS DE UNA FUSIÓN DE CULTURAS
Cuzco fue la capital del gran imperio incaico, conocido como Tahuantinsuyo. Los conquistadores españoles, con Pizarro al frente, tomaron la ciudad en el siglo XVI y transformaron su arquitectura singular según los cánones europeos de la época, dando lugar al llamado estilo colonial. Recorriendo esta hermosa ciudad y de forma especial la plaza de Armas y su entorno, se aprecia que la llamada conquista española fue un auténtico revulsivo cultural y social que dejó profundas heridas en la sociedad peruana, cuyas cicatrices han llegado hasta nuestros días. Buena parte de las construcciones incas fueron demolidas, persistiendo cimentaciones y muros perimetrales, lo que ha conferido a Cuzco ese carácter especialísimo, mezcla de estilos, de una belleza extraordinaria, produciendo una fusión sorprendente de lo hispano con la arquitectura incaica.
Camino del Inca |
Recorriendo los barrios suburbiales vemos la miseria lacerante, el abandono, los menús populares a 50 céntimos de euro. Y entendemos mejor cómo quinientos años después, la idea de Conquista Imperial sigue presente en una especie de subconsciente colectivo. No sólo destruimos su colosal arquitectura hecha a base de piedras perfectamente labradas y colocadas una sobre otra, sin argamasa alguna, componiendo fabulosos puzles geométricos. También quisimos arrasar con una amplísima cultura en nombre de una pretendida civilización superior (?) y una urgente cristianización impuesta. Los incas eran un pueblo en el que a pesar de no existir la escritura gráfica, tenían una increible organización jurídico administrativa, y unas rudimentarias matemáticas artesanales para llevar la contabilidad del Imperio.
Bajando de Warmiwañusqa |
Recuerdo aquel viejecito, un hombre muy culto, que me abordó en una esquina, al darse cuenta de que era español. Defendía con orgullo la solidez de su arquitectura, me llevó por rincones maravillosos del viejo Cuzco y me arrumbó con una extensa plática sobre el carácter de los conquistadores que llegaron en el siglo XVI (“borrachos, ladrones, drogadictos y maricones” afirmó con contundencia, y también con cierto dolor en el alma …)
LOS TESOROS DE LA ANTIGUA MACHU PICCHU
Cuando los españoles llegaron, Machu Picchu había sido abandonado hacía años por los incas como recinto sagrado, razón por la que no conocieron el lugar. Fue en 1911 cuando el arqueólogo americano Hiram Bingham la redescubrió. Se piensa que los pobladores originales la abandonaron entre los años 1400 y 1500. Se cree que llegó a tener unos 1.000 habitantes y hoy se aprecian en la ciudadela cuatro sectores claramente diferenciados: zona de cultivos, sector real, recinto sagrado y área civil para viviendas.
La rehabilitación ha sido un proceso lento y laborioso que se ha llevado a cabo a lo largo del siglo XX. Declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad, la conservación de Machu Picchu está a cargo del Instituto Nacional de Cultura de la República del Perú.
El Camino del Inca, bien conservado, construido hace más de 700 años, se adentra en la montaña cruzando las alturas. Hoy en día se empieza a caminar en el kilómetro 82 de la vía férrea, a una altitud de 2.400 metros, y asombra contemplar el trabajo de ingeniería que supuso en su momento. Todavía mantiene su empedrado original en buena parte del trayecto, provisto en algunas zonas de escalones, así como de túneles y puentes.
Salida del sol desde Intipunku |
Conocemos a nuestro guía la víspera del inicio de nuestra travesía. Edwin es un personaje muy singular. Licenciado en Turismo por la Universidad de Cuzco, pertenece a una familia acomodada de este país. No de otra forma podría haber accedido a una educación superior. Es un hombre culto, que recorre una docena de veces al año el Camino, con el que tendremos interminables y placenteras discusiones, que apoya la política de Fujimori y que no está exento de contradicciones. También él, que defiende el régimen autoritario y sus consecuencias, cree que Europa y, España en particular, es una especie de Eldorado, la tierra donde emigrar y prosperar.
Machu Picchu |
Con Edwin llegamos, en un vehículo todo terreno, a la población de Ollantaytambo, siguiendo el cauce del Urubamba, donde procederemos a la contratación de nuestros porteadores. Sentados en la plaza Mayor de este hermoso lugar, que conserva el trazado original de la época incaica, vemos llegar, muy de mañana, a una nube de indígenas para vender sus productos. Sobrecoge el “espectáculo”. De furgonetas, tipo monovolumen, vemos descender hasta dieciocho personas (¡sí dieciocho!) con sus enseres birriosos, en busca de unos ingresos para sobrevivir. Van literalmente hacinados, estrujados unos contra otros. Mientras el régimen fujimorista se hunde en la corrupción y el saqueo rampante de las arcas públicas, estas gentes están borradas del mapa de la justicia.
No sorprende, por eso mismo, el afán y la competencia por ofrecerse a trabajar como porteadores, para los occidentales que hemos llegado, por parte de muchas personas de estos lugares. Cuando he regresado a España, proveniente de los macizos de montaña de los países subdesarrollados, y he enseñado a mis amigos “progresistas” las fotos de las travesías, alguno me ha objetado el aparecer junto a porteadores cargados con nuestro equipaje.
El entorno de Machu Picchu |
LA BELLEZA DE UN MUNDO PERDIDO
Cuando llegamos al citado punto kilométrico 82 de la vía férrea, un poco más allá de Ollantaytambo, empieza el auténtico Camino del Inca. Pronto nos olvidaremos de la llamada civilización y nos adentraremos, con esfuerzo, en un mundo simplemente bello. Acamparemos en magníficos emplazamientos, especialmente habilitados, donde nuestro cocinero nos obsequiará con deliciosas y exóticas creaciones locales y donde conoceremos personas de muy diferentes lugares del mundo.
Una ansiedad creciente se apodera cada atardecer de nosotros, pensando que el objetivo está más cerca. Pasamos por dos altos collados, el de Warmiwañusqa a 4.200 metros y el de Runkurakay a 3.924 metros, ambos con vistas espectaculares de valles, quebradas y cumbres nevadas de más de 5.000 metros entre las que destacan el San Francisco y el Nevado Verónica. La frondosa vegetación y los tupidos bosques que se cruzan, confieren un alto grado de humedad a la zona, con nieblas y nubes que aparecen a lo largo del día y que le dan un aire misterioso y fantasmagórico al Camino.
Templo Principal en Machu Picchu |
En silencio, ése que sólo puede envolver los momentos más felices, descendemos hasta Machu Picchu y recorremos, extasiados, antes de que lleguen los primeros turistas del día, sus lugares y rincones más emblemáticos, la cantera, el Templo del Sol, el Templo Principal, el Intihuatana, el Palacio, el cementerio, el área de viviendas… Cuando descendemos hasta Aguas Calientes para regresar en tren a la ciudad de Cuzco, nos consideramos privilegiados de haber recorrido este Camino evocador que queda en nuestro recuerdo, con la nostalgia de haber vivido una experiencia singular e irrepetible.